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Colombia: Falsa Democracia

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Hernando Vanegas Toloza, Postales de Estocolmo. En el artículo de ayer abordamos, someramente, la historia de la democracia burguesa ...

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[Colombia] Nos han quitado la tierra

por  | 2017/11/01 

A diferencias del cuento de Rulfo, en Colombia sigue el despojo de tierras y con este el asesinato de sus reclamantes. El Gobierno afirma que no hay nada sistemático. Los hechos, no obstante, dicen lo contrario.
Agua y tierra han sido siempre sinónimos de comida. Si partimos del hecho de que un agricultor necesita 2.000 litros de agua para cultivar un kilo de arroz y un poco más de 300 hectáreas para producir 8 toneladas, entenderíamos por qué la tenencia de tierras ha sido el centro de una larga y sangrienta guerra en Colombia. En la Edad Media el poder estaba representado en la posesión de extensos baldíos. Cuanto más se tuvieran, más rico era el poseedor y mucha más gente tendría rendidas a sus pies. Las conquistas llevadas a cabo por los antiguos imperios europeos, y reseñadas en los libros escolares de historia, siempre tuvieron como meta el despojo. Eso lo tenía bien claro el Gran Alejandro, tres siglos antes de nuestra era, y lo reivindicaron los pueblos del Antiguo Continente cuando llegaron al nuevo.
La enorme concentración de tierras en manos europeas es inexplicable sin el uso sistemático de la fuerza. Los violentos procesos de colonización extinguieron a la gran mayoría de los pueblos originarios y los que lograron sobrevivir se encuentran reunidos en pequeñas y reducidas zonas que el Estado ha denominado resguardos, un término que tuvo su origen en la Colonia y que hoy es respaldado por la Constitución Política del país.
Nada en los mecanismos utilizados para el despojo de tierras en Colombia ha sido legal. La Ley 89 de 1890, expedida por el Congreso, garantizó el carácter “no enajenable” de las tierras de los resguardos, “la cual determina la manera como deben ser gobernados los salvajes que vayan reduciéndose a la vida civilizada”. Esta ley dejó en manos de los alcaldes la potestad de dirimir los conflictos entre los indígenas (léase salvajes, propietarios de las tierras) y los blancos (léase civilizados o expropiadores) en los territorios bajo su influencia.
Lo anterior se podría entender como la legalización de la violencia, pues los indígenas jamás dejarían de ser indígenas, es decir, “salvajes”, por lo que la proliferación de títulos de propiedad de los extensos valles como el del Cauca quedó en manos de los “civilizados”, lo que permitió la gran acumulación de tierras en un número muy reducido de familias. Los indígenas que se sublevaron, que levantaron sus azadones en señal de protesta, fueron asesinados, extinguiendo de esta manera la posible llama de insurrección a lo largo y ancho de la geografía nacional.
Solo así podría entenderse por qué las tierras más fértiles del país, como las del Valle del Cauca, están siendo explotadas desde la Colonia por las mismas tres familias. Por qué la Ley 89 de 1890 era de carácter “no enajenable”, lo que les prohibía a los verdaderos propietarios tener derechos sobre sus tierras.
La guerra que ha padecido Colombia a lo largo de su historia no podría entenderse sin lo anterior. La concentración de grandes extensiones de suelo cultivable sigue siendo la base sobre la cual descansa la dominación de las etnias indígenas y afro por parte de las “civilizadas”. Para ser claro, hay que recordar que la esclavitud no terminó en mayo de 1851, cuando se firmó oficialmente su abolición. Hay que recordar también que los terratenientes, amos y dueños del país, se opusieron a esa ley por la inevitable pérdida de la fuerza laboral, representada en un alto número de indígenas y negros esclavizados. Esta oposición dio origen al terraje, una forma de explotación que obligaba a las “etnias inferiores” a pagarles a los explotadores el uso del suelo. Es decir, si querían cultivar o criar ganado o aves de corral debían pagar por el uso de las tierras. En el fondo, era una vuelta feliz a un feudalismo ramplón, establecido a partir del poder que ejercían las grandes haciendas sobre la administración del Estado.
Lo anterior se hizo posible gracias a que, como hoy, los miembros del legislativo eran en su mayoría finqueros que se habían adjudicado la propiedad del suelo, lo que explica a su vez por qué el 85 por ciento de las tierras cultivables y no cultivables del país están en este momento en manos del 15 por ciento de los colombianos.
Quizá esto también pueda explicar las razones de los rotundos fracasos en los intentos por realizar una reforma agraria. Y por qué la senadora del Centro Democrático, Paloma Valencia, propuso en una oportunidad una consulta con tufo racista que tuviera como objetivo dividir las tierras del Cauca entre indígenas y mestizos, pero que ella disfrazó “lucidamente” con el rótulo de autonomía sin hacer mención a los terratenientes que ella representa.
Hoy, a pesar de los avances significativos en la lucha por la restitución de tierras a campesinos e indígenas, las “fuerzas ocultas” y la “mano negra” que tienen como propósito “hacer trizas ese papel mal llamado acuerdo de paz” han desatado su furia ciega sobre los reclamantes de tierras. La muerte ha avanzado en el último año como un caballo desbocado y el resultado está ahí a la vista de todos: un defensor de los derechos humanos asesinado a bala cada 48 horas y un excombatiente de las Farc cada vez que pueden. Pero aun así, para algunos funcionarios del Gobierno central, nada en este nuevo río de sangre es sistemático.
Twitter: @joaquinroblesza
Email: robleszabala@gmail.com

