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Colombia: Falsa Democracia

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El socialismo es el nombre político del amor

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Quedaba claro que en Cuba se habían creado un hombre y una mujer nuevos, poseídos de una mística y unos valores capaces de enfrentar y vencer las mayores dificultades.
La noche del 25 de abril fuimos invitados a asistir en el teatro Nacional de La Habana, a la gala en conmemoración de los 30 años del Centro Memorial Martin Luther King. Había oído hablar de tal institución y recordaba entre brumas a Joel, a un hombre de barba, con cierto aspecto de hippie, que me fue presentado alguna vez como director de tal Centro, dedicado fundamentalmente a la educación popular. Creo que no sabía más sobre ellos.
Debo confesar que esa noche volví a percatarme de lo enorme que era mi ignorancia, pero a la vez advertir que se puede aprender de maneras muy distintas a las que hemos conocido siempre. Sí, no hay duda de que saben de educación. La gala de esa noche, de principio a fin, fue un curso de humanidad, de humildad, de amor, de compromiso, de entrega a un sueño.
Al comienzo del acto, con el telón aún cerrado, las luces del teatro se apagaron y se comenzó a oír una canción que jamás había oído. Mi casa, de Tony Ávila, joven trovador cubano. Era sólo el audio pues al abrirse el telón no había más que instrumentos vacíos en el escenario. Me llamó la atención que la letra de la canción se entendía perfectamente, no como esas otras que exigen del oyente maromas casi filosóficas. Un hombre hablaba de la necesidad de restaurar su casa.
Aquí algunos de sus versos:
Voy a quitar las viejas cerraduras, creo que están de más ciertas paredes, aprendí con el tiempo que se puede, cambiar sin que se dañe la estructura
Hoy podaré el jardín y a los retoños, los cuidaré para que crezcan sanos, hoy voy a consultar con mis hermanos, los cambios que a la casa sobrevienen
No tengo que correr porque la prisa, puede que le haga daño a los cimientos, y aunque en mi casa me siento contento, hay cambios que mi casa necesita
Voy a hacer ciertos cambios en mi casa, como hicieron mis padres en su tiempo, al cabo esta será la misma casa, los que no son iguales son los tiempos
No cabía duda de que la casa a la que se refería la canción era Cuba. Buena parte del público la coreaba, debía ser muy conocida. Pero se trataba de un acto oficial, con presencia de funcionarios del Partido y del Gobierno que podían molestarse. Nada de eso, ellos mismos también aplaudían. Se comprende enseguida que pensamiento y arte vuelan libremente en la isla.
Después vendría la presentación del acto a cargo de Joel Suárez, que entendí es una especie de coordinador general del centro. De entrada me llamó la atención que la inmensa mayoría de las representaciones presentes a las que saludó eran instituciones religiosas. Obispos, obispas, pastores, hermanos y hermanas de las más diversas iglesias, todos cubanos y cubanas.
El público que abarrotaba la sala Covarrubias vitoreaba con emoción a cada uno de los mencionados, incluyendo a las delegaciones del ELN  y FARC inmiscuidas en procesos de diálogos de paz. En un instante, por mi formación primaria y secundaria en colegios religiosos, reconocí en el ambiente que me hallaba en medio de un acto con esa connotación. Como esos encuentros fraternales que vivíamos en tiempos de retiros espirituales, en los que todo destilaba alegría.
Lo que siguió fue confirmando esa impresión, y debo decir me resultaba asombroso, precisamente por el lugar donde se producía, digámoslo así, en la capital mundial del comunismo. Entonces en Cuba no solamente se toleraban las religiones, congregaciones y cultos de todo orden, sino que además contaban con apoyo oficial y evidente respeto.
Cómo me hubiera gustado que estuvieran ahí el ex procurador Ordóñez, el pastor Arrázola y demás personajes iracundos que en Colombia han hecho de un sinnúmero de iglesias católicas y protestantes el nicho favorito de sus odios y fanatismos. En Cuba, por el contrario, resulta obvio que la fe en Dios y el amor al prójimo se vuelcan a favor de la revolución y el socialismo.
