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Despedida de Cristian Pérez - Sí a la Paz

Colombia: Falsa Democracia

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Falsa democracia

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[Colombia] Falsa democracia II: la democracia burguesa

Hernando Vanegas Toloza, Postales de Estocolmo. En el artículo de ayer abordamos, someramente, la historia de la democracia burguesa ...

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[Colombia] Calumnien, que de la calumnia algo queda

Esta es la consigna que reviven hoy quienes pujan por arrebatarle al senador Uribe el primer lugar en la aversión como fuente principal de pensamiento
Gabriel Ángel - FARC. Octubre 27, 2017
Asesinatos como el de José Jair Cortés resultan perfectamente explicables para una sociedad envenenada contra las comunidades agrarias que claman por asistencia
Colombia es un país signado por odios inmemoriales. De eso da cuenta la realidad que atraviesa nuestro país. El conflicto armado con las Farc tuvo origen en furiosas diatribas contra las colonias agrarias fundadas en regiones lejanas, a las que se acusó de falsamente de conformar repúblicas independientes y cometer todo tipo de atrocidades.
Más de medio siglo después, tras una guerra que dejó ocho millones de víctimas, firmado el Acuerdo de Paz con las Farc que consiguió poner fin al largo conflicto armado, las voces inspiradas en la repugnancia y el desprecio siguen azuzando y lanzando fuegos, porque les resulta imposible admitir que se pueda vivir en un país reconciliado y distinto.
Fueron pactadas en La Habana fórmulas para poner fin al problema de los cultivos de uso ilícito, así como para atacar frontalmente los cánceres del narcotráfico y la corrupción. Sin embargo parece que existiera una conspiración para impedir su cabal cumplimiento. Como si prendiera una vela al diablo, el gobierno aplica simultáneamente la erradicación forzada.
El mundo entero es testigo hoy de una situación que resulta incomprensible. Repetidamente tenemos noticia de la firma en una y otra región del país de pactos de sustitución concertada de cultivos, con presencia de muy altos funcionarios estatales. Pero en pocos días, en esas mismas regiones, se conoce de operaciones represivas de erradicación con muertos incluidos.
En casos como el de Tumaco, en Nariño, no tardan en brotar las más inverosímiles justificaciones. Supuestamente en medio de cercos de Ejército y Policía, una protesta de la comunidad resulta infiltrada por bandas disidentes que arrojan cilindros de gas. En cuanto se descarta semejante invención, la Fiscalía de Néstor Humberto apela a los pretextos más absurdos.
Como no se puede burlar que los disparos provinieron de armas policiales, resulta que hace meses se presentó un robo de fusiles y entonces los proyectiles pudieron provenir de esos fusiles y no de los de los policías presentes. Además, está el informe técnico sobre la trayectoria de los disparos y la ubicación de masacrados y policías, que viene a enredarlo todo aún más.
Al fin y al cabo los muertos y heridos no son más que miserables campesinos. De los mismos esos que se agredió en Marquetalia. Y que no lleguen comisiones humanitarias a intentar escarbar la verdad, así sean de la ONU o la OEA. Hay plomo suficiente para todo el que esté del lado de esa gentuza despreciable. Y aquí no pasa nada, excusas sobrarán en cantidades.

Gente como Germán Vargas Lleras, lista a salir lanza en ristre contra las Farc,
arguyendo que lo de las bandas disidentes
no es más que un montaje para seguir en la delincuencia

Después de todo hay gente tan respetable como Germán Vargas Lleras, absuelto de sus vínculos con bandas paramilitares y narcotraficantes del Casanare, gracias a la red de corrupción en la Fiscalía y las cortes, lista a salir lanza en ristre contra las Farc, arguyendo que lo de las bandas disidentes no es más que un montaje para seguir en la delincuencia.
Con lo que se siguen encendiendo los odios del modo más irresponsable. Ya no se trata tan solo del impoluto senador Uribe, sino que otras voces pujan por arrebatarle el primer lugar en la aversión como fuente principal de pensamiento. Así a nadie importará que se masacren excombatientes de Farc como en San José de Tapaje, Isupí, Nariño, el 15 de octubre.
O que asesinatos como el de José Jair Cortés resulten hechos perfectamente explicables para una sociedad envenenada contra las comunidades agrarias que claman por asistencia. Así las cosas, un paro nacional campesino como el que se cumple estos días, en exigencia de lo acordado en La Habana, ni siquiera merece la atención de los grandes medios.
Que en cambio sí casi que celebran las maniobras de la ultraderecha en el Congreso de la República, a objeto de impedir el avance y aprobación de diversos textos legales que desarrollan el Acuerdo Final. Las circunscripciones especiales para la paz, la reforma política y la ley estatutaria de la JEP sobreviven a duras penas en el ambiente hostil de las calumnias e injurias.
El odio exacerbado al límite de la irracionalidad conduce a espectáculos tan vergonzosos como el presentado por algunos parlamentarios del CD ante la presencia, tras una formal invitación, de delegados de Farc a una audiencia en la Cámara de Representantes. Y a la prohibición de una nueva presencia de Farc allí, que acaba de decretar el señor Rodrigo Lara.
Seuxis Pausías Hernández, o Jesús S., fue designado vocero plenipotenciario de Farc en los diálogos de La Habana desde el inicio de las conversaciones en noviembre de 2012. Y toda su vida guerrillera la vivió en la costa Caribe. Así que es absurda la revelación que hace el Fiscal sobre su responsabilidad en desplazamientos y homicidios en Nariño en el año 2013.
Calumnien, que de la calumnia algo queda, es la infame consigna que reviven hoy los pregoneros del odio. Esos no pueden seguir manejando Colombia.

El viaje trasatlántico de Timochenko y su comitiva hasta Oslo

Una de los viajeros, Gabriel Ángel, cuenta detalles de una experiencia inédita para unos guerrilleros que llevaban 40 años en la selva y el sentido del Foro

Por:  Junio 14, 2017
Viajar a Oslo desde Bogotá lleva trece horas en jet. Son más de 8.000 kilómetros cruzando el Atlántico a más de treinta mil pies de altura. Comenté a Victoria Sandino, quien viajaba a mi lado, que nosotros cumplíamos una jornada que a otros hombres, siglos atrás, les representó un reto de proporciones históricas, Colón, Magallanes, Francis Drake.
Los tiempos cambian. Hago parte de una delegación de las FARC-EP que viajó a Escandinavia, invitada formalmente por el gobierno de Noruega, con la aprobación de su par colombiano. El Reino de Noruega fungió como país garante del proceso de paz que terminó con el Acuerdo Definitivo de noviembre pasado. Durante más de cinco años, al lado de la República de Cuba, permaneció perseverante en la Mesa de Conversaciones de La Habana, y hay que decir, en honor a la verdad, que su presencia e influencia resultó definitiva para el logro final.
Sobre todo por una verdad que nadie que tenga la cabeza en su lugar puede poner en duda. Noruega parecía llamada a representar en los diálogos el papel de aliada del gobierno del Presidente Santos, en la medida en que es un país capitalista desarrollado y miembro de la OTAN. Cualquiera podría decir a su vez, que el carácter socialista de la revolución cubana la llamaba por naturaleza a ser nuestra aliada en la Mesa. Al final tenemos completamente claro que ninguno de los dos países garantes significó lo que a primera vista parecería de lógica elemental.
Su compromiso real estuvo en prestar el máximo de colaboración y apoyo para que los diálogos fueran posibles, al tiempo que insistir denodadamente, aún en los momentos más difíciles, para que ninguna de las partes fuera a pararse de la Mesa. Ello implicó una enorme responsabilidad con la paz de nuestro país, una imparcialidad a prueba de todo, una motivación de naturaleza muy superior a cualquier interés inmediato.
Ahora que los Acuerdos son un hecho, y que lo prioritario es trabajar en su implementación y cumplimiento, el gobierno de Noruega vuelve a demostrar una generosidad conmovedora. Nos comentaba el canciller Brende en la reunión del día martes, que su deseo era que el canciller cubano, Bruno Rodríguez, también hubiera estado presente en Oslo. Desafortunadamente su agenda le hizo imposible asistir. Noruega quería que los dos países garantes mostrarán al mundo, su voluntad de que su trabajo de tantos años no vaya a terminar frustrado de algún modo.
La paz de Colombia, contrariamente a lo esgrimido por sectores internos de ultraderecha, es un suceso de importancia mundial, en el que se hallan empeñados gobiernos y organizaciones del mundo entero. Lo prueba la invitación de Noruega a las FARC para que asistiera al Oslo Forum, una reunión de carácter internacional que se ocupa de tirar línea en torno a cómo hallar una forma civilizada y pacífica de solucionar y evitar conflictos armados en el mundo de hoy. A ella acuden personalidades de innumerables países con el exclusivo fin de hablar acerca de cómo poner fin a la guerra y a las imposiciones unilaterales que terminan por generarla.
El Acuerdo de Paz firmado en Colombia es un ejemplo para el universo. El estudio de sus particularidades y enseñanzas ocupa la atención de las mentes más pensantes de los cinco continentes. Los colombianos quizás no alcanzamos a valorar la dimensión de lo conseguido en nuestro país con la solución política a nuestro largo conflicto bélico. Eventos como el de Noruega contribuyen sin duda a hacer conciencia de ello. Por encima de los ataques bajos y pendencieros de quienes se empeñan en mantener viva la llama del odio y la violencia.
Esta vez, por ejemplo, escribo en Oslo, al filo de la medianoche del martes. Apenas estamos en el primer día del Oslo Forum, faltando su parte relacionada específicamente con Colombia, que se llevará a cabo el miércoles. Y quedando pendiente el Foro Abierto sobre nuestro país, que tendrá lugar el día jueves, por iniciativa de la Cancillería colombiana. Me resulta imposible por tanto un análisis más completo sobre los días pasados aquí.
Quisiera comentar, que esta tarde John Kerry se acercó amablemente a saludar a algunos miembros de nuestra delegación, expresando su voluntad de ayudar cuanto le sea posible para el éxito de nuestro proceso de paz. Fue solo uno de los valiosos encuentros del primer día. Ya habrá oportunidad de hablar de todo eso.

27 de mayo, 53 aniversario de las Farc

La causa de la paz hoy más que nunca pertenece a los pueblos, entraña justicia y derechos. Colombia lo sabe.
Por: 
De los 53 años de las Farc pasé los últimos treinta en sus filas. Llegué en 1987, un mes antes de que cayera asesinado el doctor Jaime Pardo Leal, presidente del movimiento político Unión Patriótica, al que me había vinculado menos de dos años antes. Era abogado y provenía de la ciudad, así que el contraste con mi vida anterior fue enorme.
Las noches me parecían demasiado oscuras y no dejaba de causarme extrañeza el incesante coro de grillos que sólo desaparecía con la luz del día. Caían aguaceros con rayos ensordecedores y había que caminar por entre barrizales monstruosos. El peso a la espalda y las armas se tornaron en nuevos órganos que había que aprender a dominar. La única alegría provenía de los otros.
Con los días, los meses y los años aprendí que el campo y la selva poseen sus aromas propios, y que estos se adhieren al cuerpo sin que uno lo note. En mis tiempos en la Sierra, divisaba desde las alturas en ocasiones los resplandores nocturnos de Barranquilla y otras ciudades. También, en los días de sol resplandeciente, apreciaba el inmenso azul del mar fundirse con el cielo en el horizonte,  en contraste prodigioso con el verde de la vegetación a las espaldas.
Me maravillaron las inmensas moles blancas de los nevados, que en las madrugadas despedían un vaho helado. Después, cuando fui trasladado al Magdalena Medio, los hermosos paisajes se trocaron por otros más hostiles. En ninguna parte encontré tal calor ni tantas nubes de mosquitos. Se nos echaban encima y sólo el toldillo en las noches nos protegía de ellos.
Por ellos conocí las fiebres palúdicas, así como las medicinas para curarlas. Si en la Sierra aprendí de serpientes venenosas, en mi nuevo hogar confirmé lo terrible que podía ser su mordedura. Observé que en las tierras planas los ríos no llevan piedras sino fango, y sus aguas son pardas o negras como las del Opón. En ellos acecha invisible la raya con su daga silenciosa y cruel.
En la Sierra hablábamos de la Contraguerrilla como una tropa de cuidado. En el Magdalena Medio eran las Brigadas Móviles. En la costa el paramilitarismo apenas comenzaba a florecer, mientras que en Santander dictaba cátedra de perversidad criminal. Los Masetos empleaban el terror para imponerse a la población campesina y volverla contra las guerrillas. Su trabajo coordinado con las fuerzas militares y la autoridad civil les otorgaba impunidad.

Mi mejor recuerdo de la Sierra y el Magdalena Medio
es el cariño inmenso que nos dispensaba la gente.

Mi mejor recuerdo de la Sierra y el Magdalena Medio es el cariño inmenso que nos dispensaba la gente. Había que ver la fe que tenía en los comandantes guerrilleros, el respeto, la solidaridad y la disposición al sacrificio que mostraron siempre con nosotros. Sus organizaciones y su espíritu de lucha eran el mejor estímulo para darlo todo por ellos.
Vendría luego la época del Caguán, de las audiencias públicas llevadas por la radio y la televisión al país. Emocionaba el fervor de hombres y mujeres que llegaban de los más remotos lugares de Colombia, sus ponencias repletas de inconformidad, de proyectos y sueños para sus regiones. El gobierno debió quemar todo aquello, del mismo modo como se deshizo de la Agenda Común para el Cambio, firmada como temario del Proceso de Paz con las Farc.
Rotas las conversaciones permanecí largos años en el Bloque Oriental. Allí conocí lo más intenso de la guerra. Ya no hubo más población civil a la que asistir, solo selva, marchas, inviernos, veranos, sobrevuelo de aviones, bombardeos, desembarcos, ametrallamientos, combates. Una mañana de noviembre nos abrazamos con Domingo Biohó, Simón Trinidad y Lucero que partían hacia el sur sin imaginar la suerte que les esperaba.
Compartí con muchachas y muchachos de aguante heroico en las más difíciles circunstancias. Era frecuente enterarse de sus muertes o heridas, o de su desaparición tras un combate sin volver a tener jamás noticia de ellos. Daban la vida por la causa y ni siquiera había tiempo de llorarlos. Cómo se truncaban amores y sueños, pero cómo volvían también a renacer ilusiones sin fin. Qué bella sonrisa tenían las guerrilleras, qué ruidosas carcajadas soltaban los guerrilleros.
Atravesé centenares de kilómetros por parajes casi vírgenes hasta el Catatumbo. Al lado de Timo vinieron las conversaciones de paz y el Acuerdo Definitivo con el gobierno. El reconocimiento a las Farc como prestigiosa fuerza política adquirió dimensión universal. En premio a Jacobo y Manuel, a las decenas de miles de combatientes con sus historias repletas de humanidad y grandeza.