Colombia. Un 1 % de propietarios ocupa el 80 % de las tierras del país

Por Contagio Radio.
La organización internacional OXFAM reveló un dramático informe denominado “Radiografía de la Desigualdad: lo que dice el último censo agropecuario sobre la distribución de tierra en Colombia”, en que se confirma que el 1% de las explotaciones más grandes acaparan más del 80% de las tierras rurales, mientras que el 99% restante de los cultivos […]
La organización internacional OXFAM reveló un dramático informe denominado “Radiografía de la Desigualdad: lo que dice el último censo agropecuario sobre la distribución de tierra en Colombia”, en que se confirma que el 1% de las explotaciones más grandes acaparan más del 80% de las tierras rurales, mientras que el 99% restante de los cultivos que hay tan solo ocupan el 19%.
Otro de los datos que arrojó este estudio es que los predios de más de 500 hectáreas ocupaban en 1970 solo 5 millones de hectáreas mientras que en el año 2014 pasaron a ocupar 47 millones. Es decir que su tamaño promedio pasó de 1.000 a 5.000 hectáreas. Hecho que para OXFAM demuestra cómo los intentos pasados en Colombia por generar una reforma agraria, solo terminaron provocando que aumentara la concentración.
Otra de las preocupaciones que evidencia esta radiografía es que “las grandes fincas contienen extensos territorios improductivos u ocupados por la ganadería extensiva, con un área insignificante dedicada a cultivos agrícolas y casi siempre dedicadas a la agroexportación”.
De igual forma el informe señala que estas grandes concentraciones de tierra son el resultado de décadas de violencia y políticas públicas sesgadas que “han favorecido a latifundio especulador y rentista”.
En cuanto a cuál ha sido la población que menos acceso ha tenido a la tierra, el estudio sice que son las mujeres en donde tan solo 26% de las unidades productivas están a cargo de ellas y sus explotaciones son más pequeñas, predominando las menores a 5 hectáreas, con más dificultades para acceder a maquinaria, crédito y asistencia técnica.
Frente a la titulación de la tierra, las cifras también son alarmantes. De acuerdo con el último censo agropecuario realizado, en el 43% de las unidades productivas de más de 2.000 hectáreas no se conoce cuál es la forma de tenencia, razón por la cual se recomienda realizar un censo con un catastro completo y actualizado que ayude a proteger los derechos colectivos de las comunidades campesinas, indígenas y afrodescendientes.

www.contagioradio.com/el-1-de-propietarios-ocupa-mas-del-80-de-tierras-en-colombia-articulo-43189/

Sarmiento Angulo no reconoce todos los baldíos que dice la Contraloría

CONFIDENCIALES REVISTA SEMANA.

Entre los nombres de las personas que la Contraloría pidió investigar por acumulación de baldíos está la organización de Luis Carlos Sarmiento. La Contraloría le atribuye 22.834 hectáreas. Sarmiento solo reconoce 13.000, de propiedad de Corficolombiana, una sociedad que a su vez pertenece a los bancos de los cuales él es accionista mayoritario.

La Ley 160 de 1994 prohíbe acumular tierras con antecedentes de baldíos. Corficolombiana compró la totalidad de esos predios con posterioridad a esa norma, pero se trataba de baldíos que habían sido adjudicados a terceros antes de esa fecha.

Campesinos -ex guerrilleros- sin poder desarrollar proyectos productivos

José María Carbonell, Nueva Colombia.

Extraño mundo de Subuso, perdón de Colombia o Locombia como a veces se le llama. Estamos en un proceso de Paz firmado entre las FARC-EP y el gobierno de JM Santos -representando todo el estado- y ha habido dificultades puestas precisamente por el gobierno y las otras ramas del poder -legislativo, judicial, militar-.

A las ya conocidas de no construcción de los campamentos en donde deben pernoctar los guerrilleros en transición de dejación de armas, alimentacióni podridas, no cumplimientos de la ley de Amnistía, etc, etc, se suma ahora -cuando se creía que el gobierno le había dado un timonazo a la Implementación- la increíble historia que no habrá tierra para los ex guerrilleros campesinos que necesitan esa tierra para adelantar sus proyectos productivos, a fin de garantizarles su reincorporación a la vida civil, legal.

Preocupante situación ya que pareciera que el Gobierno Santos repetirá los mismos "errores" -que hace sospechar es una política gubernamental-estatal- de anteriores procesos de paz. Recordemos no más que en esos anteriores "procesos de paz" -o de desarme y desmovilización?- se solucionaron problemas para algunos "líderes", en tanto la guerrillerada quedó en la estocada, es decir, en la calle, con una mano adelante y otra atrás, o sea, después de luchar años por la justicia social quedaron sin justicia fueron tirados al asfalto.

Errores que la posición del Secretariado de las FARC-EP ha mostrado desde el principio es que quieren asegurar el futuro de los guerrilleros, en su conjunto. Por ello las propuestas de proyectos productivos, especialmente campesinos ya que la mayoría de sus unidades provienen del campesinado. Esta posición de las FARC va en dirección de evitar que obligados por la circunstancia de quedar abandonados sin ningún proyecto que les garantice su propia manutención entren en un proceso de migración hacia otras organizaciones armadas, o incluso en el degeneramiento ya que sabemos que lo único que en este momento ofrece "ofrece" trabajo son las bandas de narco-paramilitares, ayudados por elementos corrompidos de la Fuerza Pública que andan en la tarea de  reclutar guerrilleros de las FARC para esas organizaciones delincuenciales.

