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Despedida de Cristian Pérez - Sí a la Paz

Colombia: Falsa Democracia

Colombia: Falsa Democracia
Falsa democracia

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[Colombia] Falsa democracia II: la democracia burguesa

Hernando Vanegas Toloza, Postales de Estocolmo. En el artículo de ayer abordamos, someramente, la historia de la democracia burguesa ...

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[Colombia] Las mentiras de Juan Lozano

Por: Lisandro Duque Naranjo.
LO DIVINO Y LO HUMANO.

Para Juan Lozano, según columna suya del 6 de noviembre, los abusos sexuales en que hayan podido incurrir, en tiempos de guerra, los ahora exguerrilleros de las Farc, son comparables al acto depredador que le costó la vida a la niña Yuliana Samboní, a manos del condenado Rafael Uribe Noguera. Por lo tanto, infiere, los 58 años de prisión que ha comenzado a pagar este criminal, debieran hacerse extensivos a muchos guerrilleros supuestamente implicados en hechos similares. No es afortunada esa analogía, ni remotamente aproximada a la presunta violencia sexual que se haya cometido con menores por parte de algunos miembros de esa organización. Y por supuesto es un exabrupto morboso el pensar que, de haber ocurrido un hecho patológico de esas dimensiones (el asesinato, con violación incluida, de una niña de siete años, o de más edad), el mismo no haya motivado un castigo ejemplarizante de parte de la propia organización.
No se requiere haber pertenecido a esa insurgencia, o a cualquiera otra, para inferir que, de haber sido esa una conducta “sistemática” —la calificación proviene de la fuente militar en que se basa Lozano—, dentro de las Farc, esta organización, sin duda, se habría extinguido hace tiempos. La sola permisividad de esos excesos, ya no sólo de la dirección, sino del simple colectivo raso, hubiera abolido su sostenibilidad política y militar, pues para subsistir en condiciones críticas, que son las habituales en cualquier estructura sediciosa, se necesita de un máximo de cohesión ética y de contención de los impulsos primarios de su tropa.
La caducidad suele ser rápida para cualquier conjunto humano en el que los instintos tengan licencia para desbocarse sin ninguna disciplina. No tengo la menor duda de que la larga duración de esta guerrilla fue producto no sólo de una rigurosa vocación de poder inspirada en un ideario político, sino del control y el castigo a quienes, aprovechándose de la lejanía o de vacíos de autoridad —que alguna vez pudieron ocurrir—, pretendieron fundar en la selva un entramado orgiástico para violentar a las jóvenes que tenían como subordinadas, la mayoría de las cuales se enroló por cuenta propia. El hecho, además, de que cada vez el número de mujeres guerrilleras creció, equilibrando los conflictos de género previsibles con el número de varones, disminuyó la ocurrencia de episodios en que pudiera imponerse una hegemonía de lo masculino.
El tema de la tenencia de hijos, por supuesto también se presta a debates delicados. Una guerrilla no puede ser una guardería, salvo que la vida de los recién nacidos importe poco. Como ese no era el caso, se controlaban mediante anticonceptivos, y a veces con el aborto, las eventualidades de la maternidad. Y si esta se volvía inminente, el bebé, o él y su madre, según fuera la decisión de ésta, y a veces primaba la del grupo, debían ser sacados de su unidad. El caso de Clara Rojas es un ejemplo dramático de cómo en un conflicto armado se resuelven estas circunstancias límites. La cultura de la guerra, aunque en la cotidianidad pacífica eso también ocurre, es impiadosa con los llamados de la naturaleza. Para dar rienda suelta a la euforia de los embarazos y los nacimientos, fue preciso que los combates quedaran atrás.
Pero esas variables le quedan grandes a Juan Lozano.