La saña destilada contra nosotros por 53 años no cesó nunca.
Cómo temen a las palabras los poderosos, los avaros, los intolerantes.
Cómo desesperan por silenciarnos

La saña destilada contra nosotros por 53 años no cesó nunca. Cómo temen a las palabras los poderosos, los avaros, los intolerantes. Cómo desesperan por silenciarnos. Al volver al país desde La Habana, estamos seguros de alcanzar buen puerto. La causa de la paz hoy más que nunca pertenece a los pueblos, entraña justicia y derechos. Colombia lo sabe.

Carta a mi madre desde la distancia

Escrito por  
Tenemos pendiente ese abrazo fuerte y prolongado, esa explosión de felicidad que seguramente se acompañará de lágrimas de dicha.
Querida mamá:
Esta mañana escuché una canción con la que gozaba en mi juventud. Se llama Flor de Mayo, de Héctor Zuleta, el menor de esos hermanos que cayó asesinado cuando apenas el mundo comenzaba a conocer de su genio musical. La interpretaba Jorge Oñate. Mi mente viajó años atrás, siempre a mayo, ese mes que conocimos desde siempre como dedicado a las madres. Y claro, en esa vuelta atrás, estaba usted presente, mi vieja, todo el tiempo.
Recordé que de niño, corriendo por un andén de la calle 40 sur hacia la 23, feliz por la velocidad que alcanzaba en el descenso, de repente caí al piso apenas bajé a la calzada. Retengo la visión de un auto a mi derecha aproximándose a toda velocidad. Nunca supe si me golpeó o frenó a tiempo, pero conservo en la mente que unos segundos después iba en brazos de mi hermano mayor, Miguel, rodeado de varios de sus amigos y rumbo a casa, en medio de expresiones adoloridas y preocupadas. Cuando vi el rostro suyo lleno de angustia al recibirme, tuve claro que nada me pasaría, porque estaba ahora en manos de mamá y ella sabría protegerme como nadie.
En casa, al bajar por la escalera del segundo piso al primero, había un poyo en el que usted tenía dispuesto un cuadro de la Virgen de Fátima, a la que todo el mes de mayo prendía velas en señal de adoración. Cada noche de ese mes debíamos rezar el rosario, una larga cadena de padrenuestros y avemarías dedicados según el día a no recuerdo qué clase de misterio. Cuánto me aburría aquello, entre otras cosas porque creo que nunca vi una acción de la Virgen a nuestro favor. Ahora que lo pienso mejor, se me ocurre que tal vez por obra de aquellos rosarios infinitos, estemos vivos aún y podamos comunicarnos. Usted y papá siempre estaban encomendándonos a la Virgen. Tantas décadas de ruegos o energías bien pueden haber producido ese efecto.
Este día de mayo representa en mi vida la fecha de su cumpleaños. Siempre ha sido así durante más de medio siglo, desde que tengo conciencia de mis actos. Hasta donde recuerdo, desde el año 1983, en aquellos días de octubre en que le anuncié con crueldad juvenil mi decisión de marcharme de casa a buscar otros vientos, indiferente a su mueca de dolor y a la tristeza de sus ojos asombrados, nunca pude estar presente en casa para esa fecha. No pude reunirme más con mis hermanos a cantarle el cumpleaños feliz, perdí esa dicha por más de treinta años. Tampoco será posible esta vez, aunque quizás pueda llamarla, escribirle o recibir alguna fotografía del festejo familiar. Espero que así sea, esta vida que llevamos siempre me privó de muchas cosas bellas.
También aprendí desde la infancia que este mes está dedicado a las madres. Jaime, el segundo de mis hermanos varones, mi impuso desde mi entrada a San Bartolomé a cursar el preparatorio, como llamaban allá al quinto de primaria, que todos los días debía aportar una parte de mi mesada, que era muy escasa por nuestra condición, a fin de ahorrar para que entre juntos pudiéramos hacerle un regalo de cumpleaños, que por lo regular coincidía con el día de las madres o se aproximaba mucho a él. Así lo hicimos durante los primeros años setenta, hasta cuando él se graduó de bachiller. Algún perfumito barato, con un empaque de laca para el cabello y quizás un lápiz labial envueltos en papel de regalo, junto con una tarjeta bonita, constituían el presente que le entregábamos ese día, orgullosos de haberlo conseguido y de arrancar de su rostro una sonrisa conmovida, mientras nos estrechaba en sus brazos y besaba nuestras frentes.
Por lo regular se preparaba un almuerzo especial en esas fechas, y hasta papá y los mayores, con alguna visita inesperada, celebraban bebiendo algunas cervezas o tragos de aguardiente, mientras sonaban en la radiola canciones de Garzón y Collazos, que a usted la estremecían recordándole ese viejo Tolima del que toda la vida se sintió orgullosa, pese a haber salido muy niña de allá. Fui yo el que incorporó el vallenato al repertorio familiar, después de que la vida me llevó de la mano a conocer Valledupar y entablar allá lazos entrañables de cariño. Entiendo que desde entonces, y durante mi larga ausencia, esas canciones le han llevado a su mente mi recuerdo.
Fueron años muy bellos aquellos de las parrandas en casa. Nueve hermanos, una sola de ellos mujer, nos reuníamos a celebrar cualquier cosa y la cuestión se prolongaba hasta el amanecer. Julio Jaramillo y José Alfredo Jiménez también solían sonar en nuestra radiola, junto a baladistas famosos como Leonardo Fabio, José Luis Perales, Rocío Durcal y Juan Gabriel. Me enteré que hoy volverán a reunirse todos, otra vez sin mi presencia, añadiendo cada uno su porción de hijos e hijas, en una creciente lista de sobrinos y hasta de hijos de estos. Ojalá escuchen a Ricardo Ray, al Conjunto Clásico, a Los Graduados y a Los Hispanos, a Gabriel Romero, a Diomedes Díaz y a los Hermanos Zuleta. Cuánto me gustaría estar allá, pero los tiempos aún no nos alcanzan.
Nunca dejé de pensar en usted durante estas décadas. Cada vez que traté una madre cualquiera, de la ciudad o el campo, reservé para ella el más grande respeto porque de algún modo me la recordaba a usted. Creo que por eso no me fue difícil ganar su cariño. Muchas veces he llegado a recibir de mujeres mayores el mismo amor que le profesaban a sus hijos. Las he querido mucho también. En el fondo de la mirada de cada una de ellas solía descubrir el brillo de sus ojos.
Usted estaba en la alegría de cada madre de guerrilleras o guerrilleros que casualmente nos recibía en su casa al pasar por ahí en nuestro trasegar. También en las mujeres sencillas del campo que nos apoyaban y trataban con tanto amor. Igual en las guerrilleras que tenían hijos o hijas y que los recibían por fin un día en los campamentos, tras varios años de separación, y en esos días estaban felices porque podían tener a su criatura con ellas.
El amor de cada madre del mundo es idéntico al suyo. Recuerdo cuando usted hablaba del corazón de una madre, y cómo éste sentía siempre lo que le sucedía a sus hijos por más lejos que se hallaran. Vi a muchas madres sufrir la desgracia de haber perdido a sus hijos, guerrilleros o civiles asesinados, y no dejaba de repetirme que debía cuidarme mucho para nunca ir a ocasionarle un dolor semejante. En la prensa aparecían fotos de madres de soldados que lloraban sus hijos caídos en la guerra. También aquello, pensando en usted, me estremecía en lo más íntimo.
Aprendí a consolarme con la esquiva ocasión de poder verla muy de vez en cuando, primero cada dos o tres años, luego cada cinco y finalmente cuando después de más de quince pude darle un abrazo que envolvía la más grande felicidad del mundo. Cada reencuentro me resultaba inolvidable, pese a que llegado el momento de la separación, comenzaba a verla sufrir en silencio hasta contemplar con el alma destrozada, cómo se deshacía en llanto porque me llegaba el momento de partir y nunca sabíamos si volveríamos a vernos de nuevo. Siempre me dolieron en lo más profundo esos instantes. Más cuando estaba papá, ese hombre valiente y noble que jamás derramaba una lágrima, pero que en esos instantes resultaba incapaz de dominar su pena, y con sus ojos acuosos y enrojecidos me abrazaba enternecido por la emoción.
Pero no creo que sea esta la ocasión para recordar horas tristes. Cuando salí de casa era un joven soñador de casi 25 años que abrazaba a su madre de 50. Hoy las canas han tornado gris mi cabeza y usted cumple los 84. Tengo dos hijas muy bellas que creo la visitan con alguna frecuencia y que por su parecido a mí deben mostrarle el lado bello de la vida. Cada una tiene ya su descendencia y sé que al abrazarla a ella o él, siente latir la sangre de la familia prolongándose en el tiempo y llena de esperanzas. La madre de mis hijas también me la recordó siempre a usted, por la dedicación total que durante tantos años de soledad absoluta empleó callada en levantarlas. También mi hermana, esa especie de clon suyo a la que quiero tanto como a usted.
Algo hacemos en nuestro pasar por el mundo, nuestras huellas quedan, la herencia se transmite en seres nuevos cuyas sonrisas conservan la misma pureza de la suya. Pese a las distancias y adversidades conservamos los afectos incólumes, nada ha podido afectarlos, seguimos siendo la familia de papá y mamá, aunque él se haya ido adelante, seguro con la intención de prepararlo todo allá, para cuando volvamos a encontrarnos lo hagamos con el mejor confort posible. Tenemos pendiente ese abrazo fuerte y prolongado, esa explosión de felicidad que seguramente se acompañará de lágrimas de dicha. Anhelo con toda el alma que llegue ese momento.
Por ahora le envío mi saludo de cumpleaños, de día de las madres, esperando que estas letras contribuyan a acrecentar su alegría, a prolongar por muchos años su santa vida, a fin de que cuando me sea posible volver al hogar, podamos sentarnos a conversar durante largas horas, a disfrutar de sus deliciosos platos  cuyo sabor nunca encontré en ninguna parte, a respirar de nuevo ese aire de paz y protección con el que de niño siempre conté a su lado.
Seguro que merezco un regaño por el sufrimiento que les pude haber causado. Lo recibiré muy juicioso, con el corazón del hijo pródigo que vuelve humilde a la casa de quienes lo vieron nacer. Sin las ideas de amor por los demás, de bondad y justicia que me inculcaron allí, la vida no me habría llevado a convertirme en el quijote que terminé siendo. Desde la enorme distancia que nos separa le envío el abrazo más intenso y caluroso de la vida, los besos de mayor cariño en esa frente linda que quizás sin mi ausencia se hubiera arrugado menos, mis más puros sentimientos de adoración y obediencia. La quiero mucho, mamita. Estoy allá con ustedes aunque mi cansado cuerpo esté acá. Que Dios y la Virgen me la conserven por mucho tiempo más.
Pronto nos reuniremos, para poder cuidarla como se merece. Y para que por encima de mis años y cicatrices pueda volver a contar con la dicha de ser cuidado de nuevo por mamá.
Eternamente,
Su hijo.
La Habana, mayo de 2017.


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El socialismo es el nombre político del amor