Es claro que los guerrilleros de las FARC-EP se consideran -con razón- transformadores sociales y se sienten orgullosos de ello. Quiéranlo o no desde el Estado los farianos son un ejemplo para la juventud campesina que entendería el mensaje de ver unos ex guerrilleros adelantando sus labores productivas de manera mancomunada. No garantizarles esos proyectos productivos sería mandar desde el estado un mensaje en sentido negativo y se puede entender como la "venganza" del estado por no haber podido vencer a la guerrilla de las FARC-EP, ni desde el punto de vista militar ni desde el punto de vista político.

No quisiéramos pensar que ésta posición del gobierno obedece a una retaliación ya que  sería desastroso para alcanzar lo que añora todo el pueblo colombiano. Una Nueva Colombia en Paz con Justicia Social !

Tierras: codicia desbordada

Por: Cristina de la Torre
Su angurria no tiene límites. No contentos con que se les legalice lo usurpado, los poderosos del campo quieren reducir a fórmula inane el poder de expropiar y de extinguir dominio sobre tierras inexplotadas, que el Ejecutivo ostenta desde 1936. Temiendo su aplicación ahora, se despelucan ellos por reversar la legislación vigente. El coco castrochavista seguirá probando su eficacia como coartada para preservar el acaparamiento de tierra, y agudizarlo, en un país donde 80 % de la población campesina se apelmaza en el 5 % de la tierra cultivable, para producir el 90 % de los alimentos. Pero, en el juego de encenderle una vela al campesino y otra a su enemigo inveterado, el Gobierno le concede a éste gabelas que podrán malograr la reforma. Como la legalización de baldíos usurpados, cuyo trofeo es la Ley Zidres. Y la supresión de la expropiación por vía administrativa, para condenarla a su agonía en la inmovilidad eterna de los juzgados. Cosa distinta haría una jurisdicción agraria creada para desenredar y evacuar rápidamente los procesos.
Exultante el uribismo con el golpe de mano que la Corte acaba de asestarle a la implementación de los Acuerdos de Paz, cuyo eje es precisamente la reforma rural; el CD librará una batalla encarnizada contra ella. Asistiremos a la enésima defensa de la concentración de tierras, mientras la derecha armada hace lo suyo en custodia de los predios robados al campesino. Y el país podrá verse de nuevo ante el abismo de la guerra. Misión cumplida. Tras el fragor de la contienda pretenderá seguir agazapado el curubito de los avivatos, miembros prestantes del empresariado y de la política, contra quienes pide acción judicial la Contraloría por haber adquirido ilegalmente 123.000 hectáreas en baldíos destinados a economía campesina.
La prohibición de acumular tierras para no explotar o cultivar a medias, mientras se valorizan y no pagan impuestos, viene desde 1936. A la luz de la función social de la propiedad, toda la legislación agraria hasta hoy consagra la extinción de dominio para lotes de engorde y predios inadecuadamente explotados. Y expropiación con indemnización, por razones de utilidad pública o de interés social. No se buscó en el 36 cambiar la estructura de propiedad agraria; antes bien, se quiso fortalecer la propiedad privada mediante titulación. Modestísimo alcance que se repite hoy, si se comparan estas iniciativas con las muy liberales reformas agrarias que Europa ejecutó con incautación directa del latifundio y su repartición entre el cultivador medio y el pequeño.
En su tortuosa concertación con los gremios del agro, aceptaría el Gobierno como legal la acumulación de baldíos antes de 1994. Y, además, esos predios sólo configurarían acumulación indebida si el Registro lo hubiese consignado por escrito. Naturalmente, casi ninguna escritura habrá incorporado la nota, y no podrá argumentarse ilegalidad. Será vía expedita para fomentar el acaparamiento y perdonar el robo de las tierras reservadas por la Constitución al campesino que las necesita.
Como van las cosas, en el proyecto que el Gobierno negocia no quedaría espacio para la agricultura campesina. Ni la concentración servirá siempre a proyectos productivos sino a la especulación con la tierra, bien protegida por las armas y por un remedo de catastro rural que no obliga con impuestos. Aboga Alejandro Reyes por “garantizar la propiedad de tierras legales, no de las ilegales”. También se ha dicho que el último recurso para asegurar una reforma rural capaz de desactivar la causa mayor de la guerra será la movilización social y política de todos los demócratas contra la codicia desbordada de quienes llevan siglos haciendo lo que les da la gana.