Colombia La JEP

Por: Lisandro Duque Naranjo.
Hay algo que le está saliendo bien al Centro Democrático, y supongo que ellos en sus adentros lo valoran como importantes victorias en su quehacer contra el Acuerdo de Paz. Lo de “hacerlo trizas” está funcionando, solo que no de un viajado, sino quitándole un poquito acá, otro aquí, un pedacito más allá, y así, hasta volvernos a todos la vida a cuadritos. Ahora se les ha unido, despojado de máscaras, el tal Cambio Radical. Ya Vargas Lleras, desde que era vicepresidente y construía autopistas y casas, haciéndose campaña por derechas, iba soltando prendas: que lo de la JEP me gusta pocón, que eso de juzgar empresarios (que ahora se les dice “terceros”) no me suena, que lo de los militares es una vaina, y así. Ese hombre ha estado tres años saliendo de espaldas para que todo el mundo crea que está entrando. O todo el mundo no: mejor decir Santos de una vez.
Y el resultado de la fusión CD y CR —y claro que RCN— obtuvo que la composición final de la JEP fuera muy cautelosa. Tal vez demasiado ecléctica, aunque confío que ahí haya gente honorable y ojalá imprevisible. Aceptar las incógnitas es lo democrático. De momento se sabe que hay algunos del colectivo Alvear, gente imprescindible. Hay también personalidades muy activas en las regiones, en asuntos de derechos humanos, que tienen representatividad entre las minorías étnicas y las comunidades que han sufrido despojo, y que han sido toreadas en lugares donde la guerra no fue jugando mazotes. Yo cruzo los dedos para que, no conociendo casi a nadie, esos elegidos se crezcan cuando arrecie la tormenta que se avecina. En todo caso, juristas de ética aprestigiada en lo nacional, tipo Martha Lucía Zamora o Francisco Barbosa, no quedaron, al igual que otras personalidades intachables. Se nota que los seleccionadores dijeron: “no, ella no, ella es petrista, cuidémonos”. En cuanto a Barbosa, pensarían que iba mucho a Semana en vivo y se sentaba en el lado del eje del mal, “además es de la academia, y estudió en París, mejor no alborotar el avispero”.
Pero ni con tantas precauciones se salvó la JEP de la diatriba de quienes pudieran ser juzgados: con un radar macartista, detectaron que había quedado Rodolfo Arango, un ponderado jurista, al que amenazan con recusar cada que la JEP pronuncie una sentencia. Y todo porque hace tres años escribió tres tweets contra Uribe. Uno solo, entre 51 magistrados, les parece que los vuelve “sesgados” a todos. Y como nadie es más devoto que un converso reciente, los de Cambio Radical dicen que el organismo es “de izquierdas”. Quisieran que cada miembro de la JEP no hubiera dicho ni mu en esta vida. Que arrancaran de cero. Que todos tuvieran la conciencia limpia solo por no haberla usado jamás. El fiscal, entre tanto, para evadir entuertos bravos, como el de Odebrecht y el de Bustos, conspira contra el Acuerdo de Paz con puras chichiguas de inspector de policía, quemando tiempo. Hace poco desenterró una palabra achacosa contra el Acuerdo de Paz: su “pecaminosidad”. ¡Hombre! Se supone que el que decía esas bobadas ya se fue.
¿Será que para la Comisión de la Verdad y las 16 circunscripciones electorales de las organizaciones sociales, a los candidatos van a pasteurizarlos primero para evitarse tanta intriga? Para esa gracia que elijan de una vez a la Madre Laura, y que se las gane todas el Centro Democrático.