Escrito por  
Quedaba claro que en Cuba se habían creado un hombre y una mujer nuevos, poseídos de una mística y unos valores capaces de enfrentar y vencer las mayores dificultades.
La noche del 25 de abril fuimos invitados a asistir en el teatro Nacional de La Habana, a la gala en conmemoración de los 30 años del Centro Memorial Martin Luther King. Había oído hablar de tal institución y recordaba entre brumas a Joel, a un hombre de barba, con cierto aspecto de hippie, que me fue presentado alguna vez como director de tal Centro, dedicado fundamentalmente a la educación popular. Creo que no sabía más sobre ellos.
Debo confesar que esa noche volví a percatarme de lo enorme que era mi ignorancia, pero a la vez advertir que se puede aprender de maneras muy distintas a las que hemos conocido siempre. Sí, no hay duda de que saben de educación. La gala de esa noche, de principio a fin, fue un curso de humanidad, de humildad, de amor, de compromiso, de entrega a un sueño.
Al comienzo del acto, con el telón aún cerrado, las luces del teatro se apagaron y se comenzó a oír una canción que jamás había oído. Mi casa, de Tony Ávila, joven trovador cubano. Era sólo el audio pues al abrirse el telón no había más que instrumentos vacíos en el escenario. Me llamó la atención que la letra de la canción se entendía perfectamente, no como esas otras que exigen del oyente maromas casi filosóficas. Un hombre hablaba de la necesidad de restaurar su casa.
Aquí algunos de sus versos:
Voy a quitar las viejas cerraduras, creo que están de más ciertas paredes, aprendí con el tiempo que se puede, cambiar sin que se dañe la estructura
Hoy podaré el jardín y a los retoños, los cuidaré para que crezcan sanos, hoy voy a consultar con mis hermanos, los cambios que a la casa sobrevienen
No tengo que correr porque la prisa, puede que le haga daño a los cimientos, y aunque en mi casa me siento contento, hay cambios que mi casa necesita
Voy a hacer ciertos cambios en mi casa, como hicieron mis padres en su tiempo, al cabo esta será la misma casa, los que no son iguales son los tiempos
No cabía duda de que la casa a la que se refería la canción era Cuba. Buena parte del público la coreaba, debía ser muy conocida. Pero se trataba de un acto oficial, con presencia de funcionarios del Partido y del Gobierno que podían molestarse. Nada de eso, ellos mismos también aplaudían. Se comprende enseguida que pensamiento y arte vuelan libremente en la isla.
Después vendría la presentación del acto a cargo de Joel Suárez, que entendí es una especie de coordinador general del centro. De entrada me llamó la atención que la inmensa mayoría de las representaciones presentes a las que saludó eran instituciones religiosas. Obispos, obispas, pastores, hermanos y hermanas de las más diversas iglesias, todos cubanos y cubanas.
El público que abarrotaba la sala Covarrubias vitoreaba con emoción a cada uno de los mencionados, incluyendo a las delegaciones del ELN  y FARC inmiscuidas en procesos de diálogos de paz. En un instante, por mi formación primaria y secundaria en colegios religiosos, reconocí en el ambiente que me hallaba en medio de un acto con esa connotación. Como esos encuentros fraternales que vivíamos en tiempos de retiros espirituales, en los que todo destilaba alegría.
Lo que siguió fue confirmando esa impresión, y debo decir me resultaba asombroso, precisamente por el lugar donde se producía, digámoslo así, en la capital mundial del comunismo. Entonces en Cuba no solamente se toleraban las religiones, congregaciones y cultos de todo orden, sino que además contaban con apoyo oficial y evidente respeto.
Cómo me hubiera gustado que estuvieran ahí el ex procurador Ordóñez, el pastor Arrázola y demás personajes iracundos que en Colombia han hecho de un sinnúmero de iglesias católicas y protestantes el nicho favorito de sus odios y fanatismos. En Cuba, por el contrario, resulta obvio que la fe en Dios y el amor al prójimo se vuelcan a favor de la revolución y el socialismo.
La intervención principal por el Centro Memorial estuvo a cargo de tres mujeres adultas, que se encargaron por turnos de recordar momentos y logros de su trabajo con el Centro. Se llamaban Marilín, Irenia e Izzet, todas ellas destacadas en distintas iglesias cristianas y vinculadas al Martin Luther King hace más de una década. Sus intervenciones iban acompañadas por diapositivas relacionadas con los temas de que se ocupaban.
Por ellas y las fotografías que aparecían en pantalla, me pude dar cuenta de que cada una de las congregaciones ecuménicas a las que pertenecían había desempeñado un papel cardinal en diversas luchas, como por ejemplo la obtención de la solidaridad de múltiples iglesias norteamericanas en campañas contra el bloqueo a la isla.
Fueron iglesias evangélicas de los Estados Unidos las promotoras de la recolección de ayudas humanitarias para los cubanos en los peores momentos del bloqueo. Y fueron también iglesias protestantes de USA las encargadas de encabezar la lucha allá por la liberación de los cinco héroes cubanos. Todas unidas con congregaciones ecuménicas de Cuba. Este tipo de iglesias estaban vinculadas al Centro Memorial Martin Luther King y a su escuela de educación popular.
Fotografías exhibidas en la pantalla gigante permitían ver a sus pastores y coordinadores reunidos con Fidel y Raúl Castro en distintos momentos, en actos en los que saltaba a la vista su carácter religioso. Así también ver las diversas campañas de educación y solidaridad cumplidas por esas iglesias y el Centro Memorial en los sitios más diversos y remotos de Cuba. Era fácil constatar que para todas ellas el amor al prójimo era algo más que una palabra para repetir en oraciones.
Silvio Rodríguez apareció y cantó en el escenario seis canciones, acompañado solo por su guitarra. Sus temas parecían cuidosamente elegidos para la ocasión, hablaban  de cuando jugábamos a Dios, de amor, de rocío, de ángeles de la guarda, de ser un tilín mejores, y mucho menos egoístas. Remató con El Necio, coreado por el público. El mensaje era claro, yo me muero como viví, no como quieran los enemigos de la patria, la revolución y el socialismo.
Frey Beto, el religioso y educador brasileño, fue invitado a hablar al público que llamó ingeniosamente de hermanos y hermanas unidas en Cristo y en Castro, arrancando una ovación. Su relato de su primer viaje a Cuba y de sus conversaciones con Fidel sobre el papel de la educación popular y cómo de todo esto terminó por crearse el Centro Memorial, resultó sumamente interesante e instructivo. El socialismo es el nombre político del amor, afirmó.
Como Martin Luther King, la principal motivación de su vida había sido servir a los demás, a los más pobres y necesitados. Y la mejor forma de hacerlo era abriéndoles los ojos para que aprendieran a reconocerse, a unirse, a educarse en valores como la solidaridad, la cooperación, la justicia, la búsqueda del bien general. El sentimiento del amor no puede quedarse adentro, tiene que brotar, manifestarse en hechos, en acciones efectivas en pro del otro. Eso lo hace real.
La apoteosis del acto estuvo a cargo del grupo musical juvenil Armonía, cuya canción Caminar con Cristo hizo que todo el público presente se pusiera de pie y acompañara la letra con sus voces y palmas. Parecía increíble, comunismo y cristianismo se unían en una sola fe, inspirados por la figura del pastor bautista Martin Luther King, asesinado en Menphis por su trabajo por la paz.
Delegados de distintas comunidades de la isla ofrecieron emotivos presentes a Raúl Suárez, fundador y cabeza principal del Centro. Entre ellas el Consejo de Iglesias de Cuba, como muestra de reconocimiento a su labor en pro de la Iglesia y el ecumenismo en la isla. Un grupo infantil, Generación con Propósito presentó una tierna y conmovedora versión de Yo vengo a ofrecer mi corazón, la canción de Fito Páez que sonó por los altavoces.
El mismo grupo Armonía cerró el evento con sus alegres ritmos cubanos dedicados al amor, la solidaridad y el camino justo de la revolución. Definitivamente estaba claro que en Cuba se había producido un salto social cualitativo, creado un hombre y una mujer nuevos, poseídos de una mística y unos valores capaces de enfrentar y vencer las mayores dificultades. Así debieron ser las primitivas comunidades cristianas que retaron con su fe al imperio romano. Bienaventuradas.
La Habana, 27 de abril de 2017.



 Link Corto: http://bit.ly/2oVCMfz

El infarto de Timo: Registro histórico de una grave noticia

Escrito por  Gabriel Ángel /Farc-ep.co
El Pleno Ampliado del Estado Mayor Central las FARC-EP se hallaba en su tercer día de desarrollo. Hacia las once de la mañana del martes 3 de febrero, un día soleado y caluroso en La Habana de invierno, terminó su intervención el camarada Juan Antonio, y la dirección de la Mesa, encarnada por los camaradas Iván, Villa y Timo, acordó conceder un receso. Hubo café y un pequeño refrigerio para todos. 
Ya antes de comenzar la reunión, Timo había querido que Pastor y Joaquín leyeran y comentaran el proyecto de comunicado que yo había redactado, para denunciar la ofensiva paramilitar y militar desencadenada contra nosotros y la población civil de nuestras áreas de operación. Los camaradas, y el propio Timo hicieron las observaciones del caso y yo me comprometí a incorporarlas rápidamente al texto. Para eso pedí el computador prestado a Yira Iván Ríos, y me puse a corregir el documento de acuerdo con lo señalado. Estaba terminándolo cuando Timo me preguntó cuánto tiempo me faltaba, le dije que prácticamente ya estaba listo, por lo que los demás miembros del Secretariado, a insinuación de Timo, se acercaron a la mesa, donde tras conocerlo, expresaron su aprobación. Mandaron acercarse a Boris, quien lo copió en su equipo y partió a colgarlo en la página de nuestra delegación de paz en La Habana.
El receso se extendió por una media hora, por la causa indicada. Al disponer el reinicio de la sesión, Timo pidió disculpas a los asistentes por la tardanza y explicó la razón. Enseguida procedió a dar la palabra y Solís comenzó su intervención. Empezó por destacar la importancia de la reunión y a expresar sus razones para considerarlo. Con Timo habíamos comentado que ojalá los participantes se concentraran en lo grueso de los temas y no se pusieran a echar discursos o loas, que estaban de más porque ya se habían expresado. Al recordar sus palabras volví la vista hacia Timo, con el propósito de indagar en su rostro qué pensaba de lo que decía Solís, que era precisamente lo que él quería evitar. Había premura por el tiempo y cabía aprovecharlo al máximo. Cuando mis ojos buscaron el rostro de Timo, noté algo extraño en él.
Sentado en su silla, con los codos en la mesa y tomando apuntes en una pequeña libreta, un gesto muy propio en él, había sido su posición constante durante el evento. Pero ahora lo vi con la cabeza muy inclinada hacia delante, como si estuviera luchando contra el sueño para no dormirse. Su rostro se le había desencajado y tenía la boca abierta, como si bregara a respirar o a vomitar. De inmediato exclamé que a Timo le sucedía algo. Todos se volvieron hacia él y en un instante Mauricio lo estaba examinando con gesto médico. Varios quisieron rodearlo, pero alguien gritó que no lo hicieran, que le dejaran el espacio libre para que pudiera respirar con facilidad. También ordenaron prender el aire acondicionado, que estaba apagado pues las ventanas estaban todas abiertas. Hubo alarma general y voces cruzándose en uno y otro sentido. Mauricio pidió que lo ayudaran para acostar a Timo, aunque fuera en el suelo, y de inmediato se aplicó a practicarle los auxilios médicos para reanimarlo. Él es médico, y conoce exactamente los síntomas del infarto cardio respiratorio, así como lo que conviene hacer en el momento.
Alguien gritó que buscaran un carro, una ambulancia, para trasladarlo con urgencia al Hospital. Varios procedieron a buscar a Karel por sus teléfonos celulares, para pedirle que por favor lo ordenara. No lograban comunicarse con él. Por pura coincidencia no había ninguno de los vehículos en los que nos trasladan habitualmente hasta el sitio de reunión. Hubo angustia general. No pude evitar pensar que se nos moría Timo, de repente, definitivamente estábamos maldecidos quizás por quién. Varias de las mujeres y algunos de los hombres presentes estaban a punto de echarse a llorar. De pronto entró Karel al salón y se percató de la gravedad del asunto.
No lo pensó dos veces para ofrecer el carro asignado a él por su trabajo, el único que estaba a mano en el momento. En unos segundos, entre varios, levantaron a Timo del suelo y lo condujeron fuera. Pregunté por la compañera del camarada, que estaba en algún lugar de la casa e ignoraba todo, y corrí en su busca. Al hallarla le indiqué que Timo había sufrido un ataque. Se alarmó y estuvo a punto de gritar o echarse a llorar. La reproché con fuerza, le dije que bajara de prisa y que no fuera a ponerse a dar espectáculos, que en ese momento se requería era de su ayuda. Bajó las escaleras corriendo y alcanzó a montarse en el pequeño vehículo en cuyo asiento trasero habían acostado a Timo. Mireya se metió al lado de él, mientras que Mauro, con la compañera de Timo sentada en sus piernas, hacía esfuerzos por seguir auxiliando a Timo, quien prácticamente parecía muerto.
Uno de los cocineros había llamado a la guardia para pedir que abrieran las puertas, a fin de no retardar la salida urgente de un auto con un enfermo dentro. Por eso el vehículo de Karel salió sin demoras, conducido por su chofer habitual. Karel esperó la aparición de una camioneta Van y se montó en ella con Yuri, siguiendo de prisa el vehículo en que llevaban a Timo. Desde allí llamó por su móvil al Hospital, contando con la suerte de que su sub director ya estaba presente tras la reunión comprometida en otro lugar, de la que Karel estaba informado. Por eso, escuchar la voz de Julio del otro lado, satisfizo a Karel de manera especial. Con su gruesa voz de cubano afanado le informó a toda prisa de todo y le pidió que tuvieran preparadas las cosas. 
Alguien lo llamó para decirle que Humberto de La Calle, de los de la delegación del gobierno en la Mesa de Conversaciones, tenía una cita médica pendiente en unos cuantos minutos. De inmediato pensó en la fatalidad de que, por coincidencia, pudiera el gobierno enterarse, de primera mano, de lo que estaba ocurriendo. Por eso recordó que Iván Márquez le había dicho que en unos minutos los del Secretariado también irían al Hospital. La presencia de todos ellos, muy conocidos, podía generar una atención desmedida, e indicar que algo había ocurrido. Por eso Karel marcó el número de Iván y se enteró, por él mismo, de que ya iban en una camioneta todos para la misma dirección. No lo pensó dos veces para indicarle que abortara eso, que dieran marcha atrás y esperaran mejor la comunicación posterior de él. Iván recogió de inmediato la observación y ordenó dar marcha atrás hacia la residencia de la delegación. Alguien, que resultó después ser su compañero de trabajo, Humberto, también le informó que De La Calle había pedido un aplazamiento de su cita por una razón personal. De ese modo Karel se tranquilizó un poco.
Los vehículos penetraron de una vez por el sótano de la entrada de emergencia. En ese momento Harold, Javier y Wendy, que habían sido citados a exámenes médicos esa mañana, se hallaban en la puerta de ingreso al Hospital, a la espera de la camioneta que iría a recogerlos. Desde allí vieron entrar los carros a toda prisa por la puerta de emergencia y los reconocieron enseguida como los que trabajaban con la delegación en su sede de El Laguito. Por eso imaginaron que se había presentado una emergencia con alguno, aunque no imaginaron que fuera con Timo. Por su edad, pensaron más bien que podía tratarse del camarada Villa. 
Julio, el subdirector del Hospital, estaba ya vestido completamente de blanco, con el estetoscopio al cuello y rodeado de un equipo de médicos y auxiliares, que le pusieron mano al paciente inmediatamente lo bajaron del carro. Inyecciones en las venas de los brazos, prácticas de reanimación y demás. Un especialista se le montó arriba a golpearle el corazón con fuerza mientras lo conducían a la sala de urgencias. El diagnóstico inicial fue extremo, en términos prácticos el paciente estaba muerto. Hasta entonces habrían transcurrido unos quince minutos desde su ataque. Toda la ciencia médica de Cuba se puso entonces al servicio del comandante máximo de las FARC. Alguien comentaría después, agradecido, que los guerrilleros no creíamos en Dios, pero en cambio sí creíamos en el servicio de salud de la revolución cubana.
Los veinte minutos siguientes fueron de horror. Los acompañantes de Timo y el propio Karel permanecían por fuera de la sala de urgencias. La concentración de especialistas en la misma, había generado, como es apenas natural, cierta parálisis en la prestación normal de los servicios a la población. Se sentía en el ambiente que algo extraño sucedía, pero nadie podía precisar exactamente de qué se trataba. La especial condición de Timo obligaba a una reserva absoluta de su situación, la información acerca de su ataque y estado no podía salirse al público de ningún modo. Los médicos aplicaron tres electrochoques, los dos primeros con resultados negativos. El paciente no reaccionaba, no salía de su estado de muerte, todo indicaba lo peor. En cierto momento Julio salió de la sala con una bolsa en la mano y dirigiéndose a Karel le hizo entrega de ella. La ropa y el reloj del camarada. No dijo una palabra más, sólo miró a los del grupo con expresión de absoluta derrota. Y volvió al interior de la sala. 
Unos minutos después alguien salió a informar que el aparato ese que marca en pantalla las pulsaciones del corazón, había comenzado a registrar sus latidos, el paciente había regresado del otro lado, estaba siendo asistido para mantenerlo con vida y prepararlo para una inmediata intervención a corazón abierto. Estaba vivo, pero había que determinar la causa del infarto y bloquearla de inmediato. Mientras no se hiciera, podía repetirse con resultado fatal. 
El grupo que habíamos partido de nuestra casa de habitación con el camarada Timo, permanecíamos allí, a la espera de cualquier noticia. El camarada Mauricio nos había reunido a todos para informar de la situación. Sólo faltaba Aidé, que estaba tomando un curso en otro lugar y llegaría en la tarde. Entre Mauricio, Bertulfo y yo habíamos recogido todas las cosas del camarada, y este último se había hecho cargo de las más importantes entre ellas, sus papeles y memorias de computador. En la tarde vinimos a enterarnos de que el camarada había salido del quirófano con vida, su problema inicial había sido superado mediante la inserción de un adminículo en la arteria derecha del corazón, para abrirle paso en el punto en el que se había cerrado e impedido la circulación. Pero el paciente permanecería sedado, a la espera de sus reacciones y lenta recuperación. Lo peor había pasado, viviría. Pero había el riesgo de que se le hubieran afectado sus principales órganos vitales, como consecuencia del largo tiempo, casi 45 minutos en los que la sangre no circuló por su cuerpo. El cerebro, los pulmones, el riñón, el mismo corazón podían haber sufrido daños considerables e incluso irreparables. Saberlo tomaría su tiempo. Pero su condición era estable.
48 horas después escribo esta nota, de prisa y sin vocación literaria alguna, para no dejar que se pierda en el olvido el grave incidente que nos tiene a todos trastornados por completo. El único recurso es esperar, confiar en la buena suerte, aunque médicamente haya temores ciertos de que el paciente haya sufrido lesiones cerebrales serias que le impidan volver a ser el mismo. Hoy hablé con Karel y me volvió repetir lo informado a todos los de la casa por Mauricio la noche anterior. A partir de hoy se piensa retornar el cuerpo a la temperatura ambiente, hasta ahora se lo ha mantenido en frío y sedado. A partir del momento en que regrese a la normalidad, comenzarán a conocerse sus reacciones, aunque no será de golpe, sino de manera lenta. De acuerdo a lo que se vaya observando se le aplicará toda la asistencia médica y científica posible. También lo expresaron la noche anterior, en reunión formal con el Secretariado, el Canciller de Cuba y otros altos funcionarios del Estado que vinieron a expresar su amistad y solidaridad con nosotros. 
Seguimos a la espera, expectantes, nerviosos, despidiendo energía positiva, como nos recomendó Pastor. Pero seriamente preocupados, por Timo, por el futuro de la organización, por nuestro propio futuro. 
La Habana, 11:38 horas del 5 de febrero de 2015.