América Latina es la región más desigual en la distribución de la tierra

IPS Noticias.
SANTIAGO, 6 abr 2017 (IPS) - Mejorar el reconocimiento de los derechos de tenencia de la tierra y su distribución es un paso necesario para erradicar el hambre y avanzar hacia los Objetivos de Desarrollo Sostenible en América Latina y el Caribe, señaló la FAO.
La región tiene la distribución de tierras más desigual de todo el planeta: el coeficiente de Gini –que mide la desigualdad y donde 0 es a igualdad perfecta y 1 la desigualdad perfecta– aplicado a la distribución de la tierra en la región como un todo alcanza 0,79, superando ampliamente a Europa (0,57), África (0,56) y Asia (0,55).
En América del Sur la desigualdad es aún mayor que el promedio regional (alcanzando un coeficiente Gini de 0,85), mientras que en América Central es levemente inferior al promedio, con un coeficiente de 0,75.
Un informe de la organización humanitaria OXFAM, publicado a fines del año pasado, señala que el uno por ciento de las unidades productivas de América Latina concentra más de la mitad de las tierras agrícolas.
Según la FAO (Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura), mejorar la gobernanza de la tenencia de la tierra, los bosques y la pesca y enfrentar la creciente concentración de tierras es un aspecto fundamental para reducir la pobreza rural y cuidar los recursos naturales.
Este y otros temas, como el impacto de las reformas agrarias que se han llevado a cabo en la región, se debaten este miércoles 5 y el jueves 6, en una reunión de alto nivel que analiza la situación actual y desafíos de la gobernanza de tenencia de la tierra, los bosques y la pesca en la región.
Aumenta la concentración de la tierra
Aurélie Brès, oficial de Tenencia de Tierras y de Recursos Naturales de la FAO, advirtió que la tierra en manos de pequeños propietarios ha sufrido una disminución importante, situación que afecta especialmente a las mujeres, que solo poseen ocho por ciento de las tierras en Guatemala y  31 por ciento en Perú, tierras que suelen ser de menor tamaño y calidad de las que poseen los hombres.
Según la FAO, fruto de una expansión importante de inversiones en la región a través de pools de siembra, arriendos anuales de grandes extensiones o compras de terrenos, hoy la concentración de la tierra alcanza un nivel aún más alto que el que existía antes de las reformas agrarias que se llevaron a cabo en varios países de la región.
Se estima que  23 por ciento de las tierras de América Latina son manejadas o están en manos de pueblos indígenas. El reconocimiento de sus derechos ha mejorado en los últimos veinte años, especialmente en el caso de los bosques de la región, pero aún se deben dar importantes pasos para mejorar su tenencia de la tierra.
La FAO está apoyando a los países de la región a implementar las Directrices Voluntarias sobre la gobernanza responsable de la tenencia de la tierra, la pesca y los bosques en el contexto de la seguridad alimentaria (DVGT), aprobadas por los países hace cinco años atrás, un instrumento busca asegurar la participación de todas las partes involucradas en la gobernanza de la tenencia.
“Las Directrices permiten garantizar el acceso equitativo a la tierra, la pesca y los bosques como medio para erradicar el hambre y la pobreza, respaldar el desarrollo sostenible y mejorar el medio ambiente”, explicó Aurelie Bres.
La reunión de alto nivel que se lleva a cabo en la Oficina Regional de la FAO en Santiago, busca generar un compromiso conjunto de los países para avanzar en la implementación de las DVGT, y analiza las experiencias positivas que se han desarrollado en países como Colombia y Guatemala.
Colombia: tierras para la paz
Más de 50 años de conflicto en Colombia afectaron profundamente el campo colombiano. Según cifras oficiales hoy solo se utilizan siete de las 22 millones de hectáreas con vocación agrícola que posee el país.
Según la FAO, reorganizar el campo, redistribuir la tierra y darle un uso adecuado representa uno de los grandes retos que enfrenta el país en el proceso de paz que ha iniciado, y las Directrices Voluntarias son una de las herramientas que Colombia puede emplear para mejorar el acceso y uso de la tierra.
Para Felipe Fonseca, director de la Unidad de Planificación Rural Agropecuaria de Colombia (UPRA),  82 por ciento de la tierra productiva del país está en manos del 10 por ciento de los propietarios. Mientras que 68 por ciento de los predios tiene menos de cinco hectáreas, solo  50 por ciento de las tierras estaban formalizadas.
La FAO y UPRA suscribieron un acuerdo de cooperación generar el marco conceptual legal e institucional relativo a la concentración y extranjerización de las tierras productivas de Colombia. La FAO también está apoyando al país a utilizar las DVGT para generar marcos legales adecuados que fomenten medios de vida dignos en las zonas rurales y también esquemas de conservación y uso sustentable de los recursos naturales.
“Con la Unidad de Restitución de Tierras, la FAO trabaja junto con el gobierno de Suecia en la caracterización de las tierras colectivas y en un nuevo ejercicio de restitución de tierras que beneficiará con más de cien mil hectáreas a diversos grupos étnicos”, explicó el representante de la FAO, Rafael Zavala.  (ver video sobre la implementación de las DVGT en Colombia)
Guatemala utilizó las Directrices para crear su nueva política agraria
En Guatemala,  92 por ciento de los pequeños productores ocupan 22 por ciento de la tierra del país, mientras que dos por ciento de los productores comerciales usan 57 por ciento de la tierra de Guatemala. (ver video).
Guatemala fue el primer país de América Latina en asumir oficialmente y aplicar las Directrices Voluntarias de la Tenencia de la Tierra (DVGT) con la asistencia de la FAO, para elaborar, socializar e implementar una nueva política agraria.
La FAO apoyó al gobierno reformular la política agraria del país de manera inclusiva, con la participación de múltiples actores de diversos sectores. El diálogo con distintos sectores recogió múltiples aspectos de las Directrices Voluntarias que sirvieron para dar forma  a la nueva política agraria del país.
Asimismo, FAO ha trabajado con la sociedad civil para divulgar las Directrices, capacitando a cientos de personas en su aplicación en sus aspectos de género.
En enero, la FAO y la Secretaría de Asuntos Agrarios (SAA) suscribieron un acuerdo para  fortalecer su institucionalidad agraria y apoyar la implementación de la Política Agraria del país en el marco de las DVGT.
“Estas fueron consultadas y validadas por representantes de instituciones de gobierno, el sector público y privado, el mundo civil y académico”, explicó Diego Recalde, destacando la importancia que tienen las DVGT para garantizar el desarrollo rural de Guatemala.
Este artículo fue publicado originalmente por la Oficina Regional de la FAO para América Latina y el Caribe. IPS lo distribuye por un acuerdo especial de difusión con esta oficina regional de la FAO.
Revisado por Estrella Gutérrez