La intervención principal por el Centro Memorial estuvo a cargo de tres mujeres adultas, que se encargaron por turnos de recordar momentos y logros de su trabajo con el Centro. Se llamaban Marilín, Irenia e Izzet, todas ellas destacadas en distintas iglesias cristianas y vinculadas al Martin Luther King hace más de una década. Sus intervenciones iban acompañadas por diapositivas relacionadas con los temas de que se ocupaban.
Por ellas y las fotografías que aparecían en pantalla, me pude dar cuenta de que cada una de las congregaciones ecuménicas a las que pertenecían había desempeñado un papel cardinal en diversas luchas, como por ejemplo la obtención de la solidaridad de múltiples iglesias norteamericanas en campañas contra el bloqueo a la isla.
Fueron iglesias evangélicas de los Estados Unidos las promotoras de la recolección de ayudas humanitarias para los cubanos en los peores momentos del bloqueo. Y fueron también iglesias protestantes de USA las encargadas de encabezar la lucha allá por la liberación de los cinco héroes cubanos. Todas unidas con congregaciones ecuménicas de Cuba. Este tipo de iglesias estaban vinculadas al Centro Memorial Martin Luther King y a su escuela de educación popular.
Fotografías exhibidas en la pantalla gigante permitían ver a sus pastores y coordinadores reunidos con Fidel y Raúl Castro en distintos momentos, en actos en los que saltaba a la vista su carácter religioso. Así también ver las diversas campañas de educación y solidaridad cumplidas por esas iglesias y el Centro Memorial en los sitios más diversos y remotos de Cuba. Era fácil constatar que para todas ellas el amor al prójimo era algo más que una palabra para repetir en oraciones.
Silvio Rodríguez apareció y cantó en el escenario seis canciones, acompañado solo por su guitarra. Sus temas parecían cuidosamente elegidos para la ocasión, hablaban  de cuando jugábamos a Dios, de amor, de rocío, de ángeles de la guarda, de ser un tilín mejores, y mucho menos egoístas. Remató con El Necio, coreado por el público. El mensaje era claro, yo me muero como viví, no como quieran los enemigos de la patria, la revolución y el socialismo.
Frey Beto, el religioso y educador brasileño, fue invitado a hablar al público que llamó ingeniosamente de hermanos y hermanas unidas en Cristo y en Castro, arrancando una ovación. Su relato de su primer viaje a Cuba y de sus conversaciones con Fidel sobre el papel de la educación popular y cómo de todo esto terminó por crearse el Centro Memorial, resultó sumamente interesante e instructivo. El socialismo es el nombre político del amor, afirmó.
Como Martin Luther King, la principal motivación de su vida había sido servir a los demás, a los más pobres y necesitados. Y la mejor forma de hacerlo era abriéndoles los ojos para que aprendieran a reconocerse, a unirse, a educarse en valores como la solidaridad, la cooperación, la justicia, la búsqueda del bien general. El sentimiento del amor no puede quedarse adentro, tiene que brotar, manifestarse en hechos, en acciones efectivas en pro del otro. Eso lo hace real.
La apoteosis del acto estuvo a cargo del grupo musical juvenil Armonía, cuya canción Caminar con Cristo hizo que todo el público presente se pusiera de pie y acompañara la letra con sus voces y palmas. Parecía increíble, comunismo y cristianismo se unían en una sola fe, inspirados por la figura del pastor bautista Martin Luther King, asesinado en Menphis por su trabajo por la paz.
Delegados de distintas comunidades de la isla ofrecieron emotivos presentes a Raúl Suárez, fundador y cabeza principal del Centro. Entre ellas el Consejo de Iglesias de Cuba, como muestra de reconocimiento a su labor en pro de la Iglesia y el ecumenismo en la isla. Un grupo infantil, Generación con Propósito presentó una tierna y conmovedora versión de Yo vengo a ofrecer mi corazón, la canción de Fito Páez que sonó por los altavoces.
El mismo grupo Armonía cerró el evento con sus alegres ritmos cubanos dedicados al amor, la solidaridad y el camino justo de la revolución. Definitivamente estaba claro que en Cuba se había producido un salto social cualitativo, creado un hombre y una mujer nuevos, poseídos de una mística y unos valores capaces de enfrentar y vencer las mayores dificultades. Así debieron ser las primitivas comunidades cristianas que retaron con su fe al imperio romano. Bienaventuradas.