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¿Y qué pasa con la Amnistía y el Indulto acordados?

Por Gabriel Ángel, FARC-EP.co

Si se aplicaran diligentemente los principios orientadores que recoge la ley 1820, los funcionarios competentes deberían obrar con la mayor brevedad. Pero no ocurre así.

Realmente asusta y genera muchísima desconfianza el laberinto burocrático que se abre ante la implementación del Acuerdo Definitivo, que con tanta alegría celebró el país tras las complicadas conversaciones que se dieron en La Habana entre el gobierno nacional y las FARC-EP. Ya nos hemos referido a lo relacionado con las zonas veredales transitorias de normalización, incumplimiento que el tartamudeo y las mentiras de los altos funcionarios no logra ocultar.
Pensando de buena fe y en gracia de discusión, admitamos que se trata efectivamente de eso, de la realidad oprobiosa de un Estado que tras sellar los más serios compromisos resulta incapaz de llevarlos a la práctica de modo eficiente por cuenta de las trabas e incompetencias de sus agentes. Frente a semejante evidencia no queda otro recurso que dar la batalla por su agilización efectiva. Más cuando madres gestantes, niños de brazos y enfermos graves lo requieren con urgencia.
Algo habrá que hacer y ya, para que el más anhelado sueño de los colombianos de buena voluntad, la paz y la tranquilidad, no se convierta en letra muerta en los pasillos de las oficinas públicas. Para eso se requerirá de una gran movilización nacional. Que los amantes de un país mejor salgan a las calles, protesten, reclamen, exijan que los derechos alcanzados en la Mesa de Conversaciones dejen de ser promesas, se conviertan en hechos, en realidades tangibles.
Es que hay  otro asunto, con las mismas o mayores implicaciones, en el que ya se pone de manifiesto nuevamente la desidia, la negligencia, la trama de las ataduras burocráticas que casi imposibilita el desarrollo normal de lo acordado. Poco se habla al respecto pero no queda la menor duda de que si no se le pone mano rápidamente, terminará por convertirse en una auténtica bomba social. Se trata de la amnistía y el indulto reconocidos en los acuerdos.
Y que cuentan además con su vinculación jurídica como leyes de la República que deben ser cumplidas  de modo inmediato, más tratándose del derecho fundamental a la libertad física tan reconocido y protegido por las constituciones liberales. Por un lado, el Acuerdo Definitivo recogió el artículo 6.5 del Protocolo II de los Convenios de Ginebra, del cual Colombia es Estado parte y que consagra de modo inapelable lo siguiente:
“A la cesación de hostilidades, las autoridades en el poder procurarán conceder la amnistía más amplia posible a las personas que hayan tomado parte en el conflicto armado o que se encuentren privadas de la libertad, internadas o detenidas por motivos relacionados con el conflicto armado”. Además, en el Acuerdo Definitivo se determinó que sería aplicable a las FARC el proceso de indultos regulados por la ley 419 de 1997. El punto 4 del protocolo sobre dejación de armas dice:
“Las personas privadas de la libertad por pertenecer a las FARC-EP, que tengan condenas o procesos por delitos indultables según las normas en vigor a la fecha del inicio de la dejación de armas, serán objeto del indulto previsto en la ley 418 de 1997 y sus posteriores reformas, exclusivamente para las conductas que las leyes permiten indultar. El indulto se otorgará con efectos desde el momento en que se inicie el proceso de dejación de armas”.
Para aclarar cualquier duda al respecto, el pasado 30 de diciembre entró en vigor la ley 1820 por medio de la cual se regularon las disposiciones en materia de indulto, amnistía y otros procedimientos penales especiales, que establece una serie de posibilidades de excarcelaciones por un lado, la amnistía de iure para unos delitos políticos  y un listado más amplio de los conexos contemplados en los artículos 15 y 16 de dicha ley.
Con relación a las solicitudes de indulto con fundamento en la aplicación de la mencionada ley 418, que por cierto es bastante estrecha en cuanto a las conductas punibles que podrían beneficiarse del mismo, hay que decir que el 6 de diciembre se entregó el listado de posibles beneficiarios, del cual hacen parte 432 guerrilleros presos. De inmediato sobrevino la depuración de la misma por la oficina jurídica del alto comisionado, alegando diversas razones. 
Según las cifras del Alto Comisionado se han hecho efectivos 106 de los indultos, de los cuales 96 pertenecen a nuestras listas, mientras los otros diez fueron personas que no estaban privadas de la libertad en establecimiento carcelario. El plazo legal para el procedimiento es de tres meses a partir de la solicitud, la cual inicia su carrera de firmas de una a otra oficina en las que se aplica uno y otro filtro. La agilidad oficial es tanta como la mayor exclusión posible de nombres.
No está de más mencionar que hay prisioneros notificados ya por el ministerio de justicia acerca de su indulto, pero este no se ha hecho efectivo pues permanecen a la espera de que los jueces emitan su orden de libertad, buscando presionar de algún modo al ministerio de justicia para que agilice el procedimiento. Como en los préstamos usurarios, la cuestión resulta ser gota a gota. Pero bueno, digamos que esto pasa por el estrecho criterio que la ley tiene para el indulto.
Lo verdaderamente preocupante es lo que se atisba con relación a la ley 1820 expedida el 30 de diciembre. Ya se han diligenciado y radicado cerca de 600 solicitudes en la fiscalía o ante los jueces de ejecución de penas según el caso. Sólo unas cuantas han sido contestadas hasta hoy, con fundamento en los términos legales. Lo que alarma es el desconocimiento total de la ley por parte de los operadores judiciales. 
Se oyen toda clase de argumentos. Algunos aseguran que como no existe aún la Jurisdicción Especial para la Paz, no se pueden aplicar las medidas contempladas. Otros han respondido formalmente que no son competentes para conocer de esas solicitudes y que hay que dirigirse es al ministerio de justicia. Otros manifiestan que se requiere un pronunciamiento del gobierno nacional en los que se tracen directivas frente a ese particular.
Así que pese a la ley, va a tocar apelar a los procedimientos de Habeas Corpus y acciones de tutela. También sucede que el procedimiento legal establece la emisión previa de una serie de actas que deben ser suscritas ante el secretario ejecutivo de la Jurisdicción Especial para la Paz, las cuales se entienden como un requisito para anexar a las solicitudes. La ausencia de estas actas genera negativas de los operadores judiciales pese a conocer del principio de favorabilidad penal.
Si se aplicaran diligentemente los principios orientadores que recoge la ley 1820, los funcionarios competentes deberían obrar con la mayor brevedad. Pero no ocurre así, por lo que cabe preguntarse cómo será la situación frente a los demás obstáculos que se prevén, como la inexistencia de los lugares adecuados para los liberados en las Zonas Veredales, la expedición del acto legislativo que crea la Jurisdicción Especial de Paz o la reconocida congestión de la justicia.
Para no hablar de la resistencia de numerosos fiscales y jueces formados académica y políticamente en la doctrina del derecho penal del enemigo. O la necesaria creación de un protocolo o mecanismo logístico y de acompañamiento para que los indultados y amnistiados comiencen a llegar a las ZVTN. O que se hagan efectivos los protocolos relacionados con los prisioneros menores. O las gestiones en la cancillería sobre prisioneros en el extranjero.
Como se ha demostrado reiteradamente, el gobierno se esfuerza por exigir a las FARC el cumplimiento cabal de todo lo que se refiera a ellas, pero muy poco hace por cumplir los acuerdos en lo que le corresponde a él. Ahora el afán es porque los guerrilleros en armas se ubiquen cuanto antes en las zonas, pese a su pésimo estado, al tiempo que se desentiende del mismo asunto cuando se trata de los guerrilleros en las cárceles. Estos pueden ser 1600. ¿Es justo eso?

 URl Corto: is.gd/qNlgCX

'El País' Contra La Paz Y La Verdad

Escrito por  Gabriel Angel.
La edición digital de El País, de España, correspondiente al domingo 29, incluía una crónica de su investigador Joaquín Gil, en cuyo titular se sindicaba directamente a las FARC por el secuestro y asesinato del ciudadano español Sergio Muñiz Brioso, en hechos acaecidos entre junio y agosto de 2013, pero reciclados a raíz de unos audios, conocidos y revelados por el medio con notoria perversidad.
Quizás alguien intervino, porque el lunes 30 la misma crónica apareció publicada nuevamente, aunque con otro titular. Ahora simplemente decía, Cinco balas para cerrar una negociación. No sé si es demasiado suspicaz preguntarse a qué negociación se refería el titular, si a la de la liberación de Sergio Muñiz o a la del proceso de paz de La Habana, al que se ataca con sobrada bajeza en la crónica en mención.
Según esta, Sergio Muñiz viajó a Cali en junio de 2013,  a pasar un mes en compañía de dos amigos colombianos de los que no se dice nada más. Al día siguiente los tres desaparecieron en manos de Los Rastrojos. El día 7, un amigo de Sergio se presentó ante su familia para mostrarles un mensaje recibido en su teléfono, en el que Sergio les manifestaba hallarse secuestrado y que pedían un millón de euros por su libertad.
Dos meses y medio después, tras varias llamadas telefónicas de Sergio a su madre, en las que supuestamente él hablaba y negociaba por sus captores, su cuerpo apareció con cinco tiros en un monte de Corinto, a dos horas de Cali. De sus acompañantes no se supo nunca más nada. La crónica revela que la policía colombiana atribuyó inicialmente el caso a venganzas entre narcotraficantes, ordenadas desde Oviedo, en España.
Pese a ello El País agrega que el fiscal colombiano Elox García Prada señaló en septiembre de 2014 a las FARC como coautores del asesinato. De la lectura de la crónica se entiende que debió obrar con fundamento en los audios que conoció en su momento y que ahora, como si se tratara de un nuevo Evangelio hallado en las ruinas de Palestina, revela Joaquín Gil con vergonzoso entusiasmo. Veamos cómo lo hace.
“Uno de los primeros contactos telefónicos que estableció Lourdes Brioso, madre de Sergio, fue con un empresario venezolano llamado Juan. Este hombre se presentó como un antiguo rehén de Los Rastrojos que había coincidido durante un mes con el asturiano en la choza de los paramilitares”. Para la Policía española se trataba de un vulgar estafador, pero la desesperada familia prefirió conferirle credibilidad.
La misma que le otorgó Joaquín Gil y quizás, si acaso existe, el fiscal colombiano mencionado. El tal empresario habló telefónicamente a la madre de Brioso, “No sé si usted ha escuchado que Hugo Chávez apoyaba a la guerrilla, ¿verdad? La guerrilla colombiana. El presidente de Venezuela, Nicolás Maduro, apoya a la guerrilla. Mi mamá fue a la Cancillería y habló con Maduro. Y él contactó con La Habana, donde se gestiona el proceso de paz…”
Expone a la madre de Brito que Maduro intervino a través de Roy Chaderton y que así fue como le respetaron la vida, aunque tuvo que pagar un dinero. Y pasa a aconsejarle que busque contacto con la delegación de las FARC en La Habana para que hablen con los del Sexto Frente, que son los que le tienen al hijo. Desde el comienzo al fin de la crónica, su autor se refiere a Los Rastrojos como los autores del secuestro, pero no cesa de maniobrar contra las FARC.
Sin explicar nada sobre aquellos, se empeña en su interesada sindicación contra éstas y el gobierno de Venezuela, fundado en el ridículo testimonio telefónico de un anónimo. Para entonces, se atacaba con saña a Maduro y recién se había firmado el acuerdo de  Reforma Rural Integral, en medio de difíciles conversaciones. Las FARC tenían año y medio de haber renunciado públicamente al secuestro y liberar todo cautivo.
Pese a ello El País insiste en formar bochinche. Justo cuando en el Congreso se tramita la Jurisdicción Especial para la Paz, que permitirá conocer la verdad sobre hechos graves imputados a las partes durante el conflicto. 