En limbo jurídico queda ZRC en el Catatumbo, tras sentencia de la Corte Constitucional

Agencia Prensa Rural 

Con la sentencia T-052 de 2017 la Corte Constitucional ahonda en la división entre las comunidades campesinas y los pueblos ancestrales que se ubican en la región del Catatumbo. En respuesta a la tutela interpuesta por el representante legal de la Asociación de Autoridades Tradicionales del Pueblo Barí “Ñatubaiyibarí” los magistrados fallaron a favor de la comunidad indígena ordenando al Incoder "abstenerse de aprobar el acuerdo de constitución de ZRC hasta que, conjuntamente con pueblo Barí, se establezca y demarque los territorios ancestrales, la ampliación de los resguardos, el saneamiento y el acceso a sitios sagrados"

La asociación Nacional de Zonas de Reserva Campesina -Anzorc- manifestó que la Corte “pese a haber citado sentencias de su seno que reconocen el sujeto campesino como uno de especial protección, y a las Zona de Reserva Campesina (ZRC) como un instrumento de acceso a los derechos de los campesinos” suspendió la constitución de esta figura en el Catatumbo por las diferencias que se tienen en la delimitación de ésta con territorios del Pueblo Barí. (Leer Fallo irresponsable de Corte Constitucional agudiza tensiones entre indígenas y campesinos del Catatumbo)

Si bien en un principio se habían logrado concertar los límites de la ZRC entre campesinos e indígenas, a partir de 2013 se argumenta que su constitución puede estar traslapando territorios ancestrales. Desde entonces esta determinación, que debería amparar el territorio para el desarrollo de la comunidad y su protección, ha estado en un limbo jurídico hasta el pasado 3 de febrero cuando la Corte se pronunció al respecto.

Cabe resaltar que, tanto campesinos como indígenas, han sido comunidades hermanas que comparten lazos sanguíneos y han padecido por igual pobreza, despojo y violencia que ha dejado el conflicto social y armado en su territorio.

En la decisión los magistrados dan un plazo máximo de un año a partir de la notificación de la sentencia para “emprender en forma inmediata la totalidad de las acciones necesarias para la pronta resolución de las solicitudes de ampliación, saneamiento y delimitación de los resguardos indígenas Motilón Barí y Catalaura La Gabarra”, hecho que obliga a la Agencia Nacional de Tierras (ANT) a tomar decisiones de fondo y solucionar esta cuestión.

En ese sentido, la ZRC del Catatumbo no podrá ser constituida mientras no se “concluya de manera definitiva la actuación sobre ampliación, saneamiento y delimitación de resguardos actualmente pendiente”. Después de haber cumplido con este trámite, la entidad competente tendrá que adelantar un proceso de consulta previa para la constitución de la ZRC con la comunidad Barí, en los siguientes cuatro meses.

Finalmente, la sentencia ordena “la creación de una Mesa Consultiva entre la comunidad indígena Barí y Ascamcat, con el acompañamiento de la Onic y Anzorc, así como del Ministerio de Agricultura, entidad que la coordinará, presidirá y liderará su trabajo”. Esta medida se tendría que haber adelantado en el mes siguiente después de la notificación, después de ello tendrían otro mes más para adelantar propuestas sobre los temas tratados anteriormente.

Anzorc subraya que el Estado colombiano ha sido inoperante en la resolución de estos temas y ha descargado en los hombros de campesinos e indígenas temas que hace tiempo ya debieron haber sido resueltos. “Queda claro que la Corte prefirió trasladar la responsabilidad al Incoder, dejando de lado una gran oportunidad para decidir de fondo sobre esta controversia”.

Derechos de propiedad

La historia del conflicto colombiano es la del arrasamiento de los derechos de propiedad de campesinos y granjeros.
Por: Salomón Kalmanovitz - El Espectador.