La Habana, 27 de abril de 2017.



 Link Corto: http://bit.ly/2oVCMfz

“¿Por qué socialismo?”, el ensayo de Albert Einstein rabiosamente actual

Por Kaos. Izquierda a debate
Por la rabiosa actualidad de su contenido, a pesar de haber transcurrido casi 70 años de su publicación, parece como si si hubiera sido escrito hoy.
En el se abordan con magistral lucidez cuestiones cruciales sobre la sociedad actual, la necesidad de transformarla en un sentido socialista y los riesgos que acarrea ese cambio imprescindible.
¿Por qué el socialismo? es un conocido ensayo del físico Albert Einstein publicado en el primer número de la revista socialista Monthly Review en mayo de 1949. En este artículo, Einstein expresa su preocupación por una «oligarquía de capital privada cuyo enorme poder no puede ser controlado de manera eficaz siquiera por una sociedad política organizada de forma democrática». Einstein escribió el ensayo a instancias de su amigo Otto Nathan, economista de la Universidad de Princeton, donde se conocieron. Nathan era, a su vez, amigo del cofundador de la revista, Leo Huberman.
Por la rabiosa actualidad de su contenido, a pesar de haber transcurrido casi 70 años de su publicación, parece como si si hubiera sido escrito hoy. En el se abordan con magistral lucidez cuestiones cruciales sobre la sociedad actual, la necesidad de transformarla en un sentido socialista y los riesgos que acarrea ese cambio imprescindible. 
Kaos. Izquierda a debate

¿Por qué socialismo?


¿Debe quién no es un experto en cuestiones económicas y sociales opinar sobre el socialismo? Por una serie de razones creo que si.
Permítasenos primero considerar la cuestión desde el punto de vista del conocimiento científico. Puede parecer que no hay diferencias metodológicas esenciales entre la astronomía y la economía: los científicos en ambos campos procuran descubrir leyes de aceptabilidad general para un grupo circunscrito de fenómenos para hacer la interconexión de estos fenómenos tan claramente comprensible como sea posible. Pero en realidad estas diferencias metodológicas existen. El descubrimiento de leyes generales en el campo de la economía es difícil por que la observación de fenómenos económicos es afectada a menudo por muchos factores que son difícilmente evaluables por separado. Además, la experiencia que se ha acumulado desde el principio del llamado período civilizado de la historia humana –como es bien sabido– ha sido influida y limitada en gran parte por causas que no son de ninguna manera exclusivamente económicas en su origen. Por ejemplo, la mayoría de los grandes estados de la historia debieron su existencia a la conquista. Los pueblos conquistadores se establecieron, legal y económicamente, como la clase privilegiada del país conquistado. Se aseguraron para sí mismos el monopolio de la propiedad de la tierra y designaron un sacerdocio de entre sus propias filas. Los sacerdotes, con el control de la educación, hicieron de la división de la sociedad en clases una institución permanente y crearon un sistema de valores por el cual la gente estaba a partir de entonces, en gran medida de forma inconsciente, dirigida en su comportamiento social.
Pero la tradición histórica es, como se dice, de ayer; en ninguna parte hemos superado realmente lo que Thorstein Veblen llamó “la fase depredadora” del desarrollo humano. Los hechos económicos observables pertenecen a esa fase e incluso las leyes que podemos derivar de ellos no son aplicables a otras fases. Puesto que el verdadero propósito del socialismo es precisamente superar y avanzar más allá de la fase depredadora del desarrollo humano, la ciencia económica en su estado actual puede arrojar poca luz sobre la sociedad socialista del futuro.
En segundo lugar, el socialismo está guiado hacia un fin ético-social. La ciencia, sin embargo, no puede establecer fines e, incluso menos, inculcarlos en los seres humanos; la ciencia puede proveer los medios con los que lograr ciertos fines. Pero los fines por si mismos son concebidos por personas con altos ideales éticos y –si estos fines no son endebles, sino vitales y vigorosos– son adoptados y llevados adelante por muchos seres humanos quienes, de forma semi-inconsciente, determinan la evolución lenta de la sociedad.