El becerro de oro

Por: Lisandro Duque Naranjo
LO DIVINO Y LO HUMANO

Los 3.753 kilómetros de carreteras que construyeron las Farc en parajes remotos de Colombia los valora esa organización, en su inventario, en $196.622 millones. No son vías asfaltadas, y además son de una sola calzada, pero aún así vale la pena contrastar sus costos con los de la transversal Ocaña-Gamarra, cuyos 62 kilómetros de doble calzada, o sea 124 sumando la de ida y la de vuelta, ascendieron a un billón de pesos. Es decir que por 3.600 km de más, o si quieren le pongo la mitad, 1.800, como si hipotéticamente fueran dobles calzadas también, faltándoles el asfalto, las Farc cotizan su aporte vial a las víctimas —porque se supone que esas carreteras son para los campesinos, ya sin ninguna restricción de guerra— en cinco veces menos que lo que cobró Odebrecht —y sus beneficiarios de coimas— por 62 km apenas. Le dejo a la calculadora qué porcentaje son 62 km frente a 1.800 km. A mí eso me da 3,5 %. O sea que con la misma plata de Odebrecht, los guerrilleros hubieran podido hacer 96 veces más carreteras. Con doble calzada y sin asfaltar.
Y sigue la numerología: en su inventario, las Farc incluyen 242.000 ha de tierras, 20.724 reses, 597 caballos, 292 carros, $2.500 millones, US$450.000 y un tercio de tonelada de oro. Esto último es del tamaño de un becerro. Quito los trapeadores y las escobas para que los malintencionados no barran con ellos el resto de información. Y los platicos, para privar del bocado de cardenal a quienes han trivializado con minucias la consistencia del inventario. Aún así, esos utensilios suman $21.000 millones. En su inventario, las Farc valoran todos esos rubros, contando armas y municiones, en un billón de pesos, que fue el costo de la vía Ocaña-Gamarra. Obviamente, Odebrecht y sus coimas inflan mucho las obras, y las Farc subvaloran sus aportes. Que deberían incluir lo que se les debe por reemplazar al Estado en las zonas ignotas, donde fueron la contención al expansionismo depredador de las multinacionales y de los colonos insaciables con las áreas a sembrar de coca. Y también la autoridad que dirimía los litigios entre los vecinos. Todavía los echan de menos.
A los que preguntan por qué las carreteras hechas por la insurgencia constituyen un recurso digno de incluirse en el inventario se les informa que para la ciencia económica las carreteras son una mercancía. No se les podrá poner código de barras, ni llevárselas puestas para la casa, pero son un valor agregado. Obras públicas que, al renunciar quienes las construyeron al uso de las armas, se convierten en un activo fijo de la Nación que las hace disponibles a las comunidades y las regiones. Y sin pagar un peso por ellas. He ahí una forma de reparar a las víctimas.
El descontento de algunos funcionarios con el inventario es porque esto está lleno de avivatos a los que solo les interesa el cash, el billete en rama, para administrarlo y embolatarlo. Qué cuento de víctimas y de carreteras. Un “chin con chan” que se volvió una leyenda, un nuevo dorado, después de la guaca aquella que excitó la fantasía de muchos que compraron su recatón para, cuando hubiera paz en este país, irse a estrenarlo cavando en los teatros de operaciones hasta encontrar los barriles llenos de dólares. Pues les llegó la hora: la paz está servida.

¡¿Qué le pasa a Antioquia, papá?!

Por: Lisandro Duque Naranjo. 