Retratos del Camarada Alfonso Cano (I - II - III)



Victoria Sandino: Nunca dejará de sorprenderme su rostro risueño de eterna juventud y mirada profunda, adornado sin falta por un par de antiparras de color vistos. 
De Victoria Sandino: Hablar del Camarada es hablar de amor
Tras disfrutar de su sonriente, amable y cariñosa bienvenida, procedo a explicar a Victoria Sandino el motivo de mi visita. Acaban de salir de su habitación Manuela y Laura, con aire de despedida hasta el día siguiente, y pienso que es una suerte haber escogido esa hora para asaltarla. Suele estar muy ocupada y temía que no contara con tiempo para atenderme.
Estamos en La Habana, al comienzo de una noche calurosa de luna llena en octubre, y se acerca el aniversario de la muerte del Camarada Alfonso. Mi intención es conversar con aquellos de la Delegación de Paz que fueron muy cercanos a él, a fin de escuchar de cada uno su versión acerca del inolvidable jefe. No podía faltar Victoria, y es con ella con quien resuelvo empezar.
Comenzó a trabajar con él desde el año 94 y hasta su muerte hizo parte de su equipo más cercano. Debemos remontarnos muchos años atrás. Sí, es la misma Victoria que conocí yo a comienzos del año 95, cuando fue enviada al Magdalena Medio a dictar un curso de Propaganda. Salvo unos kilos de más, que le confieren el aspecto de respetable matrona, es poco lo que ha cambiado.
Nunca dejará de sorprenderme su rostro risueño de eterna juventud y mirada profunda, adornado sin falta por un par de antiparras de color vistoso. En los postreros años de vida del Camarada Alfonso ella estuvo al frente de su propia unidad de organización, dependiente directamente de él y con comunicación diaria, en medio de aquel infierno de operaciones militares.
Recuerda haberle preguntado en la última de las contadas entrevistas que sostuvieron por entonces, por qué no se trasladaba de la zona en que se hallaba. Las incursiones del Ejército en el sur del Tolima eran crecientes, acompañadas de los frecuentes bombardeos de la fuerza aérea. Se combatía casi a diario. ¿Y a dónde puedo irme que no haya confrontación?, le respondió él.
Para Victoria es claro que cuando se llega a admirar de tal modo a alguien, en realidad lo que se siente por él es un profundo amor. No ese amor egoísta de pareja, sino ese sentimiento entrañable de afecto que nace del reconocimiento al genio, del asombro por lo que es capaz de realizar y por el modo en que lo hace, del deslumbramiento que desprende su personalidad.
Así que no tiene dificultad en expresar cuánto amor sentía por el Camarada Alfonso, cuánto lo quería. En más de una ocasión se sorprendió ella y a la vez lo sorprendió a él, cuando de manera inconsciente se oyó responderle a su llamado con la palabra papá, como si la fuerza secreta del enorme cariño que le inspiraba, lo transmutara en su padre en alguna parte de su alma.
En las FARC los jefes más importantes conforman sus unidades de guardia con el personal que les inspira más confianza, y suelen dejarlo durante muchos años a su lado. Eso termina por generar una relación casi familiar, que de algún modo se dibuja como definitiva para el subordinado. Pero el superior tiene claro que no conforma una familia sino que está formando a un personal.
Así que a los seis, ocho, diez o doce años, cualquier día los llama a su oficina para confiarles una misión de responsabilidad en otro lugar, con la posibilidad de que no vuelvan a verse o sólo muy eventualmente. Entonces vienen los desgarramientos. A Victoria, después de una década a su lado, el Camarada la despachó un día, pero para alegría de ella no muy lejos, donde podían verse.
De aquellos años de convivencia diaria en la unidad del jefe es que ella habla con propiedad acerca de él. Aún no alcanza a explicarse cómo hacía para sacarle tanto provecho al tiempo. Leía muchísimo, conversaba casi a diario durante horas con los mandos de diversas unidades que convocaba a su unidad y hacía permanecer allí hasta uno y dos meses.
Recibía y despachaba infinidad de correos, de los cuales solía hacer minuciosos relatos al personal en sus charlas diarias. Le gustaba que la gente supiera lo que sucedía en las otras unidades, particularmente las fallas y errores de los mandos, y siempre extraía las conclusiones precisas para educar. Gustaba de describir con detalles los combates de los que recibía partes.
Pero también dedicaba tiempo a explicar los avances en el trabajo de organización y las peripecias de la población civil. Victoria y los demás quedaban siempre anonadados por el perfecto conocimiento que el Camarada demostraba acerca de los mínimos detalles de la vida cotidiana en el campamento. Quizás se debía a la posición en que ubicaba su caleta.
Prefería para ello el sitio más elevado, desde el que pudiera tener visión de todo el lugar, pero cuidando a la vez que no estuviera tan retirado de las caletas del personal y las demás instalaciones. Parecía estar atento, pese a sus ocupaciones, de cuanto hablaran el oficial de servicio y las tropas en el patio de formación, así como de lo que cada uno hiciera.
No resultaba extraño que cuando el oficial se le presentaba en la mañana a dar el parte diario, el jefe estuviera incluso más enterado que él de las diferentes novedades. Así, una vez, por la alegría demostrada por una muchacha que encontró en su desayuno una doble ración de huevos, el camarada descubrió que la ranchera le servía doble porción a su compañero.
Todas las vajillas eran del mismo tipo, casi iguales, por lo que la muchacha había recogido una equivocada en lugar de la suya, y resultó precisamente que el dueño de esa vajilla era el compañero de la ranchera. Aparte de usar el caso para la correspondiente charla educativa, el camarada asumió en adelante el hábito de acudir al vajillero a la hora que servían las comidas.
Victoria no olvida la vez que uno de los más importantes mandos del Comando de Occidente, hizo acudir al camarada Miguel Pascuas ante él para recibirle parte. Al ir luego donde el Camarada Alfonso a dar el parte general, recibió una andanada. Aunque su rango fuera superior, él no era nadie para hacer comparecer ante sí a un hombre tan antiguo y de tanto respeto como Miguel.
El Camarada Alfonso era muy exigente con el personal en lo relacionado con la mentalidad revolucionaria y la disciplina que debía mantener, pero lo era más con el cuerpo de mandos y todavía mucho más con los de mayor jerarquía. No levantaba la voz ni gruñía, pero con su lógica aplastante y sus incisivas preguntas lograba arrinconar y avergonzar al destinatario de su crítica.
Si había algo en lo que fuera delicado, era en lo relacionado con el gasto de los recursos de la organización. Quienes salían al pueblo o a la ciudad a hacer diligencias, tarea en la que siempre consideró eran más responsables las mujeres, debían llevar la cuenta de sus gastos minuciosamente relacionada y respaldada con las respectivas facturas.
No toleraba lo que a su juicio era derroche impropio de la mentalidad proletaria que debía caracterizar al revolucionario. Una vez una muchacha convidó a dos personas a desayunar en un restaurante del norte de Bogotá y fueron casi tres los años en los que él la estuvo reprochando por semejante conducta. Un guerrillero de las FARC no tenía derecho a gastar el dinero así.
Por eso mismo sacaba el tiempo que fuera necesario para revisar personalmente las cuentas de gastos que enviaban de las distintas unidades de los Comandos de Occidente y Adán Izquierdo. Por las facturas conocía el precio exacto de los artículos y por su olfato detectaba rápidamente los sobrecostos y malos manejos. Se mostraba implacable con los autores de las fechorías.
Sin embargo nadie podía sindicarlo de tacaño. Con las tropas bajo su mando solía desarrollar una excelente relación humana y nunca se mostraba reacio a atender sus peticiones por extrañas que pudieran parecer. Encargar por ejemplo un tratamiento costoso para la caída del cabello, por petición expresa de un combatiente que temía quedarse calvo.
O para tratar la piel de las mujeres afectada por el clima, o incluso, como pasó una vez, viagra para un combatiente de cierta edad que tenía problemas porque las mujeres lo dejaban al poco tiempo de vivir con él. Y eso a riesgo de que las encargadas de comprar la medicina, pensaran que era para él mismo, confusiones que generaban al final las más jocosas situaciones.
Nadie como él para abrirle el alma y contarle las ilusiones o las penas que anidaban en el corazón. El Camarada se ponía del lado de quién lo hacía y procuraba ayudarle en cuanto estuviera a su alcance para que fuera feliz. Así como con afectuoso espíritu solidario servía de paño de lágrimas a alguna muchacha despechada que llegaba a contarle su dolor por causa de un mal amor.
Victoria recuerda hasta sus peleas con él. Ella, enardecida y furiosa argumentando en voz alta sus razones, y él cortante y  sentencioso llamándola a la cordura y negándose a aceptar cualquier argumento expresado en malos términos. Quizás fue de una situación de esas, de donde surgió la mejor charla acerca del problema de género que haya escuchado en toda su vida.
Ella, insumisa, prácticamente se había insubordinado en la relación de la tarde, como consecuencia de lo que juzgó un manejo machista del oficial de servicio, a la hora de resolver un problema en que se hallaba involucrada una muchacha. La insubordinación es un grave delito en las FARC, el Camarada Alfonso se puso de parte del oficial y ella fue sancionada.
Durante una semana duró cavando la tierra con una pala en sus manos, ayudada de vez en cuando por muchachos solidarios cuyos brazos sacaban en unos cuantos minutos mucho más tierra de la que ella lograba sacar en una hora, rabiando solitaria contra lo que juzgó una actitud inesperada de parte de su idolatrado jefe. Éste además duró un mes entero sin dirigirle la palabra.
Para entonces ella estaba vencida. Haber perdido la cercanía y la confianza con el Camarada Alfonso resultaba el peor suceso que podía haberle pasado en la vida. Era una guerrillera, un cuadro, y por tanto consciente de que había manejado muy mal la situación aquella tarde. Podía haber esperado la reunión de partido y expresar la crítica abierta al mando.
O incluso haberse quejado personalmente por su decisión ante el propio jefe. Había en efecto otra manera de hacer las cosas. Pero la insubordinación carecía por completo de cualquier defensa en las FARC. Nadie que lo hiciera podía alegar nada a favor suyo en ningún ejército.  Además se sentía avergonzada, pues le  había alegado incluso al propio Camarada cuando intervino aquella tarde.
Entonces un día él la hizo llamar a su oficina. Y con el habitual trato cariñoso que siempre guardaba para todos, le preguntó por las razones de su desbocado comportamiento. No les fue difícil entenderse esta vez. Pero entonces escuchó de él la más sabia exposición acerca de la situación real de la mujer en la guerrilla de las FARC y todo lo que se requería para mejorar.
Para ello se remontó a los orígenes de la fuerza, al debate que se dio al poco tiempo de fundadas en torno a la posibilidad que se contempló de ingresar mujeres a filas. De cómo las primeras mujeres llegaron no como combatientes sino como compañeras de los que las traían y de cómo éstos se oponían a que fueran guerrilleras. De cuánto hubo que luchar para que eso cambiara.
De todo el proceso vivido en la organización hasta llegar a las Conferencias 6ª, 7ª y 8ª en las que la mujer obtuvo por fin el reconocimiento pleno de sus derechos y deberes como combatiente en igualdad a cualquier varón, y de cómo había que trabajar para que lo que estaba escrito se hiciera realidad en los hechos mediante un proceso educativo de formación de la gente.
No sólo de los mandos, o los varones, sino incluso de las propias mujeres, que llegaban de la vida civil con una mentalidad preparada para el sometimiento al hombre. Se trataba de una pelea que había que librar al interior de la organización, una pelea justa, pero que tenía que saber darse. No era contra un mando en particular, ni por parte de una mujer en particular, debía ser de todos.
Victoria lo escuchaba abismada por la claridad de su jefe en torno a los problemas de la mujer y las dificultades que entrañaba vincularlas primero a ellas a la lucha y luego a los hombres, en un cuidadoso proceso de generación de consciencia. Lo comprendió bien, y muchos años después, en La Habana, convertida en una referente nacional de la lucha de género, aún se lo agradece.