Por estas razones, no debemos sobrestimar la ciencia y los métodos científicos cuando se trata de problemas humanos; y no debemos asumir que los expertos son los únicos que tienen derecho a expresarse en las cuestiones que afectan a la organización de la sociedad. Muchas voces han afirmado desde hace tiempo que la sociedad humana está pasando por una crisis, que su estabilidad ha sido gravemente dañada. Es característico de tal situación que los individuos se sienten indiferentes o incluso hostiles hacia el grupo, pequeño o grande, al que pertenecen. Como ilustración, déjenme recordar aquí una experiencia personal. Discutí recientemente con un hombre inteligente y bien dispuesto la amenaza de otra guerra, que en mi opinión pondría en peligro seriamente la existencia de la humanidad, y subrayé que solamente una organización supranacional ofrecería protección frente a ese peligro. Frente a eso mi visitante, muy calmado y tranquilo, me dijo: “¿porqué se opone usted tan profundamente a la desaparición de la raza humana?”
Estoy seguro que hace tan sólo un siglo nadie habría hecho tan ligeramente una declaración de esta clase. Es la declaración de un hombre que se ha esforzado inútilmente en lograr un equilibrio interior y que tiene más o menos perdida la esperanza de conseguirlo. Es la expresión de la soledad dolorosa y del aislamiento que mucha gente está sufriendo en la actualidad. ¿Cuál es la causa? ¿Hay una salida?
Es fácil plantear estas preguntas, pero difícil contestarlas con seguridad. Debo intentarlo, sin embargo, lo mejor que pueda, aunque soy muy consciente del hecho de que nuestros sentimientos y esfuerzos son a menudo contradictorios y obscuros y que no pueden expresarse en fórmulas fáciles y simples.
El hombre es, a la vez, un ser solitario y un ser social. Como ser solitario, procura proteger su propia existencia y la de los que estén más cercanos a él, para satisfacer sus deseos personales, y para desarrollar sus capacidades naturales. Como ser social, intenta ganar el reconocimiento y el afecto de sus compañeros humanos, para compartir sus placeres, para confortarlos en sus dolores, y para mejorar sus condiciones de vida. Solamente la existencia de éstos diferentes, y frecuentemente contradictorios objetivos por el carácter especial del hombre, y su combinación específica determina el grado con el cual un individuo puede alcanzar un equilibrio interno y puede contribuir al bienestar de la sociedad. Es muy posible que la fuerza relativa de estas dos pulsiones esté, en lo fundamental, fijada hereditariamente. Pero la personalidad que finalmente emerge está determinada en gran parte por el ambiente en el cual un hombre se encuentra durante su desarrollo, por la estructura de la sociedad en la que crece, por la tradición de esa sociedad, y por su valoración de los tipos particulares de comportamiento. El concepto abstracto “sociedad” significa para el ser humano individual la suma total de sus relaciones directas e indirectas con sus contemporáneos y con todas las personas de generaciones anteriores. El individuo puede pensar, sentirse, esforzarse, y trabajar por si mismo; pero él depende tanto de la sociedad -en su existencia física, intelectual, y emocional- que es imposible concebirlo, o entenderlo, fuera del marco de la sociedad. Es la “sociedad” la que provee al hombre de alimento, hogar, herramientas de trabajo, lenguaje, formas de pensamiento, y la mayoría del contenido de su pensamiento; su vida es posible por el trabajo y las realizaciones de los muchos millones en el pasado y en el presente que se ocultan detrás de la pequeña palabra “sociedad”.
Es evidente, por lo tanto, que la dependencia del individuo de la sociedad es un hecho que no puede ser suprimido — exactamente como en el caso de las hormigas y de las abejas. Sin embargo, mientras que la vida de las hormigas y de las abejas está fijada con rigidez en el más pequeño detalle, los instintos hereditarios, el patrón social y las correlaciones de los seres humanos son muy susceptibles de cambio. La memoria, la capacidad de hacer combinaciones, el regalo de la comunicación oral ha hecho posible progresos entre los seres humanos que son dictados por necesidades biológicas. Tales progresos se manifiestan en tradiciones, instituciones, y organizaciones; en la literatura; en las realizaciones científicas e ingenieriles; en las obras de arte. Esto explica que, en cierto sentido, el hombre puede influir en su vida y que puede jugar un papel en este proceso el pensamiento consciente y los deseos.