Esta semana, las autoridades antioqueñas se lucieron. El gobernador Luis Pérez se apareció con la idea de crear “Vicealcaldías de seguridad” para los municipios de su departamento que han sido desalojados transitoriamente por las Farc, ahora ubicadas en zonas veredales. Como si la dejación de armas significara que cortan su umbilicalidad con esas poblaciones en las que históricamente han tenido asentamiento y, por ende, influencia.
Las Vicealcaldías del calenturiento gobernador estarían comandadas por un coronel activo y tendrían sicólogos, ingenieros, médicos, “para mantener la armonía social, pues por ahí hay muchos milicianos de las Farc y cultivos de coca”.
No hay manera de que el gobernador Pérez se tranquilice y deje de aportar iniciativas estorbosas. No aprende el hombre, ni entiende lo que se dice nada. Y como es tan avispado, cinceló una frase rarísima: “el acuerdo de paz es nacional, pero el posconflicto es regional”.
Es obvio que localmente algunas iniciativas del posconflicto deban adecuarse a circunstancias que varían entre una región y otra —pues Pondores, por ejemplo, al quedar en la Guajira, no es igual que Ituango o Remedios, que quedan en Antioquia—, pero esas variables deben estar subordinadas a una estrategia nacional que desde luego se encuentra en el Acuerdo de Paz. Y si cada gobernador, alegando la entelequia de la soberanía en su jurisdicción, se antoja de volverse muy creativo, e inconsultamente genera hechos cumplidos, y peor aún, contrarios al principio inspirador del Acuerdo de Paz discutido durante cinco años por los propios negociadores, y avalado por instancias internacionales prestantes, la fase del posconflicto va a convertirse en un popurrí quizás un poco más caótico que pintoresco. De modo que el gobernador Pérez es mejor que se vaya con sus coroneles a otra parte. Es que en realidad sus tales Vicealcaldías tienen un aire como de brigadas cívico-militares bastante rancias. O de post-convivir, mejor dicho. Ya está bien de esa maña paisa trasnochada —lo digo por su actual dirigencia— de convertir el acuerdo de paz en una cosa ahí para volverla leña.
Y aquí otra patada de antioqueño: con motivo de la caída en flagrancia del director de seguridad de Medellín, Gustavo Villegas, quien negociaba a su antojo con hampones de la “Oficina” (de Envigado), encargándoles, por ejemplo, capturar fleteros, o rescatarle vehículos robados a su familia, la periodista y politóloga de la Universidad Pontificia Bolivariana (hay que empezar a decir de qué universidad es cada quien), Luz María Sierra, decía lo siguiente en el programa Semana en Vivo, de María Jimena Duzán: “esa es la misma forma de coadministrar decisiones que puso de moda el acuerdo de paz. A lo mejor, Villegas estaba infiltrado en el crimen organizado para someterlo a la justicia. ¿cuál es el problema?”. Ella dice esos exabruptos toda sobrada, como si a Gustavo Villegas, para ordenar esos “cruces” o “vueltas”, le hicieran acompañamiento la ONU, la UE, los gobiernos de Noruega, Cuba, Chile, Venezuela, y hasta el papa Francisco y el presidente Obama.
Desde esa perspectiva caricaturesca y éticamente minimalista, sería lógico que Humberto de la Calle le pidiera a un comando de las Farc recuperarle una bicicleta robada a un nieto suyo. Y que las Farc le hicieran ese “catorce”. ¿A qué jugamos, doña Luz María? Y don Luis Pérez, ¡¿qué le pasa a Antioquia, papá?!

¿De qué se ríen?

Por: Lisandro Duque Naranjo
LO DIVINO Y LO HUMANO

En sus Antimemorias, André Malraux cuenta una escena de la que fue testigo en China, durante la guerra con el Japón en 1938: en una aldea destruida por las bombas, vio a unos niños afuera de su casa, riéndose mientras miraban hacia adentro por el pedazo de ventana que aún quedaba en pie. Malraux se acercó a curiosear qué era lo que causaba esa risa, y distinguió, entre los escombros, el cadáver de una mujer que, según esos niños, era su mamá.
El escritor nunca entendió que en circunstancia tan trágica se produjera esa reacción, y se limitó a consignar la anécdota en su libro.
Debe haber algún estudio que explique esas conductas inusitadas, y me gustaría conocerlo para entender por qué ocurren también con tanta frecuencia en Colombia.
Hace mucho ya, en la década de los 70, vi en la Cinemateca una película suiza excelente, titulada El inventor. Contaba la historia de un campesino suizo de los años 40, quien, para superar las dificultades de tracción del arado de su yunta de bueyes, que se clavaba en el lodo frenando a los animales, se ingenió en sus soledades una rueda con piezas de madera articuladas, lo que le permitió darle fluidez a su trabajo y al de sus vecinos, con quienes compartió su invento. Éstos, entusiasmados, lo animaron para que presentara su creación en Berna y le sacara patente. E hicieron una colecta para enviarlo a esa ciudad, en lo que era el primer viaje de su vida. Y llegó allí por la noche, se instaló en un hotelito y se fue luego a un cine a saciar su curiosidad por ver —también por primera vez— una película. Y no pudo cumplir ese sueño, porque el noticiero mostró notas sobre la guerra, ilustradas con tomas de los tanques de guerra alemanes, cuyas ruedas de oruga habían sido fabricadas con el mismo principio de piezas articuladas, solo que en metal, del invento que él llevaría al día siguiente a patentar. El campesino, obviamente, tuvo la certeza de que se le habían adelantado, de que había perdido el viaje, y salió deprimido de la sala emprendiendo el regreso a su aldea.
Ese es el momento del clímax de la película El inventor. “Ahí es —nos lo dijo el director a varias personas durante una tertulia después de la proyección—, donde el público de unos 20 países se ha conmovido casi hasta las lágrimas. Pero aquí en Colombia todo el mundo soltó la risa, no entiendo, no entiendo, qué público extraño éste”, concluyó, entre atónito e irritado, un poco antes de perdérsenos de repente, supongo que yéndose a Berna.
Me ha ocurrido a mí a veces, con escenas de mis películas, o incluso con algunas de estas columnas, en las que, pretendiendo enternecer, causo más bien rabia, o risa, y viceversa. Mientras se me ocurre algo mejor, asumiré eso como una virtud, aunque lo dudo.
Estuve en la premier de La mujer del animal, de Víctor Gaviria, en Medellín, y oí algunas risas por allá, en la sala. Me acordé de los niños de Malraux. Después, ya cuando el coctel en el lobby, ni comprendí ni soporté que a los espectadores se les ocurriera tomarse selfis o saludarse con piquitos. Y me volé, estremecido y derrotado, igual que el campesino aquel de Suiza. Me pudo la realidad de la película, pero prefiero eso a haberla evadido, como hicieron muchos. Esto aquí no da sino para Disney.