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* Viviana Hernández: No recuerdo haber escuchado a alguien tantas veces que todos los seres humanos éramos iguales
Mi encuentro con el camarada Alfonso tuvo lugar cuando yo tenía cuatro años de estar en filas. Y comenzó de un modo vergonzoso para mí. Había sido enviada a su unidad dentro de una compañía que se trasladó del Guaviare a la zona de La Uribe, al área del viejo campamento de La Caucha. Nadie me había dicho nada al respecto, así que me llevé una enorme sorpresa cuando me fue comunicado que debía alistar mis cosas porque mi destino era el campamento del Camarada Alfonso. No lo conocía, así que hallarme inesperadamente ante ese hombre de estatura alta, barba larga y gafas grandes, serio y con aspecto de intelectual, me desconcertó por completo. Más todavía cuando me preguntó si era buena mecanógrafa, porque el camarada Raúl Reyes me había remitido a su unidad para que hiciera las veces de su secretaria personal.
Yo a duras penas había cursado la mitad del segundo año de primaria. Así que tuve que explicárselo, no tenía la menor idea de cómo se manejaba una máquina de escribir. En realidad mi primera entrevista con él se limitó a contarle la historia de mi vida. Mi padre había sido un hombre de concepciones machistas, de esos que consideraban que a sus hijas mujeres no tenían por qué darles educación. En su parecer, a los catorce años iría a conseguir un marido con el cual organizaría en adelante mi vida y por tanto cualquier gasto en estudios sería inútil. Mamá falleció cuando yo era muy niña y fui criada por mis padrinos de bautizo, en un hogar en el que los hijos de ellos siempre me vieron como una extraña, en una especie de historia parecida a la del cuento de la cenicienta, aunque sin príncipe azul que redimiera mi vida.
A los seis años, cansada de humillaciones, rogué a papá que me llevara con él. Pero él tenía entonces otra mujer y varios hijos, una de las cuales se alió con mi madrastra para hacerme la vida imposible. Siempre hallaban el modo de que papá me castigara, y este no tenía contemplaciones a la hora de darme frecuentes palizas. Por eso huí de casa unos dos años después, hasta que mi madrina volvió a encontrarme con la intención de hacerme regresar a casa de papá. La cuestión se solucionó con mi traslado a Bogotá, donde empecé a trabajar en casas de familia, como criada, ejerciendo pese a mi corta edad todos los trabajos domésticos que me imponían. Cuando tenía catorce años pedí unas vacaciones y volví al área de Miravalles, en Lejanías, Meta, de donde había salido años atrás. Para entonces mi padre había muerto. Por mis hermanos conocí de la guerrilla, muchachas y muchachos de las FARC que frecuentaban la vivienda. Mi destino se antojaba gris, así que mi decisión final fue pedir el  ingreso a filas. Tras una serie de peripecias fui llevada con un grupo grande al área de los frentes Primero y Séptimo, en el Guaviare, en donde recibí mis primeros cursos políticos y militares y en donde me hice guerrillera para el resto de mi vida.
Aquello tuvo lugar en el año 1982. Varios años después llegó allá el Camarada Raúl Reyes, con un plan de reestructuración de la fuerza guerrillera. Del Primero y el Séptimo surgieron varios frentes, columnas y compañías. Fui incorporada a una de estas últimas, que de inmediato se alistó para desplazarse a otra área. Fueron tres meses completos de caminatas larguísimas, lo que se llama una marcha guerrillera de verdad, una experiencia inolvidable. Debo decir que aquel hombre serio escuchó toda mi historia con enorme interés, y que desde ese preciso momento tuve idea de su extraordinaria condición humana. No manifestó la menor inconformidad por el hecho de que no tuviera los conocimientos que esperaba. A los pocos días comencé a trabajar como su ranchera personal, turnándome con Disney en esa labor y empezando a conocer de cerca la personalidad de ese camarada con quien trabajé durante 24 años continuos.
Si hay algo que me hubiera impresionado particularmente de él fue su entrega a la causa. Poco a poco fui tomando conciencia de quién se trataba, era verdaderamente un hombre muy preparado, estudioso cuál más, con título universitario y de buena procedencia social. Era de ese tipo de personas que lo tienen todo en la vida, una familia acomodada, logros académicos, un futuro lleno de éxitos y recompensas. No era como una, que se había hecho guerrillera y revolucionaria por cuenta de su propia historia, de las cosas injustas que vivió desde niña en su medio. Él era de esas personas que aman al género humano, que se duelen con las injusticias, con las violencias que ejercen los poderosos contra los humildes. No tenía por qué haber asumido el rol de rebelde en las montañas, en donde todo el pasado queda atrás y la persona se somete a un modo de vida muy duro y difícil, que en nada se parece a su vida pasada. Pero no había duda de que tenía verdadera fe en lo que hacía, en la lucha de las FARC, en el futuro del pueblo colombiano.
Pero no era sólo eso. El Camarada era un hombre muy sensible, preocupado sinceramente por los demás, por sus tropas, por lo que le sucedía a cada uno y por el modo de solucionarlo de la mejor manera. No recuerdo haberle escuchado a alguien tantas veces que todos los seres humanos éramos iguales, que todos éramos titulares de los mismos derechos, que nadie tenía por qué considerarse o comportarse como más que los demás. Y lo demostraba en los hechos. Hasta los animales, y en general la naturaleza, le inspiraron siempre el más alto respeto y cariño.
A los pocos días de estar desempeñándome como su ranchera, comprendí cuánto le mortificaba que sus alimentos fueran preparados en un casino especial. Para él aquello constituía una afrenta. Tenía que aceptarlo pues era una orden superior, una directiva que se aplicaba a los miembros del Secretariado, por cuestiones de seguridad y de salud. Pero que me consta él aborrecía. Tanto así que cuando se produjo la dispersión del Secretariado y él comenzó a andar sólo con su unidad, nunca más volvió a funcionar un casino especial para él. Consumía los mismos alimentos que los demás y preparados en el casino general. Y se lo veía feliz haciéndolo. Nadie como él para detestar cualquier tipo de privilegio. Y esa era una de sus preocupaciones en las charlas al personal, en los planes de educación. Los guerrilleros debían formarse con ese criterio.
Tampoco era amigo de las ostentaciones de fuerza. Su unidad nunca pasó de ser una guerrilla, o sea de unos veintiséis integrantes. Tenía su propia argumentación para fundamentarlo. Y había que ver el modo cómo se preocupaba por la gente bajo su mando. En su unidad, con independencia de sus responsabilidades y tareas, él casi que desempañaba cada una de las funciones de sus subordinados. Estaba pendiente de las actuaciones del oficial de servicio, del ecónomo, del ranchero, del enfermero, del intendente, de los secretarios de las células políticas. Había que verlo llegar a la rancha todas las mañanas a revisar la preparación de los alimentos, a observar si estaban bien tapados y en su punto. Conocía y exigía las medidas de las raciones, de la sal, de los condimentos, del aceite, jamás permitía que se sirviera una comida que estuviera pasada de sal, de aceite, ahumada o quemada. Ordenaba que fuera preparada de nuevo.
Era tanto su celo que acostumbraba a pararse al pie de los vajilleros a la hora de servir las comidas, para cuidar que las raciones fueran distribuidas con criterio equitativo. No admitía trampas o ventajas a favor de alguno. Apenas se enteraba de que había un guerrillero o una guerrillera enfermos, se encaminaba a su caleta a objeto de verificar su estado. Pero no por desconfianza, sino por la preocupación por su salud. Indagaba al enfermo por todos sus síntomas y luego hacía acudir a su presencia al enfermero, al que recogía sus opiniones sobre el caso y preguntaba cuál tratamiento recomendaba. Daba sus propias impresiones, y finalmente las medicinas a aplicar eran las que surgían de aquel intercambio de argumentos.
El Camarada se preocupaba especialmente por la formación ideológica y política del personal. En su parecer lo más importante en la educación del combatiente eran las ideas revolucionarias que había que meterle en la cabeza. Para él, un guerrillero o guerrillera que no tuviera claro por qué causa empuñaba su arma, era una persona que así como estaba hoy disparando de aquí para allá, el día de mañana fácilmente podía estar disparando de allá para acá. Los secretarios de las células debían entregarle cada ocho días su plan de educación y horas culturales para la semana siguiente y él lo revisaba con cuidado y se encargaba de perfeccionarlo antes de su aplicación. Una vez llegó de traslado un indiecito que no sabía leer ni escribir. El Camarada le trazó un plan para que aprendiera dentro de los dos meses siguientes y él mismo fue su alfabetizador. Después lo nombró de ecónomo, pues ya sabía escribir, sumar y restar. Así era el Camarada Alfonso.
Dos cosas siempre calificó de sumamente importantes en la creación de la consciencia de clase, la lectura de obras con característico contenido ideológico, político o histórico, así como la presentación de películas de carácter formativo. Con los años, se fue conformando en la unidad un archivo  de cine y documentales supremamente amplio, que él se encargó de distribuir a todas las unidades que dependían directamente de su mando. El Camarada sostenía que las buenas películas contribuían a enseñar al combatiente muchas cosas, a ampliar su mente, sus perspectivas acerca del mundo y la experiencia histórica de la humanidad. Igual pasaba con los buenos documentales, había mucho material para ayudar en la preparación cultural, política y militar. Como cosa curiosa era un devoto de la música de los Beatles, que lo apasionaba verdaderamente y de quienes me hizo conseguirle distintos videos y películas para su colección personal.
Recuerdo haberme separado del Camarada en pocas ocasiones. La primera tuvo lugar cuando se presentó su salida para Caracas y luego Tlaxcala, en aquel proceso de conversaciones de paz que se llevó a cabo con el gobierno de César Gaviria Trujillo. Las tropas del camarada fuimos distribuidas en varias unidades de orden público, encargadas de enfrentar la arremetida de la llamada guerra integral con la que el ministro de defensa de entonces aseguraba que lograría acabar con la guerrilla en el término de dieciocho meses. A mí me vincularon a la unidad del camarada Raúl Reyes, en donde se trabajaba en propaganda audiovisual sobre nuestra lucha. Allí aprendí a manejar cámaras, a elaborar y editar videos y en general a desenvolverme en ese tipo de tareas. También terminé consiguiendo un compañero con el cual casarme. Me sentía bien y feliz.
Al regresar el Camarada Alfonso recogió todas sus tropas distribuidas en distintas unidades. En cuanto a mí, me hizo saber que conocía mi situación y agregó que podía quedarme en esa unidad por el tiempo que considerara. Que seguía perteneciendo a su unidad, pero que me dejaba allí hasta cuando yo considerara llegado el momento de volver con él, cuando sería bien recibida. El Camarada era así, un hombre supremamente bueno, de corazón excepcional, con el que se podía hablar de las cosas más personales, encontrando siempre su disposición favorable, una persona realmente preocupada por uno. De esa manera una no tenía más remedio que quererlo, profundamente, más que a un padre, a un hermano o a un hijo. Puedo decir ahora, transcurridos cinco años de su pérdida, superada por fin la época en que me era imposible hablar de él sin echarme a llorar con un nudo en la garganta, que su muerte representó un golpe terrible para todos. Por un momento pareció que se nos acababa el mundo.
El Camarada era un hombre silencioso. Escuchaba lo que uno le decía sin hacer el menor comentario al respecto, simplemente preguntando qué más tenía una para contarle. A veces una se creía que ni siquiera le había puesto cuidado a lo que le había contado, que su mente había estado ocupada en asuntos mucho más importantes. Pero siempre terminaba de sorprenderla a una, cuando pasados dos o tres días volvía a llamarla y le daba respuesta exacta al planteamiento o la inquietud expresada, por pequeña que fuera. Sus ojos y su mirada eran profundos, penetraba en el alma de su interlocutor como si fuera un escáner, hasta lograr auscultar la menor de sus inquietudes. Sabía por tanto detectar las mentiras, detectar en un parpadeo, en el más ligero gesto, que no se le estaba diciendo la verdad.  
Cuando lo descubría se irritaba de veras. Odiaba que le mintieran, eso sí que lograba sacarlo de sus casillas. Todos sabíamos por eso que lo mejor con él era andar siempre con la verdad en los labios. Otra cosa que le resultaba incomprensible y que odiaba tanto como la mentira era la traición. El guerrillero, el miliciano, el militante de partido, simplemente el amigo que se volvía contra la causa, que  se ponía a trabajar con el enemigo por la razón que fuera, siempre le inspiraron el más vivo de los desprecios. Había que ver el modo como se expresaba de ellos.
Cuando volví a su unidad, al poco tiempo me designó a cumplir tareas fuera, en la ciudad, en otros bloques y frentes, como su correo y persona de total confianza. A mí personalmente eso me llenaba de miedo. Y no sólo por mí misma, sino por él. Me aterraba pensar que por una debilidad o alguna irresponsabilidad de mi parte, el Camarada fuera a recibir las consecuencias. Quizás por eso siempre fui muy cuidadosa y disciplinada. Durante los siguientes quince años que desempeñé la tarea de ser su contacto personal con muchas personas en distintas partes del país, ni una sola vez llegué a ser problema para el Camarada o para las gentes de su confianza. Él valoraba mucho eso, y pese escuchar mis preocupaciones, nunca me quiso relevar de esa misión.
Durante los últimos tiempos fue cada vez más difícil cumplirla. El cerco militar que se fue tejiendo a su alrededor resultaba mes a mes más angustioso. Las operaciones militares, los desembarcos, los bombardeos sobre toda esa zona del sur del Tolima se convirtieron en el pan de cada día. Yo me hallaba con él la noche del 21 de agosto de 2010, cuando fuimos sorprendidos por los aviones y las bombas que cayeron con toda la furia sobre el campamento que acabábamos de abandonar, localizado a unos 30 minutos del sitio donde pernoctábamos. Un informe de último momento había hecho tomar al Camarada la decisión de salir de ese sitio de manera inmediata, en el llamado Cañón de la Hacienda, en la zona de Marquetalia. Tras el bombardeo se produjo el desembarco del Ejército. El Camarada todavía andaba con el Camarada Pablo Catatumbo, quien se hallaba lesionado de un brazo por causa de un accidente y sufría para moverse con agilidad.
Nos retiramos del sitio en plena oscuridad y entonces me percaté de la sangre fría del Camarada Alfonso. Era cierto que el Ejército había desembarcado quizás a menos de dos kilómetros de nosotros, pero eso era lo de menos. Sabíamos bien que los filos que rodeaban el cañón por el que avanzábamos estaban sembrados de tropas enemigas desde tiempo atrás, de manera que en cualquier momento se podía producir un choque armado. Fueron varios días de marcha hasta ubicarnos en un lugar seguro. Pero debo decir que ni una sola vez vi un gesto de afán o de preocupación en el rostro del Camarada Alfonso. Su calma, el control de sus nervios era total. Inspiraba y transmitía tranquilidad. En esos momentos una pensaba si no sería que el Camarada era ingenuo y no medía con exactitud el peligro que nos rodeaba, pero ahora sé que no era así. El Camarada simplemente era consciente de que debía inspirar seguridad en la gente y eso hacía. Cuando creíamos que iba a ordenar que la mitad del personal se atrincherara mientras la otra mitad dormía, para relevarse cada dos o tres horas, él disponía de una guardia normal, el relevante y dos centinelas. Recomendaba mucha disciplina y estar en constante alistamiento, pero no exageraba en las medidas, sabía que la gente tenía que descansar y reponer fuerzas para lo que pudiera suceder la mañana siguiente.
Tras esa dura experiencia se produjo la decisión de que él y el Camarada Pablo se separaran. Si algo había de suceder no era conveniente que les pasara a juntos. Aquella separación resultó muy dolorosa para ellos, así como para todos los demás. En cuanto a mí, el camarada dispuso que no volviera a su lado. Debía salir a un sitio seguro en el cual permanecer, en contacto radial con él por medio de Teófilo, y recibir allí las misiones que se me confiaran afuera. Tras regresar, debía emplear ese contacto para hacerle llegar mis respuestas. Así trabajamos hasta que se produjo su muerte. Durante ese interregno tuve por primera vez problemas con mi seguridad. Una desertora, que había pertenecido a la unidad del Camarada, dio la información al enemigo acerca de mí y la naturaleza de mis misiones. Fui localizada en Bogotá y sometida a implacables seguimientos por parte de los servicios de inteligencia. Gracias al apoyo de mucha gente conseguí evadir esa cacería y volver al campo, a un lugar seguro. Estaba en busca de contacto con la unidad del Camarada cuando se produjo la noticia de su muerte, sin duda alguna la más dolorosa y terrible que haya recibido en toda mi vida. Colombia no tiene idea del extraordinario hombre del que fue privada.