El desplazamiento y el traspaso de predios a los socios de los violentos o a ellos mismos, la fumigación de cultivos ilícitos y de pan coger por el Gobierno desconocieron los derechos de millones de víctimas sobre sus haberes productivos, sobre todo a los que no contaban con el registro de sus títulos de propiedad. Los grupos insurgentes pudieron contar con el apoyo de muchas comunidades porque se erigieron como supuestos protectores de esos derechos.
Por lo tanto es importante que el Gobierno establezca un pacto social con las comunidades afectadas por la guerra, en el que se garanticen sus derechos, se proceda a la titulación de sus propiedades de hecho y se ponga en cintura a los usurpadores. Uno de los pasos más importantes es un catastro universal que haga el inventario de las propiedades que existen, incluidas las del propio Estado, consultando a los vecinos, para inventariar toda la riqueza inmueble y proceder paralelamente a la titulación y registro de cada una de ellas. De no hacerse, se mantendrá el caldo de cultivo para que surjan grupos armados que actúen de garantes de esos derechos.
En la negociación que siguió al triunfo del No en el plebiscito sobre el acuerdo de paz con las Farc, el expresidente Uribe se autoerigió dueño y señor del resultado, como si los que así votaron lo hubieran hecho a favor del despojo de las víctimas. Pero el sentido de todos los votos fue a favor de la negociación por la paz, como lo revela la encuesta de Gallup, que muestra que el 78 % de los ciudadanos apoya la salida negociada del conflicto.
Sintiéndose reelegido por el pueblo, el senador Uribe exigió todo un pliego que nos devuelve al territorio de la guerra y a la revictimización de los afectados por ella. En efecto, asume que los portadores de derechos de propiedad adquiridos sobre predios expropiados o desalojados por los violentos actuaron de buena fe. Este sería un supuesto fuerte sobre personas que conocían que adquirieron predios en territorios sacudidos por el conflicto y que debieron hacer un balance de la situación de seguridad de ellos; también considera de manera prejuiciada que las víctimas que se atrevan a demandar por la restitución actúan de mala fe y no menciona el alto número de ellas que han sido asesinadas. Lo más elemental es que un juez de tierras analice caso por caso con base en sus méritos y no suponer sobre la buena o mala fe de los adquirientes o antiguos poseedores.
El senador Uribe se opone al nuevo catastro, pues así se podrán esclarecer, por medio del testimonio de vecinos y comunidad, a quién pertenece cada predio. Considera que la actualización del catastro hará que los grandes terratenientes tengan que pagar impuestos prediales más elevados que los que pagan hoy en día y eso le parece negativo. Afirma que el predial ha aumentado considerablemente; algo que es cierto para las ciudades, pero no para el área rural. Allí, los únicos que pagan impuestos son los que transan frecuentemente sus propiedades, que son pequeños y medianos campesinos.
Lo que debe hacer el Gobierno es legislar sobre impuestos territoriales, hacer el predial progresivo, introducir el uso económico de la tierra para que paguen más agroindustrias y fincas de placer y considerar las propiedades mayores de 1.000 hectáreas como lotes de engorde, con una tarifa punitiva del 3,3 %.
El Centro Nacional de Memoria Histórica presenta su nuevo informe: Tierras y Conflictos Rurales. El gran asalto a la propiedad rural se dio entre 2000 y 2008.

Colombia es un país híper diagnosticado, aunque sea sobre mediciones parciales o precarias. Las cifras del llamado despojo de tierras (la desposesión de predios rurales de manera forzada) bailan entre los 10 millones de hectáreas que establece el Movimiento Nacional de Víctimas y las 6,5 millones de hectáreas consignadas por Acción Social en base a los Registros Únicos de Territorios y Predios Abandonados individual y colectivo (RUPTA). El fenómeno, en todo caso, supone toda una contrarreforma agraria que, según el informe que hace público ahora el Centro Nacional de Memoria Histórica (CNMH), se concentró en dos periodos de tiempo: entre los años2000 y 2002, y entre 2005 y 2008. El despojo estuvo muy relacionado con el accionar paramilitary se produjo, con especial intensidad durante los gobiernos de Andrés Pastrana (1998-2002) y deÁlvaro Uribe Vélez (2002-2010) –cuando estuvo vigente la denominada como política de Seguridad Democrática-.
El informe Tierras y Conflictos Rurales contiene un extenso recorrido por las políticas agrarias de Colombia y destaca que “desde la República, la adjudicación de terrenos baldíos ha sido prácticamente la única política estatal de distribución de tierra que ha tenido continuidad”. De hecho, entre 1903 y 2012 el Estado ha distribuido 60 millones de tierras baldías a personas, entidades y, en los últimos años, a pueblos étnicos.
El CNMH concluye que esa distribución no ha alterado de manera significativa la estructura de propiedad y desarrollo agrario. E, incluso, recuerda las denuncias hechas en 2013 por el Superintendente de Notariado y Registro, Jorge Enrique Vélez, en los debates de control político sobre el tema de los baldíos: “El funcionario advirtió que el 77% de los baldíos no están en manos de las personas originarias a las que se les tituló. Según Vélez, desde 1961 han sido titulados 517 mil predios baldíos, 336 mil antes de la Ley 160 de 1994 y 180 mil después de esta Ley, pero entre el 65% y 80% de estas tierras ya fueron vendidas. Es decir, no están en manos de campesinos como se supone debería ser el uso de las tierras de la Nación”. No parece que haya nada casual. El informe señala que “en algunas zonas que han padecido con mayor intensidad el conflicto armado y el desplazamiento forzado, como los Montes de María, se observan incrementos anormales en la compraventa de predios adjudicados como baldíos y/o de parcelas de reforma agraria”.
La reforma agraria eternamente prometida y varias veces legislada se encontró con una violenta contrarreforma agraria alimentada por el fenómeno paramilitar, al auge de ciertos cultivos agroindustriales (como la palma africana) y de los biocombustibles, los cultivos de uso ilícito o el boom minero energético. A los investigadores no les sorprende, simplemente diagnostican la evolución de este despojo: “En Colombia, la apropiación ilegal de tierras públicas y privadas es una práctica tan antigua como el origen mismo de la propiedad privada, aunque ciertamente se ha potenciado, reproducido y sofisticado, no solo por efecto del narcotráfico y del conflicto armado, sino también por la corrupción en las esferas gubernamentales, en la dirigencia política y en miembros de las élites económicas del país”.