El hombre adquiere en el nacimiento, de forma hereditaria, una constitución biológica que debemos considerar fija e inalterable, incluyendo los impulsos naturales que son característicos de la especie humana. Además, durante su vida, adquiere una constitución cultural que adopta de la sociedad con la comunicación y a través de muchas otras clases de influencia. Es esta constitución cultural la que, con el paso del tiempo, puede cambiar y la que determina en un grado muy importante la relación entre el individuo y la sociedad como la antropología moderna nos ha enseñado, con la investigación comparativa de las llamadas culturas primitivas, que el comportamiento social de seres humanos puede diferenciar grandemente, dependiendo de patrones culturales que prevalecen y de los tipos de organización que predominan en la sociedad. Es en esto en lo que los que se están esforzando en mejorar la suerte del hombre pueden basar sus esperanzas: los seres humanos no están condenados, por su constitución biológica, a aniquilarse o a estar a la merced de un destino cruel, infligido por ellos mismos.
Si nos preguntamos cómo la estructura de la sociedad y de la actitud cultural del hombre deben ser cambiadas para hacer la vida humana tan satisfactoria como sea posible, debemos ser constantemente conscientes del hecho de que hay ciertas condiciones que no podemos modificar. Como mencioné antes, la naturaleza biológica del hombre es, para todos los efectos prácticos, inmodificable. Además, los progresos tecnológicos y demográficos de los últimos siglos han creado condiciones que están aquí para quedarse. En poblaciones relativamente densas asentadas con bienes que son imprescindibles para su existencia continuada, una división del trabajo extrema y un aparato altamente productivo son absolutamente necesarios. Los tiempos — que, mirando hacia atrás, parecen tan idílicos — en los que individuos o grupos relativamente pequeños podían ser totalmente autosuficientes se han ido para siempre. Es sólo una leve exageración decir que la humanidad ahora constituye incluso una comunidad planetaria de producción y consumo.
Ahora he alcanzado el punto donde puedo indicar brevemente lo que para mí constituye la esencia de la crisis de nuestro tiempo. Se refiere a la relación del individuo con la sociedad. El individuo es más consciente que nunca de su dependencia de sociedad. Pero él no ve la dependencia como un hecho positivo, como un lazo orgánico, como una fuerza protectora, sino como algo que amenaza sus derechos naturales, o incluso su existencia económica. Por otra parte, su posición en la sociedad es tal que sus pulsiones egoístas se están acentuando constantemente, mientras que sus pulsiones sociales, que son por naturaleza más débiles, se deterioran progresivamente. Todos los seres humanos, cualquiera que sea su posición en la sociedad, están sufriendo este proceso de deterioro. Los presos a sabiendas de su propio egoísmo, se sienten inseguros, solos, y privados del disfrute ingenuo, simple, y sencillo de la vida. El hombre sólo puede encontrar sentido a su vida, corta y arriesgada como es, dedicándose a la sociedad.
La anarquía económica de la sociedad capitalista tal como existe hoy es, en mi opinión, la verdadera fuente del mal. Vemos ante nosotros a una comunidad enorme de productores que se están esforzando incesantemente privándose de los frutos de su trabajo colectivo — no por la fuerza, sino en general en conformidad fiel con reglas legalmente establecidas. A este respecto, es importante señalar que los medios de producción –es decir, la capacidad productiva entera que es necesaria para producir bienes de consumo tanto como capital adicional– puede legalmente ser, y en su mayor parte es, propiedad privada de particulares.
En aras de la simplicidad, en la discusión que sigue llamaré “trabajadores” a todos los que no compartan la propiedad de los medios de producción — aunque esto no corresponda al uso habitual del término. Los propietarios de los medios de producción están en posición de comprar la fuerza de trabajo del trabajador. Usando los medios de producción, el trabajador produce nuevos bienes que se convierten en propiedad del capitalista. El punto esencial en este proceso es la relación entre lo que produce el trabajador y lo que le es pagado, ambos medidos en valor real. En cuanto que el contrato de trabajo es “libre”, lo que el trabajador recibe está determinado no por el valor real de los bienes que produce, sino por sus necesidades mínimas y por la demanda de los capitalistas de fuerza de trabajo en relación con el número de trabajadores compitiendo por trabajar. Es importante entender que incluso en teoría el salario del trabajador no está determinado por el valor de su producto.