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Boris Guevara: Nos enseñó que con coraje, alta moral y disciplina, pueden superarse las más difíciles situaciones

Retratos de Alfonso Cano (III)
Fueron quince los días que tomó a Boris y sus compañeros trasladarse hasta la unidad del Camarada Alfonso Cano en el sur del Tolima. Habían partido de la bota caucana, del Comando Conjunto de Occidente, con la orientación de sumarse a la guardia personal del que se le antojaba un jefe misterioso. Corría el año 2006 y para entonces Boris tenía seis años en filas de las FARC. Los había pasado todos en la Jacobo Arenas, la columna que dirigía Carlos Patiño, uno de los más aguerridos comandantes guerrilleros del occidente del país.
Hasta ese momento su actividad principal había sido el orden público. Marchar y combatir, en una sucesión de acciones militares que sacudieron por años el occidente del país. Su ídolo, hasta el punto de considerarlo casi como su padre, había sido el camarada Carlos o Caliche, un hombre que nunca se alejaba de las patrullas del Ejército y que les había enseñado a vivir en medio del fuego. La gigantesca arremetida militar dispuesta por el Presidente Uribe había terminado por conducir la guerra de guerrillas en esa zona a una curiosa paradoja. La tropa se había tomado las montañas, la selva en la que habitaba y se protegía la fuerza guerrillera. Ésta se había salido de ella y operaba en terreno abierto, poblado, cerca de los pueblos y caseríos, contando para sus movimientos y accionar con el apoyo masivo de la población campesina, indígena y negra.
Ahora se le antojaba que su experiencia iba a ser muy distinta. Por su formación militar y de continuo combatir, sería un buen refuerzo, junto con sus dos compañeros, para la seguridad que requería el Camarada Alfonso. Pero él también sabía de otras cosas, conocimientos que había adquirido en su vida civil, antes de ser guerrillero. Era bachiller y tenía en su haber diferentes cursos, de electrónica, de sistemas, de diseño gráfico, hasta sastrería había aprendido alguna vez. En el parecer de Carlos, su comandante, aquellas habilidades le serían muy útiles con su nuevo jefe. Sobre él en realidad conocía muy poco. Que era integrante del Secretariado Nacional, un cuadro político de enorme talento, el encargado de los Comandos Conjuntos de Occidente y Adán Izquierdo, pero sobre todo que permanecía en la más absoluta clandestinidad. Nadie podía afirmar que lo había visto después que finalizó el despeje que facilitó los diálogos en el Caguán. Su paradero era un verdadero misterio. Personalmente, él no lo había visto nunca.
Aquella marcha fue dura, sobre todo en los días finales, cuando los desplazamientos sólo tuvieron lugar en las noches. Estaba claro que aquello obedecía a la previsión de que ninguno de los que llegaban pudiera precisar el terreno por el que transitaban. La última marcha se efectuó en la oscuridad total, nadie podía encender una linterna, avanzaron durante horas por entre las tinieblas, hasta que a eso de las tres de la madrugada llegaron a un campamento. Fueron recibidos por un mando que los saludó cordialmente y les enseñó el lugar donde dormirían.
Para su satisfacción, les tenían caletas preparadas, camas hechas con tablas y muy bien carpadas. Se acostaron rendidos. Pero una media hora después Boris sintió que lo estaban despertando. Era el mismo mando que los había recibido, quien le transmitió la orden de levantarse y bañarse. No podían acostarse a dormir sin haber tomado un baño. Aquello era increíble, se hallaban en lo alto de una cordillera, muy cerca al páramo, la temperatura era bajísima. Muy pronto le fue despejada la idea de que se trataba de una broma. Era una orden inapelable del Camarada Alfonso. Pronto fueron conducidos al bañadero, un sitio arreglado con tablas y con mangueras que conducían el agua hasta unas grandes canecas. Tendrían que lavar la ropa y bañarse empleando unas totumas. El agua estaba tan fría que parecía paralizar la circulación de su sangre. Ninguno salía del asombro. Provenían de una unidad de orden público, acostumbrados a acostarse a dormir sudados tras una larga marcha, en la que de algún modo el baño y el lavado de la ropa representaban un problema y por tanto su exigencia no era mucha. ¿Qué problema habría en bañarse en la mañana siguiente? Su bienvenida sirvió para ilustrarles el grado de disciplina que imperaba en su nueva unidad.
En palabras de Boris, él no puede responder realmente de dónde es. Su familia se mudaba de una a otra ciudad con frecuencia, como gitanos, sin hacer nunca asiento fijo en una de ellas. Pese a ello, en un colegio público y otro logró terminar la secundaria, apenas con quince años de edad. Para entonces vivían en Bogotá y sobrevivían como vendedores ambulantes. Su familia dominaba un arte, la hechura de muñecas de maíz, una delicada artesanía que les permitía transformar en lindas piezas las tusas de las mazorcas. Las autoridades distritales habían declarado una guerra abierta a las ventas ambulantes, dando lugar a un drama social, familiar y policial de hondas repercusiones, con el que sin embargo se mostraban indiferentes por completo.
El fenómeno desbordado del paramilitarismo en las zonas rurales, con sus masacres y desplazamientos forzados, obligaba a miles de familias a emigrar sin ningún recurso a la capital. Y esas pobres gentes no encontraban otro medio para sobrevivir que las ventas callejeras de cualquier cosa. Igual sucedía con numerosas familias de bajos ingresos cuyos miembros no hallaban empleo alguno para vivir. Los andenes de calles y avenidas del centro de la ciudad  y otros barrios se habían convertido en ferias populares en donde la informalidad era la regla. La orden terminante de las autoridades era despejar todos esos lugares con independencia de la suerte que aguardaba a los miles y miles de desdichados.
Era esa la realidad que rodeaba a Boris cuando apenas comenzaba a tener conciencia real del mundo en que habitaba. La convivencia diaria con tantos otros vendedores le permitía conocer sus historias. La forma como les habían arrebatado sus tierras y bienes en remotos lugares del país. El terror que se vivía por el accionar paramilitar. La complicidad descarada de éste con la Policía y el Ejército. La situación de orden público en sus territorios como consecuencia de la confrontación declarada entre las guerrillas y el gobierno. Las razones para su huída, la forma cómo lograban hacerse a las pequeñas mercancías que ofrecían en las calles. El hambre, la falta de techo y la desolación en que vivían sus familias. Dolorosos dramas que despertaban su solidaridad.
Por eso aprendieron a organizarse para su defensa. Los grupos de vendedores ambulantes que ocupaban las aceras disponían de muchachos jóvenes que hacían de guardias en las esquinas, pendientes de cualquier aproximación de las patrullas policiales. A su voz de alerta, todos procedían a recoger a toda prisa sus mercancías y retirarse del lugar. Era una victoria ver llegar las bandas de policías a una calle completamente despejada y observar su desconcierto. Pero no siempre funcionaba aquello, y también resultaban sorprendidos en el momento más inesperado. No había otro recurso que pelear para defender lo suyo. Los agresivos policías llegaban como hordas a arrojar todo al piso y pisotearlo, a golpear a los hombres, mujeres y niños, a robarles sus precarias mercancías. Nada ofendía más que verlos al final de sus operaciones repartiéndose entre ellos el botín, festejando y celebrando entre risas sus hurtos miserables e impunes.
Un día corrió un rumor entre los vendedores. En el lejano Caguán, dentro del proceso de paz que cursaba entre el gobierno de Pastrana y las FARC, se celebraría una audiencia que se transmitiría por la televisión y la radio públicas a todo el país, en la que los buhoneros y todo el sector informal de la economía podían dar testimonio de su situación y plantear su propias alternativas de solución al problema que vivían. Daba miedo, se decían tantas cosas de las FARC en la radio, la televisión y la prensa escrita, se las pintaba como una organización envilecida y dedicada al pillaje. Había temor de acudir ante ellas en su santuario del Caguán. Pero había voces que animaban, que invitaban a conocer la verdad, que preguntaban qué otra alternativa había. Boris abordó un bus de los que recogían el personal que se trasladaría a la audiencia, frente a la Universidad Nacional, entusiasmado por un grupo de jóvenes que se alistaban a viajar y convidaban abiertamente a los paseantes a acompañarlos.
Lo que vivió durante los dos o tres días que permaneció en Los Pozos, el lugar de la sede de los diálogos, le resultó absolutamente revelador. Había una enorme cantidad de muchachas y muchachos, casi tan jóvenes como él, uniformados de modo impecable y bien armados, que se comportaban de un  modo tan amable y sencillo con la gente, que conversaban con ella y le explicaban las razones de su lucha y el por qué de sus actuaciones. Además había unos jefes, unos hombres y unas mujeres un poco mayores, de apariencia y ademanes tan decentes, que reunían grupos de personas y les daban largas charlas acerca de la situación del país y las soluciones que se requerían para hacer de él una Nueva Colombia. Permitían que se les preguntara de todo, cualquier cosa que fuera, y siempre respondían de manera tan clara, tan cordial, tan cariñosa, que al final todo cuanto había oído sobre la guerrilla en su vida se derrumbó por completo. Boris recordaría para siempre a Iván Ríos, un comandante cuya sencillez lo impresionó profundamente.
Así como tampoco pudo olvidar lo que observó en el momento de abordar el bus para el regreso. Por lo menos la mitad de los jóvenes que habían subido al bus en Bogotá para ir hasta el Caguán, manifestaron su decisión de quedarse allí para sumarse a la lucha de los guerrilleros. Era tanta su emoción y alegría al hacerlo, que el propio Boris tuvo la tentación de sumarse a ellos. Le faltó poco para decidirse. Un tiempo después su padre le hizo el comentario de que se había encontrado con un viejo amigo por casualidad, y que en su conversación aquél le había contado que tenía un hijo desaparecido desde hacía muchos años. Creía que lo habían secuestrado y quizás asesinado. Pasados unos meses, su padre volvió a comentarle que por casualidad se había enterado del paradero del hijo de su amigo. No había sido secuestrado, sino que se había sumado a las filas de las FARC en el Cauca. Por alguna razón, él había logrado el modo de contactarlo. Y lo convidó a acompañarlo hasta donde se hallaba, para entrevistarse personalmente con él.
Resultó cierto. Se trataba ni más ni menos que de Jaime, un respetable mando de la columna Jacobo Arenas de las FARC. Conversaron con él durante horas, mucho más en confianza que como lo había hecho Boris en el Caguán con otros guerrilleros. Escucharon el testimonio directo de un combatiente de muchos años en las filas guerrilleras, de sus impresiones sobre la realidad del país,  sobre la vida en las FARC y la guerra, sobre sus sueños de un país libre de injusticias y crímenes. Aquello resultó irresistible para Boris, había encontrado su destino. Pidió el ingreso y se quedó en el departamento del Cauca, en sus montañas, bajo las órdenes de Carlos Patiño, Caliche. No le resultó tan fácil. Pese a su origen humilde era un muchacho citadino, que nunca había puesto un pie en el campo, que nada conocía de la vida en el mundo rural y además en medio de la guerra. En Bogotá, trabajaba de día en las calles y en las noches se inscribía a uno y otro curso en academias e institutos. Ahora estaba en la selva, en un medio completamente distinto al suyo, y en una unidad de orden público, donde se formaban los guerrilleros más duros de carácter.
Se trataba de una historia demasiado larga para contársela así de un golpe al Camarada Alfonso. Después de aquel baño doloroso y de haber regresado a dormir por un par de horas, se despertó en un campamento cuidadosamente organizado, en el que el silencio parecía ser la nota dominante. Pasado el desayuno, él y sus dos compañeros de viaje fueron conducidos hasta la oficina de su nuevo jefe. Los recibió de modo amable, aunque su mirada estaba cargada de interrogantes. Una vez sentados frente a él, les preguntó sin mayores vueltas quiénes eran ellos. El lugar era frío y húmedo, algo oscuro, y el Camarada se veía corpulento y serio, de ceño fruncido, hasta cierto punto intimidante con su barba larga encanecida y su mirada penetrante que parecía escarbar dentro de cada uno de ellos. Su dedo índice derecho se dirigía con frecuencia a sus gafas de montura grande, para alzárselas con un leve movimiento. Igual a como se sintieron tras el baño frío, al salir de aquella primera entrevista tuvieron la sensación de hallarse en una unidad muy distinta a la suya, en la que el régimen interno tenía que ser demasiado estricto.
A  Boris, que venía de la columna Jacobo Arenas, una fuerza considerable en número y poder, en la que la vida transcurría en un movimiento permanente de un lado a otro, aquella nueva situación se le antojaba angustiosa. Al salir de su unidad, el camarada Caliche les había dicho que su misión les tomaría más o menos un año. Ellos ya eran guerrilleros curtidos, sabían lo que en las FARC significaba eso. Pero es que además se trataba de una unidad muy pequeña, quizás quince o un poco más combatientes. Para ellos en adelante fue la escuadra. Y por lo que veían, muy poco se movían de un lugar a otro. Quizás una vez cada año o dos. Y no veían mujeres en ella, salvo un par que se hallaban comprometidas con sus parejas hacía lustros. Su suerte les parecía lamentable. Por lo que entendían, los integrantes de esa escuadra llevaban muchísimos años en ella, el más nuevo sumaba ya ocho y ninguno creía en la posibilidad de un eventual traslado.
Lo más impresionante era la soledad del Camarada Alfonso. Permanecía todo el tiempo en su oficina, a un lado de su dormitorio, leyendo, examinando documentos o escribiendo en el computador portátil. Ningún civil entraba a visitarlo nunca, y sólo recibía a mandos guerrilleros de los comandos o frentes que se hallaban bajo su directa responsabilidad, los cuales llegaban siempre solos. Dejaban sus escoltas a gran distancia, en algún campamento en el que los esperaban los guías de la unidad para conducirlos hasta donde su jefe. Terminada su misión volvían a ser escoltados hasta allá por los guías. Éstos tenían prohibido el contacto con integrantes de cualquier otra unidad guerrillera. Prácticamente la existencia de esa unidad y la presencia del Camarada en ella era un secreto total. Las relaciones del Camarada se limitaban a su pareja, Patricia, con quien convivía hacía muchos años, y a los guerrilleros que conformaban su tropa. Sus contactos con el mundo externo eran sostenidos por algunas muchachas de toda su confianza, que hacían las veces de correos tanto con otros comandantes importantes como con civiles en las ciudades lejanas.  Vivían como en una burbuja, aislados del resto de la sociedad, aunque esos contactos de afuera le suministraban constantemente libros, revistas, documentos, películas, documentales, videos de actualidad y audios que les permitían permanecer al día.
Desde un principio Boris y los otros aprendieron que en la unidad del Camarada Alfonso reinaba un ambiente muy distinto al que conocieron en la suya. En la columna Jacobo Arenas no había mucho tiempo para la formación ideológica y política, mientras que aquí el énfasis estaba puesto en ello. Principios como la solidaridad, la fraternidad, la rigurosa igualdad, el respeto, la economía de recursos, el criterio proletario en el gasto, la preocupación por la superación ideológica, política y cultural dominaban la vida colectiva. El Camarada era muy estricto en eso, inculcaba y exigía en el personal una mentalidad revolucionaria. Todos debían preocuparse por anchar sus miras, por entender lo más que pudieran la realidad del país y el mundo circundantes. Se sancionaba cualquier incorrección con trabajo material y sobre todo con el ejercicio de la autocrítica.