¡Chusco ese coscorrón, ala!

Por: Lisandro Duque Naranjo
Nunca le vi ninguna gracia al coscorrón que le pegó Germán Vargas Lleras a uno de sus escoltas. Sin embargo, una presentadora de televisión, reproduciendo esa escena varias veces, se moría de la risa “amonestando” al vicepresidente, como si se tratara de la travesura de un muchacho. Por supuesto, también me parecieron degradantes las “excusas” que, al día siguiente de la agresión, Vargas Lleras le presentó a su víctima, con las que empeoró el detalle alevoso de la víspera. Es algo superior a su voluntad, una enfermedad del mando que desde chiquito no le corrigieron, quizás para que se pareciera a su abuelo, hasta que lo logró. Como éste también me desagradó siempre, por dañino para el país —el fraude de 1970, la traición a la ANUC, los tanques en la UN—, cruzo los dedos para que su nieto no me haga padecer el tedio —porque ya ni rabia— de ver a otro Lleras gobernando. Sería demasiado, aunque los súbditos de este reino lo quieran, solo porque parecer honrado se ha vuelto fácil si no se ha recibido plata de Odebrecht*. Pero ya se verá, ya se verá.
Como soy antimonárquico, no soporto, pues, ni a los Lancaster, ni a los Windsor, ni a los Borbones (que tienen un milenio), ni a los Vargas (que si mucho cargan con un siglo encima), y mi condición atea me hace alérgico a los Arrázola, las Viviane de Lucio y a los Ordóñez (que vienen desde el antiguo testamento).
Lo inesperado es que hasta al presidente de la República se le ocurrió, en esta semana de despedidas del vicepresidente, darle carácter de chispazo cachaco al coscorrón aquel. Y lo ha recordado dos veces, frente a auditorios muy concurridos y por televisión. Creo que en el teleprónter, Juan Manuel Santos hace poner la palabra “coscorrón”, para dar la nota alegre en sus discursos y levantar el ánimo cuando advierte somnolencia en el público. Y no se equivoca: la carcajada es unánime, salvo en la casa del humilde miembro del esquema de seguridad del ministro-candidato. Finalmente es apenas un individuo.
Desde luego sería un desperdicio que un vocablo que ha logrado hacer tan exitosa carrera, no inspirara al publicista de Cambio Radical para incluirlo en la campaña: “Démosle un coscorrón a la pobreza”, o algo así. Ya lo verán. Y para darle unidad temática, podrían agregar el video de Rodrigo Lara mostrando sus dotes de fajador, aunque sin conectar un golpe, frente al vigilante de un edificio. Toda una coreografía.
“Darte en la cara marica”, “yo tengo unos manes tablúos aquí. Yo te puedo hacer la vuelta”, “en ese parque no vive gente, solo indígenas”, y el actual hit del coscorrón, constituyen una muestra del léxico político que viene construyéndose hace rato ya, con estatus presidencial, y con tal frenesí de las masas —porque definitivamente son masas, y lo digo sin cariño— uribistas, vargaslleristas y cristianas, que indudablemente harán de la campaña electoral un evento de fervor lumpen, homofóbico, misógino, belicista, estilo concierto de Silvestre Dangond o de Maluma. Habrá mas hojas de cuchillos que de vida.
* Colaboro en la pesquisa sobre Odebrecht, aportando una pequeña caja de pandora: el posible eje Manizales-Bogotá-Panamá, es decir, Propaganda Sancho-Óscar Iván-Roberto Prieto. Los tres son de la Perla
del Ruiz.