El capital privado tiende a concentrarse en pocas manos, en parte debido a la competencia entre los capitalistas, y en parte porque el desarrollo tecnológico y el aumento de la división del trabajo animan la formación de unidades de producción más grandes a expensas de las más pequeñas. El resultado de este proceso es una oligarquía del capital privado cuyo enorme poder no se puede controlar con eficacia incluso en una sociedad organizada políticamente de forma democrática. Esto es así porque los miembros de los cuerpos legislativos son seleccionados por los partidos políticos, financiados en gran parte o influidos de otra manera por los capitalistas privados quienes, para todos los propósitos prácticos, separan al electorado de la legislatura. La consecuencia es que los representantes del pueblo de hecho no protegen suficientemente los intereses de los grupos no privilegiados de la población. Por otra parte, bajo las condiciones existentes, los capitalistas privados inevitablemente controlan, directamente o indirectamente, las fuentes principales de información (prensa, radio, educación). Es así extremadamente difícil, y de hecho en la mayoría de los casos absolutamente imposible, para el ciudadano individual obtener conclusiones objetivas y hacer un uso inteligente de sus derechos políticos.
La situación que prevalece en una economía basada en la propiedad privada del capital está así caracterizada en lo principal: primero, los medios de la producción (capital) son poseídos de forma privada y los propietarios disponen de ellos como lo consideran oportuno; en segundo lugar, el contrato de trabajo es libre. Por supuesto, no existe una sociedad capitalista pura en este sentido. En particular, debe notarse que los trabajadores, a través de luchas políticas largas y amargas, han tenido éxito en asegurar una forma algo mejorada de “contrato de trabajo libre” para ciertas categorías de trabajadores. Pero tomada en su conjunto, la economía actual no se diferencia mucho de capitalismo “puro”. La producción está orientada hacia el beneficio, no hacia el uso. No está garantizado que todos los que tienen capacidad y quieran trabajar puedan encontrar empleo; existe casi siempre un “ejército de parados”. El trabajador está constantemente atemorizado con perder su trabajo. Desde que parados y trabajadores mal pagados no proporcionan un mercado rentable, la producción de los bienes de consumo está restringida, y la consecuencia es una gran privación. El progreso tecnológico produce con frecuencia más desempleo en vez de facilitar la carga del trabajo para todos. La motivación del beneficio, conjuntamente con la competencia entre capitalistas, es responsable de una inestabilidad en la acumulación y en la utilización del capital que conduce a depresiones cada vez más severas. La competencia ilimitada conduce a un desperdicio enorme de trabajo, y a ése amputar la conciencia social de los individuos que mencioné antes.
Considero esta mutilación de los individuos el peor mal del capitalismo. Nuestro sistema educativo entero sufre de este mal. Se inculca una actitud competitiva exagerada al estudiante, que es entrenado para adorar el éxito codicioso como preparación para su carrera futura.
Estoy convencido de que hay solamente un camino para eliminar estos graves males, el establecimiento de una economía socialista, acompañado por un sistema educativo orientado hacia metas sociales. En una economía así, los medios de producción son poseídos por la sociedad y utilizados de una forma planificada. Una economía planificada que ajuste la producción a las necesidades de la comunidad, distribuiría el trabajo a realizar entre todos los capacitados para trabajar y garantizaría un sustento a cada hombre, mujer, y niño. La educación del individuo, además de promover sus propias capacidades naturales, procuraría desarrollar en él un sentido de la responsabilidad para sus compañeros-hombres en lugar de la glorificación del poder y del éxito que se da en nuestra sociedad actual.

Sin embargo, es necesario recordar que una economía planificada no es todavía socialismo. Una economía planificada puede estar acompañada de la completa esclavitud del individuo. La realización del socialismo requiere solucionar algunos problemas sociopolíticos extremadamente difíciles: ¿cómo es posible, con una centralización de gran envergadura del poder político y económico, evitar que la burocracia llegue a ser todopoderosa y arrogante? ¿Cómo pueden estar protegidos los derechos del individuo y cómo asegurar un contrapeso democrático al poder de la burocracia?
 

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