Pese a ello había bastante trabajo material para desempeñar en su vida cotidiana. La seguridad se consideraba prioritaria. Exploraciones permanentes por toda el área que los rodeaba, misiones de correos a otras unidades muy lejanas, sin entrar nunca en ellas sino recogiendo en sitios previamente acordados los envíos o dejando asimismo lo que se iba a entregar. El aprovisionamiento continuo de intendencia y economía, que igualmente otras unidades se encargaban de depositar en algún distante lugar de la montaña, de donde ellos las recogían para llevarlas hasta su campamento. Había que marchar mucho y con pesadas cargas encima. Movían armas, explosivos y parque entre distintos parajes empleando siempre igual método. Las tropas antiguas del Camarada eran duchas en eso, muy fuertes y rápidas, hasta el punto de emplear dos y tres horas menos que Boris en los desplazamientos.
El Camarada nunca lo criticó por eso, antes lo animaba a mejorar, estaba seguro que él terminaría haciéndolo tan bien o mejor que los otros.  Boris observaba que en la unidad se producía material audiovisual, videos, pequeños documentales. Los veía cuando el Camarada se los presentaba, pensando siempre en hacerlos circular por el resto de la organización. Pero también se percató de que salvo las incursiones personales del Camarada en ese campo, no existía un trabajo dedicado y permanente en ese sentido. La mayoría de materiales eran elaborados fuera del campamento, probablemente en la ciudad. Él sabía que tenía conocimientos para trabajar en eso, pero temía plantearlo, era claro de que tenía que ganar credibilidad y de que debía cuidar que no se malinterpretara su intención, en las FARC no era difícil que los superiores pensaran que el combatiente estaba buscando un modo de vida más cómodo.
Por fortuna el Camarada Alfonso era un hombre abierto a la innovación, un convencido de la necesidad de incorporar los más modernos avances tecnológicos en nuestra labor de educación y difusión propagandística. No fue tan difícil encontrar la ocasión de conversar con él sobre ese aspecto. Y obtener la oportunidad de mostrar lo que era capaz de hacer. En poco tiempo le fue dotado un computador portátil y le fueron consiguiendo los programas necesarios para el trabajo de edición y producción de videos. El Camarada confió en él y lo apoyó sin duda. Pero muy en su estilo. Salvo cuando tenía que dictar cursos de propaganda a otras unidades, para lo cual se desplazaba del campamento a otros lugares lejanos, los trabajos en materia audiovisual tenía que realizarlos después de cumplir con todas las tareas cotidianas. La guardia, las remolcadas, las exploraciones. A veces Boris miraba con nostalgia a los compañeros suyos que llegaban de remolcar exhaustos, tendidos en sus caletas oyendo música y descansando, mientras que él tenía que sacar sus equipos de edición y ponerse a trabajar porque tenía que aprovechar el tiempo.
Ese ritmo de trabajo nunca le fue modificado por el Camarada, quien siempre le insistía en la necesidad de dar más, en la capacidad del ser humano para crear y producir en las condiciones más difíciles, en la importancia del sacrificio personal. El día antes del bombardeo y la operación con la que el Ejército logró dar de baja al Camarada, éste le había confiado la tarea de editar un video sobre la emboscada en La Solapa, una acción militar de la columna Jacobo Arenas, en la que habían perecido en la montaña un número elevadísimo de soldados profesionales que entraron en una gigantesca trampa con explosivos. El Camarada quería que se difundiera la noticia con pruebas irrefutables, pues por la dimensión del golpe el Ejército iba a ocultar semejante fracaso de sus brigadas móviles. La noche anterior le dio a Boris las últimas instrucciones, y le advirtió que orientaría que le pusieran el primer turno de guardia, para que tuviera el resto de la mañana libre para trabajar. Boris dejó el computador conectado y los discos listos en su caleta para comenzar a trabajar en cuanto cumpliera su turno. Nunca pudo llegar. La operación se inició un poco después de las ocho de la mañana, y tras la primera explosión él voló unos cuantos metros hasta una cañada de donde apenas tuvo tiempo de retirarse. Todavía sonríe al recordar que ni siquiera por las urgencias del trabajo era excluido de la guardia.
Para Boris su estadía en esa unidad tuvo dos etapas claramente definidas. Una primera, que duró casi dos años desde su llegada y que terminó con la muerte del Camarada Manuel. Y una segunda en la que el Camarada Alfonso se convirtió en el jefe máximo de las FARC. Antes de la muerte de Manuel Marulanda existía presión militar sobre el sur del Tolima, pero la situación no era tan apurada. La presencia del Camarada en el área de Marquetalia era desconocida por el enemigo, quien apuntaba todos sus fierros hacia el cañón de Las Hermosas, en donde aseguraba que se hallaba Alfonso Cano y en cuya cacería se empeñaba. Pero en cuanto se convirtió en jefe de las FARC-EP, fue notable el incremento de la presencia militar del Ejército en el páramo y su incesante labor de penetración uno por uno a todos los cañones que descolgaban de lo más alto de la cordillera. Poco a poco el cerco se fue incrementando y apretando. Si en un comienzo los combates con otras unidades se llevaban a cabo lejos, a medida que el tiempo corría comenzaron a hacerse más cercanos. Así también los bombardeos y desembarcos continuos. Al final los disparos de cañón de 105 o 120 milímetros casi nunca cesaban, y desde los campamentos se oían silbar las bombas que caían en las inmediaciones o pasaban de largo.
Durante buena parte de esta segunda etapa el Camarada Alfonso se vio recompensado en sus preocupaciones por la compañía muy grata para él del Camarada Pablo Catatumbo. Se oía decir que se conocían desde cuarenta años atrás y eran muy buenos amigos. Su presencia en la unidad se correspondió más o menos con la muerte del Camarada Manuel. Boris recuerda que él escuchó por la radio la noticia de su muerte y corrió alarmado a comunicársela al Camarada Alfonso, quien se hallaba en compañía de Pablo. El Camarada quiso conocer todos los detalles de lo escuchado, y Boris le contó las palabras del ministro de defensa acerca de una grabación interceptada a las FARC, en la que se informaba el hecho y donde además se aseguraba que el nuevo comandante de las FARC era él. Ninguno de los dos camaradas dijo una sola palabra, sólo se miraron a los ojos con aire intranquilo.
En la noche, el Camarada Alfonso reunió a todo el personal de la unidad y les confirmó el hecho, producido un par de meses atrás y mantenido en secreto hasta entonces. También confirmó su nombramiento como Comandante de las FARC, expresando con mucha modestia que lo había asumido como un deber, una obligación imperiosa que el Secretariado en su conjunto había puesto sobre sus hombros y por la que él debía responder. En su parecer había otros con más méritos que él para ocupar ese cargo, que él asumía prácticamente como una orden. A su vez invitó a su tropa a colaborarle al máximo. Era obvio que el Estado lo ubicaría a él como su objetivo militar número uno, y eso significaba que toda esa unidad lo sería en adelante. Necesitaban cooperar al máximo para su supervivencia general. Con mucha disciplina y espíritu de sacrificio serían capaces de salir adelante. Todos se miraron a los ojos con preocupación. No cabía la menor duda. Se hallaban en el centro del país, rodeados de enemigos por todas partes, con la perspectiva de que el cerco sobre ellos terminara por cerrarse.
La compañía diaria del Camarada Pablo resultó muy positiva para Alfonso Cano. Se los veía reunidos desde muy temprano en la mañana, conversando de forma amena, analizando la situación de modo detallado, aun cuando el resto del personal no conociera de qué se ocupaban sus charlas. Fueron días difíciles, lo de la operación Jaque, los sucesivos golpes que fue recibiendo la organización en una y otra parte del país, coincidentes generalmente con la muerte de valiosos cuadros y las pérdidas de numerosas vidas por obra de los bombardeos. Sin embargo el ánimo del Camarada no decayó ni siquiera por una sola vez. Producía documentos y circulares con destino al resto de la organización, e incluso videos y saludos para distintos eventos políticos. Se mostraba seguro de que el enemigo no podría darlo de baja.
Si se buscara una palabra para definir como cuadro al Camarada Alfonso, Boris no vacilaría para elegir ejemplar. Incluso piensa en el Che Guevara, un revolucionario de dimensiones míticas, elevado por los cubanos casi a la leyenda por sus condiciones ideológicas y humanas. Cree que el Camarada Alfonso puede comparársele con sobrados méritos. Fue un comunista irreprochable en todo sentido. Convencido al extremo de la causa de la revolución y el socialismo, anticapitalista y antiimperialista a ultranza, un pensador profundo que diseccionaba la realidad para extraer siempre de ella los elementos positivos para el adelanto de la lucha, poseedor de una calidad humana a toda prueba. Y que entregó su vida como el Che por sus ideas y su pueblo.
No vio Boris en él los defectos o errores que conoció en otros mandos de las FARC. Su moderación en todo sentido estaba fuera de dudas. Enemigo de beber en demasía, había dejado el cigarrillo muchos años atrás de manera radical, nadie le conoció nunca una inclinación por otra mujer que no fuera su compañera, ajeno por completo a la comodidad personal o cualquier forma de privilegio, investigador y estudioso por excelencia, dueño de una honestidad personal a toda prueba, capaz de cumplir sin la menor queja las más duras faenas físicas en la montaña, valiente hasta la temeridad en las complicadas situaciones de la guerra, sencillo, humilde, conversador animoso y risueño en cuanto se lo proponía, solidario con las angustias y problemas de los demás, sobre todo con sus subordinados, excelente consejero y amigo. Eso sí, absolutamente hermético en cuestiones de información que considerara reservada. Jamás violó la norma de la compartimentación, ni siquiera con sus allegados de más confianza.
Por su parte Boris no acaba de desentrañar el enigma que representó para todos los que lo acompañaron en el último año de su vida, el modo como el Camarada Alfonso enfrentó la arremetida militar desenfrenada contra él y la unidad que lo acompañaba. Era el Comandante en Jefe de las FARC-EP y contaba con el aprecio y el respaldo de todo el conjunto de los guerrilleros y mandos de la organización. Podía haber ordenado que un sin número de unidades acudieran en su respaldo desde cualquier parte del país, o al menos desde los bloques más cercanos. Para los combatientes de las FARC nada representa mayor motivo de orgullo que enfrentarse al más aguerrido de los enemigos en defensa de sus jefes más importantes. Compañías móviles, columnas, frentes hubieran arribado entusiastas a protegerlo al riesgo que fuera. Pero él ni siquiera consideró esa posibilidad.
Sabía que en todas partes la guerra era intensa y que las unidades la estaban enfrentando con singular valor conforme a los planes de sus superiores. ¿No quiso perturbar de alguna forma el cumplimiento de esos planes? No hay quien lo responda. Lo cierto es que el Camarada no sólo no quiso pedir ayuda a nadie para salir del atolladero en que se hallaba, sino que terminó por concluir que entre menos unidades anduvieran con él tendría más posibilidades de evadir el cerco. Al final fueron sólo doce, incluyéndolos a él y su compañera, los que enfrentaron la parte más dura de la persecución que se libró en las faldas del nevado del Huila. Existen muchos indicios acerca de la forma como el enemigo consiguió ponerse casi encima suyo durante meses enteros. Indisciplinas cometidas por algunos de sus acompañantes, traiciones que sólo se conocieron después,  debilidades sentimentales del mismo jefe. Con sus perros, por ejemplo.
Pero por asombroso que pueda parecer, el Camarada y sus escasos acompañantes lograron evadir todas, absolutamente todas las maniobras del enemigo para darlos de baja. Incluso enfrentándose a tiros con los comandos de fuerzas especiales que penetraban sigilosamente en la jungla a darles cacería. Ninguno de los bombardeos cumplidos en el sur del Tolima logró acertar con exactitud su posición, no hubo desembarco de tropas que lograra encerrarlos, ninguno de los sabuesos que anduvieron tras ellos logró impedir que les perdieran el rastro. Los sustos y las sorpresas fueron muchos, los momentos de hambre y fatiga incontables, pero las palabras siempre llenas de ánimo y esperanza por parte del Camarada, su fe en que saldrían victoriosos, obraban como bálsamos capaces de inyectar la más poderosa decisión de salir indemnes. Boris cree que lo que el Camarada Alfonso pretendió, pese al peligro que representaba para él su proceder, fue dar un ejemplo a todos los combatientes de las FARC. Con coraje, con alta moral, con disciplina, podían superarse siempre las más difíciles situaciones. Nadie podría acusarlo jamás de haber sido débil, de no confiar en sus fuerzas, de pedir socorro a otros que quizás pasaban sus mismas desventuras.
Después de la partida del Camarada Pablo para el Valle, tras haber pasado casi tres años juntos en el sur del Tolima, salida que fue precipitada por la acentuación de las operaciones militares, el Camarada Alfonso volvió a quedar más sólo que nunca. Su contacto con las FARC era el radio de comunicaciones, y su contacto con el mundo los radios transistores que portaban los combatientes para escuchar las noticias. Su férrea disciplina le impedía comentar cualquiera de sus preocupaciones importantes en materia política o militar  con sus subordinados. Sólo en sus intercambios radiales con algún otro miembro del Secretariado tenía oportunidad de exponer libremente sus ideas, con las limitaciones de espacio y tiempo correspondientes. Pese a ello un buen día le expuso a sus acompañantes, que se habían iniciado aproximaciones con el gobierno de Juan Manuel Santos, a objeto de entablar conversaciones encaminadas a conseguir una salida política al conflicto. La iniciativa provenía del Presidente y los contactos estaban marchando. Sin embargo él veía claro que la intención del gobierno era arrojar su cadáver sobre la Mesa antes de iniciar los diálogos. Después compartiría esa misma reflexión con el Secretariado.
Lo paradójico de la epopeya que culminó finalmente con la muerte del Camarada Alfonso, fue el hecho de que se hubiera producido por fuera del área donde fue perseguido durante años de manera implacable, y en el momento en que se hallaba más fuertemente resguardado en los últimos años. Quizás el Camarada Alfonso quiso emular la salida de Manuel Marulanda y los suyos de la región de Marquetalia casi medio siglo atrás, porque también él fue a dar a la región de Riochiquito en el Cauca, dándole casi la vuelta al nevado del Huila. Lo hicieron trochando, rompiendo el monte por entre el rucio y los páramos, con aviones cazas, helicópteros artillados y avionetas de reconocimiento encima todo el tiempo. Al final lograron adentrarse en el Cauca, cruzar la carretera Panamericana y el río, montarse en la cordillera occidental dejando en el recuerdo la cordillera central de sus últimas desdichas.
Lograron contactarse con el Bloque Móvil y la Columna Jacobo Arenas, las dos más poderosas fuerzas de combate que tenían las FARC en el occidente del país. Mimetizados entre la población civil permanecían en una zona habitada, el camarada con los suyos al centro y los otros protegiéndolo a doscientos y cuatrocientos metros de distancia. Pero el 4 de noviembre cayeron por primera vez las bombas justo en su campamento. Y se desató sobre el área un verdadero infierno de explosiones, fuego y metralla. Casi simultáneamente con el estallido de las bombas comenzó el asalto por tierra contra el lugar. Fuerzas especiales del Ejército habían logrado ubicarse camufladas con el monte a poca distancia, sin ser detectadas por las exploraciones de la guerrilla.
Casi enseguida sobrevinieron los desembarcos. Lo último que supieron fue que en la retirada de la vivienda que ocupaban, el camarada vio a Efraín, su oficial de servicio y hombre de absoluta confianza, avanzar por un monte cercano y decidió abandonar a quienes lo acompañaban para seguir tras él. Continuaron cayendo bombas y nadie sabe lo que sucedió luego. En la noche se hizo pública tras toda una serie de especulaciones infundadas, la muerte del Camarada Alfonso, por cuenta de una ráfaga de fusil disparada contra su cuerpo. Hay una curiosa semejanza entre su muerte y la del camarada Jorge, el Mono. Por tierra hubiera sido imposible aproximarse hasta ellos. Contaban con fuertes cordones de seguridad. Pero hubo la precisión exacta sobre su ubicación, lo cual permitió las exitosas operaciones aéreas. Una verdad lamentable en la que necesariamente él tuvo que pensar antes de ser ajusticiado.

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