LO DIVINO Y LO HUMANO Monseñor Monsalve

Por: Lisandro Duque Naranjo - El Espectador. 
Hace un mes escuché por radio al arzobispo de Cali, Darío de Jesús Monsalve, refiriéndose al tema del cura William Mazo Pérez, condenado a 33 años por la violación de cuatro niños de entre nueve y diez años. Me pareció juicioso que, como lección del episodio, les pidiera a los padres de familia no permitir que sus niños durmieran en casas curales. El “dejad que los niños vengan a mí” como que se quedó por allá en la biblia.
Esa alerta justa de monseñor Monsalve, sin embargo, algunos medios y redes sociales la tergiversaron, convirtiéndola en la supuesta aseveración de que “los padres también pueden ser responsables por los abusos sexuales que sufren sus niños fuera de casa”. Y de buenas a primeras, el respetable pastor fue puesto en la picota pública, al mismo nivel de Miguel Uribe, el secretario de Gobierno de Bogotá, para quien el crimen por empalamiento y violación que sufrió Rosa Elvira Cely fue culpa de la propia víctima, “por salir con un desconocido de noche, en una moto”.
Obvio que quien azuzó ese equívoco deliberado fue el abogado Montaña, apoderado de los padres de los niños, quien para justificar una indemnización de 9.000 millones ha convertido en “víctimas indirectas” de las violaciones a una red insaciable de tíos, sobrinos, abuelos y hasta al gato. Una piñata completa. Demasiada gente “traumatizada” que en su momento no le vio problema a que cuatro niños jugaran con frecuencia a la guerra de almohadas con el párroco Mazo Pérez. Por supuesto que el arzobispo Monsalve, como representante de la Arquidiócesis, está en su derecho de litigar respecto a esa cuantía.
Y así como el abogado pelecha con astucia frente a la avidez escandalosa de los medios y las redes sociales, la oligarquía goda de Cali, que detesta al arzobispo, aprovecha con insidia la malévola distorsión para tratar de deshacerse de él. Un columnista caleño de este diario, entre los títulos que cita para demeritarlo, está el de “paisa”. No creo que ser antioqueño le signifique a monseñor cargar propiamente con un piano. Y ese columnista debiera saber que hasta en Cali la Iglesia es interdepartamental e incluso transnacional. No es “Caliwood”.
¿Y por qué la bronca contra este prelado? Pues porque él no forma parte del gregarismo eclesiástico colombiano, y contrariando a la ladina conferencia episcopal —como se lo exigía su conciencia pastoral—, pidió a su feligresía votar por el Sí en el plebiscito. Fue también quien denunció que la muerte de Alfonso Cano fue un crimen a sangre fría, en estado de indefensión, algo que también dijo el padre Darío Echeverri y lo demuestra la autopsia.
Para colmos, monseñor Monsalve ofició una misa en La Ermita a la memoria de Camilo Torres, en el cincuentenario de su muerte. Y cuando fue obispo de Medellín, fue una piedra en el zapato para el gobernador aquel de las Convivir. La parlamentaria valluna Susana Correa, del CD, le pide “despojarse de la sotana y ponerse el camuflado”, motivo por el que Álvaro Uribe le pidió una cita a Monsalve, que éste consideró innecesaria.
Suficiente ilustración, como para entender por qué este arzobispo de tan alta credibilidad moral está recibiendo amenazas. Él no acepta escoltas, porque sin duda está rezado. Aún así, hay que apoyarlo con todo.