Los más afectados

Cuando se sigue el rastro del abandono de tierras, muy relacionado con el desplazamiento forzado, se puede hacer el mapa del desarrollo paramilitar en el país o del choque de estos con grupos subversivos. Los municipios que tenían más del 20% de sus tierras rurales abandonadas individualmente en el país se concentran en Antioquia (Turbo con el 23,7% de abandono y San Carlos, con el 23,5%), Bolívar (Carmen de Bolívar -47,7%-, San Jacinto -46,3%-, Cantagallo -34%- y San Pablo (31,9%), Meta (La Macarena con el 88,5% de sus predios rurales abandonados, Vistahermosa -43,1%- y La Uribe -24,8%) y Putumayo (Puerto Guzmán con un 56,4%).
Cuando se mira el abandono colectivo aparece el Chocó en primer lugar, donde el 37% de los predios de uso agropecuario fueron abandonados.
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La presión de los megaproyectos provoca abandono y despojo de tierras. Foto de Steve Cagan en el Chocó.
El despojo, según analiza el informe, se ha dado bajo tres perfiles. Uno de carácter “estratégico”, más relacionado con la lucha antisubversiva de grupos paramilitares y que buscaba restar control territorial a las guerrillas mediante el desplazamiento del campesinado y la acumulación de tierras para sumar poder en las regiones de confrontación. El segundo modelo ha sido el “clientelar”, en el que lo que se buscaba era consolidar el apoyo político local a las acciones paramilitares y que supone la alianza entre estos últimos, políticos locales y regionales y funcionarios militares y no militares. “Para ello, los paramilitares presionaban la usurpación y transferencia de propiedades a antiguos dueños o a terratenientes vecinos para la ampliación o el inicio de nuevas explotaciones”. El tercer perfil es el despojo “oportunista”, en el que mandos paramilitares han aprovechado “su posición en los grupos” para despojar de tierras a campesinos en beneficio propio.
El informe detalla que “la tendencia general muestra que los departamentos del noroccidente presentan mayores casos de abandono desde finales de la década de 1990 y principios de la década de 2000, en tanto que los del suroccidente presentan mayor abandono durante el periodo de la Política de Seguridad Democrática (2002-2010) y en años posteriores al proceso de desmovilización de los grupos paramilitares”. Y se reseñan casos específicos, como el de La Mono y Puerto Torres, en el sur del Caquetá, donde “17 veredas pasaron 3 grandes haciendas en un periodo de 20 años”.
La información disponible también apunta a que en el periodo 2005-2008 influyó de manera determinante el Plan Patriota. Por un lado, por el incremento de las fumigaciones que no distinguían entre cultivos lícitos e ilícitos y que provocaron el desplazamiento y abandono de tierras de miles de campesinos. Por otro, la relación estudiada en municipios como la Macarena y La Uribe entre la implantación de puestos de la policía o de las fuerzas armadas y el abandono de tierras. “Estos indicios fortalecen la trama entre abandono y presencia de la fuerza pública. Como lo han señalado diversos estudios, esto puede estar relacionado con fuertes procesos de estigmatización de la población campesina por parte del Ejército. También, y en particular para esta zona, se ha señalado la alianza entre Ejército y paramilitares luego del fin de la zona de despeje”.
Por último, el informe categoriza las razones por las que alguien deja su tierra cuando preferiría quedarse. Las tradicionales serían por conflicto armado, por presión de los “proyectos de desarrollo”, por razones ambientales o por catástrofes. Pero en el caso de Colombia, el análisis se complejiza porque los expertos añaden: la fumigación de cultivos de uso ilícito, laestigmatización de poblaciones campesinas como guerrilleras y las incursiones de la fuerza pública, e, incluso, las políticas económicas, entre la que destaca la denominada como “apertura económica” desarrollada por el Gobierno de César Gaviria. “No solo las dinámicas del conflicto armado desplazan a productores del campo en Colombia. Las dificultades de acceso a crédito, la imposibilidad de tenencia de la tierra y las consecuencias de tratados de libre comercio con países que producen a menores costos, han expulsado, y continúan haciéndolo, a productores rurales”.