El odio al goce

No me produce ninguna extrañeza el escándalo armado por el Centro Democrático a causa de la fiesta de las Farc, en La Guajira, para despedir el año.
Por: Lisandro Duque Naranjo

Esos alborotos de prefectas de disciplina de convento viejo —“¡Herejía: las novicias fumando con los jardineros! ¡Y de noche!”— empezaron hace rato: no me olvido del embajador de Colombia en el Reino Unido, Carlos Medellín, por allá en el 2008, pidiéndole airado a una galería de arte londinense el retiro de un video en el que se ven guerrilleros de las Farc bailando en un campamento. El ahora exembajador dirá: “Bueno, pero es que en esa época estábamos en guerra”. Pero ni aun así se la valemos, doctor Medellín.
También recuerdo a Fernando Londoño, en su programa La Hora de la Verdad, desmelenado durante toda una semana porque supo que, en un receso de las conversaciones en La Habana, Humberto de la Calle fue sorprendido en flagrancia tomándose un tinto con Iván Márquez. Y de la histeria que cundió por doquier cuando el propio Márquez, Sandra Ramírez (viuda de Marulanda) y Jesús Santrich fueron fotografiados por un paparazzi uribista tomándose una copa en la cubierta de un catamarán habanero. ¡En traje de baño ella y en bermudas ellos! Y del gobernador de Antioquia, el 24 de diciembre pasado, atribuyéndole carácter de orgía y de rapto de menores a una reunión entre miembros de las Farc y sus familias, en Murindó.
Pues el manejo informativo de esos esparcimientos triviales se está escalando —en proporción inversa al desescalamiento de la guerra—, y ahora lo que tenemos es que una parranda de rutina de cualquier 31 de diciembre, en Conejo, La Guajira —que no fue la única organizada por las Farc, pues en todas las zonas de preconcentración de guerrilleros, por todo el país, tuvieron su pachanga, con similares invitados—, se convirtió en cuerpo de delito para que tres observadores de la ONU fueran despedidos de sus cargos. Qué vaina, y a María Emma no le dio pena. Ella, que vio en aquellos años febriles El submarino amarillo, en la que un déspota le prohíbe la música a la población.
Por supuesto, de inmediato hubo gente que subió videos de Germán Vargas bailando champeta con una joven. ¡Y no la coscorronió! La guerra de los bailes.
En lo personal, considero que hubiera sido más digno de extrañar el que de pronto los guerrilleros preconcentrados, en condiciones no óptimas aún, lo que les ha exigido bastante paciencia, se hubieran abstenido de festejar esas fechas. Y que las hubieran pasado mirándose callados con los de la ONU y la Policía, sin derecho a lechona ni nada. Ustedes allá y nosotros acá. Grave. Una paz maluca.
Ese repudio al divertimento como que es tendencia: en el Real Madrid le cobraron a James, sentándolo en la banca, el hecho de que apareció riéndose por allá de algún chiste en un momento en que su equipo iba perdiendo. Él tenía que haber estado sufriendo.
Se comienza odiando el goce ajeno, y cuando menos lo pensamos habremos graduado de lobos solitarios a una mano de locos como los que les aventaron un camión encima a los que caminaban relajados en Niza o en una feria navideña en Berlín, o fumigando a bala a quienes bailoteaban en una discoteca parisina, o en Orlando, o regresaban de hacerse selfis con Micky Mouse en Fort Lauderdale, lugares icónicos de la molicie mundial.
Qué ironía tener que ponerles bastante seguridad a los campamentos de las Farc cuando tiren la casa por la ventana el día que quede libre Simón Trinidad.

 

Dossier Álvaro Uribe Vélez

Colombia Invisible - Unai Aranzadi

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