Informe CNMH - Tierras: la columna vertebral de la guerra

El CNMH encontró una relación entre el desplazamiento forzado, el abandono de tierras y la compraventa de terrenos de origen baldío. / EFE
Enfrentar viejos conflictos por la tierra y prevenir otros nuevos: ese es el mayor reto del Estado colombiano, advierte el CNMH, si es que en serio quiere alcanzar el posconflicto.
Por: Diana Carolina Durán Núñez - El Espectador. 
En Twitter: @dicaduran
Entre 1994 y 2013, la mayor cantidad de tierras del país que fueron abandonadas, lo fueron durante la presidencia de Andrés Pastrana y en los dos mandatos de Álvaro Uribe. Esa conclusión se puede deducir en el informe que el Centro Nacional de Memoria Histórica (CNMH) lanzará este miércoles 2 de noviembre, el cual indica que los años en los que más se presentó ese fenómeno –durante el periodo mencionado– fueron entre 2000 y 2002 (Pastrana) y entre 2005 y 2008 (Uribe).
En el informe, titulado “Tierras y conflictos rurales”, el CNMH hace un análisis extenso de temas como las adjudicaciones de terrenos baldíos desde principios de siglo XX, las reformas agrarias que se vienen implementando desde finales de los años cincuenta, viejas prácticas de apropiación de tierras, anomalías en los registros o las entregas de predios rurales o de entrega y, entendido además como un tema crucial para comprender el conflicto colombiano, el abandono y despojo de tierras. (Vea: Así se ve la tierra y su despojo en Colombia)
A la hora de estimar cuántas hectáreas han sido abandonadas o despojadas, el CNMH recurrió a varias fuentes y la cifra más alta la arrojó el Movimiento Nacional de Víctimas, con base en un catastro alternativo que no es claro en fechas analizadas: 10 millones de hectáreas. Los números oficiales son menores, pero igual de escandalosos: en 2010 el programa gubernamental Acción Social calculó el despojo en 6,5 millones de hectáreas, mientras la Comisión de Seguimiento a la Política Pública sobre Desplazamiento Forzado lo estimó en 6,6 millones.
El departamento donde más se han registrado predios abandonados es Antioquia, una región duramente golpeada tanto por la violencia guerrillera como paramilitar. Le siguen Bolívar, Putumayo y Caquetá, donde también los grupos de extrema izquierda y extrema derecha han operado. En “intensidad de abandono”, en el puesto número uno se ubica otro departamento gravemente afectado por la guerra: Chocó. De todo su territorio, el 37,5% de los predios de uso agropecuario han sido declarados en abandono. Le siguen Caldas, de nuevo Putumayo, y Meta.
Entre 2000 y 2002, identificó el CNMH, varios factores agudizaron el abandono de tierras especialmente en el sur del país, en Caquetá y Putumayo: los combates entre guerrillas y paramilitares, el fortalecimiento de estos últimos con el Bloque Sur Putumayo, y “la presencia del Plan Colombia con su componente militar y de fumigación de cultivos”, política bandera de la presidencia de Pastrana. “La llegada del Plan Colombia en 2000 coincide con un incremento de las cifras de violencia”; estar en un territorio en conflicto era a todas luces riesgoso.
En Meta, encontró el CNMH, cuatro de los cinco municipios que hicieron parte de la zona de distensión –un área de 42.000 kilómetros cuadrados que el entonces presidente Pastrana despejó de Fuerza Pública para dialogar con las Farc- mostró altos niveles de abandono de tierras de 2005 a 2007 (gobierno Uribe). Se trata de Vistahermosa, La Macarena, Mesetas y la Uribe, como efecto directo o indirecto de la retoma militar de la zona tras el fin de la zona de distensión y por cuenta también del Plan Patriota.
“Como lo han señalado diversos estudios, esto puede estar relacionado con fuertes procesos de estigmatización de la población campesina por parte del Ejército”, indicó el Centro Nacional de Memoria, el cual explicó también el abandono de tierras por “la alianza entre Ejército y paramilitares luego del fin de la zona de despeje” y el control del Ejército sobre los cultivos de uso ilícito en el Meta, el cual, según el último informe de la ONU en esta materia, es el séptimo departamento de Colombia con más plantaciones de este tipo.
Hace menos de dos semanas, los baldíos volvieron a ser objeto de discusión luego de que el Centro Democrático radicara un proyecto de ley que pretende dejar sin efectos las acciones del Incoder dirigidas a recuperar baldíos. El director de la Agencia Nacional de Tierras aseguró que una ley así sería “la legalización del mayor despojo cometido contra las tierras de todos los colombianos”, pues quedarían sin piso los procesos que el Incoder ha adelantado para recuperar terrenos de la Nación que han sido ocupados o adjudicados indebidamente.
Los baldíos son un tema tan vigente como importante y de ellos también se ocupó este informe, el cual encontró que en ciertas zonas donde la guerra ha sido más atroz, como los Montes de María, “se observan incrementos anormales en la compraventa de predios adjudicados como baldíos y/o de parcelas de reforma agraria”. Los cultivos de coca también podrían estar relacionados: en Putumayo, por ejemplo, los picos de compraventa de tierras de origen baldío se registraron entre 1990 y 1993, años en que se consolidaron los cultivos de uso ilícito.
Y no solo eso. En 2013, recuerda el CNMH, el entonces ministro de Agricultura Juan Camilo Restrepo denunció que se habían otorgado grandes extensiones de origen baldío “a individuos y empresas (nacionales y transnacionales) que se valieron de sofisticadas fórmulas jurídicas y contactos en las altas esferas gubernamentales para evadir las restricciones legales”. En general, lo que el Centro señala es que “en Colombia, la apropiación ilegal de tierras públicas y privadas es una práctica tan antigua como el origen mismo de la propiedad privada”.
Otro punto en el que el informe pone el dedo en la herida es la concentración de tierras. La ausencia de registros catastrales y de levantamientos topográficos por voluntad de los propietarios y la debilidad del Estado, entre otras razones, hacen pensar que “que la concentración de la propiedad rural es mayor de lo que muestran las imperfectas estadísticas disponibles”. Desde 1970, el Incora alertaba que en el país existían —y aún existen— “grandes concentraciones de tierra sobre las cuales debe recaer la acción igualadora de la reforma agraria”. El problema, sin embargo, continúa vigente.
Este informe del CNMH coincide con la divulgación de una investigación de tres años de la Universidad Nacional, titulada “Aproximaciones al mercado de tierras en Colombia”, la cual reitera que este es uno de los países con mayor concentración de tierra en el mundo. Aquí fácilmente se encuentran terrenos de 2.000 hectáreas, improductivas, en manos de un solo propietario; así como lotes destinados solo para ganadería extensiva. No en vano la problemática agraria fue el primero punto que abordaron en la mesa de negociaciones con las Farc en La Habana: para acabar con el conflicto, hay que abordar el tema de las tierras.
 

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