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Colombia: Falsa Democracia

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Falsa democracia

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Minas antipersonales: arma de todos los ejércitos del mundo

[Especial para Revista Cambio Total]

2012-08-05
2014-4-4

Todos los ejércitos del mundo han utilizado -y siguen usando- las minas antipersonales. Todos sin excepción. Por ello llama la atención la alharaca, aprovechada o mandada por los gobiernos colombianos, de señores de ciertas ONGs cuando presentan sus ”Informes” y excluyen de él al gobierno colombiano.

En agosto de 2007 un señor Vivanco, cómodamente instalado en su Oficina en Washington, ”informa que ”Según el Observatorio de Minas de la Vicepresidencia de la República de Colombia, las minas antipersonales mataron a 287 personas en 2001. Desde ese año, el número de víctimas creció en forma alarmante: fueron 627 en 2002, 732 en 2003, 877 en 2004, 1112 en 2005 y 1107 en 2006” y lógicamente inclina la balanza hacia un solo lado, el lado del gobierno. Igualmente en 2007 hubo 898 víctimas y en 2008 hubo 711 víctimas.

El argumento para condenar el accionar de la insurgencia cuando utilizan los minados antipersonales es que las guerrillas usan las minas antipersonales para ”impedir el acceso de militares y policías a zonas de cultivo ilícitos”. Ahora bien, es necesario clarificar que el uso de ”minados” por la insurgencia armada tiene una cualidad: son armas de ataque, no de defensa. Es raro que la guerrilla siembre un minado y lo deje allí. Según nuestro conocimiento, el que coloca el minado, si la tropa objeto de ataque no ”cae” en el minado, tiene la responsabilidad de ”levantarlo” ya que dejarlo allí es una pérdida de recursos y porque podría afectar la población civil.

Según la propia vice-presidencia de la república, dos tercios -66%- de las víctimas de las minas antipersonales son fuerzas estatales, lo que demuestra claramente la intencionalidad de uso de las minas como arma ofensiva por parte de la insurgencia, (Ver en: http://www.internal-displacement.org/8025708F004CE90B/(httpDocuments)/946DAB92079CE242C12575E100500210/$file/180209+Separata+MAP+2009.pdf). Lo cual significa que de acuerdo con las cifras estatales de las 6.351 víctimas de las minas antipersonas en Colombia, 4.191 son militares o policías.

El diario El ESpectador de Bogotá amplía éstas cifras "desde 1990 y hasta el 31 de marzo de 2012 las minas han dejado 9.755 víctimas, de las que han muerto 2.044. Del grueso de las víctimas, 3.693 son civiles y 6.062 militares. (Ver en: Víctimas minas antipersonales ).

También llama la atención que no se diga que quienes siembran y dejan abandonadas en el campo las minas antipersonales son las propias fuerzas militares-narcoparamilitares, quienes si las utilizan como armas defensivas para tratar de proteger sus bases y campamentos. Igualmente las fuerzas militares utilizan las minas como armas ofensivas cuando lanzan bombas racimo que siembran cientos de  antipersonales con cada bomba. Se atreve alguien desde los medios en poder de la oligarquía a denunciar ésta aberrante situación.

La guerra es la crueldad máxima del ser humano practicada contra otro ser humano. Las armas son para aplicar crueldad en otro ser humano. Las minas antipersonales como armas son para matar o herir al enemigo. No son para enviar un mensaje de paz. Por ello estamos completamente de acuerdo con la ”senadora de la Paz”, Piedad Córdoba, cuando denuncia que también los militares utilizan las minas ya que ésta denuncia tiene el deber patriótico de sensibilizar al mundo y a los colombianos de la necesidad de parar la guerra, única forma de proteger la población civil de los efectos de una guerra impuesta por la oligarquía nativa encabezada por JMSantos y por el imperio.

HV



Crisis sociales se originan en la pobreza


Agencia de Noticias UN- Bogotá D. C., sep. 10 de 2013 - - En cuarenta años ha sido visible el progreso para ciudades como Bogotá, aún así en el país hay 14,8 millones de personas en el umbral...

Diálogos de La Habana y pertinencia de una Asamblea nacional constituyente*

Jairo Estrada Álvarez
Ph. D. en Ciencias Económicas
Profesor del Departamento de Ciencia Política
Director académico de la Maestría en Estudios Políticos Latinoamericanos
Grupo interdisciplinario de estudios políticos y sociales
Universidad Nacional de Colombia

Presentación

El presente ensayo tiene como propósito principal explorar, de manera preliminar, la cuestión de la refrendación de un eventual acuerdo final entre el gobierno de Colombia, en cabeza de Juan Manuel Santos y la guerrilla de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia – Ejército del Pueblo, FARC-EP, a través de una Asamblea nacional constituyente. En desarrollo de ese propósito, el trabajo se ha dividido en cuatro partes. En la primera, se aborda la problemática de la refrendación de un eventual acuerdo considerando tanto las concepciones predominantes sobre la materia, como los mecanismos previstos en el ordenamiento constitucional colombiano. En la segunda, se argumenta acerca de la pertinencia y las posibilidades de una Asamblea nacional constituyente, mostrando las diferentes posturas al respecto hasta ahora conocidas, destacando la necesidad de una apropiación social de la iniciativa e indicando las condiciones para que esta pueda prosperar. En la tercera parte, se analiza el marco normativo que hace viable contemplar la Asamblea como mecanismo de refrendación. Asimismo se formulan las batallas políticas que sería necesario emprender para materializar la opción constituyente. Y por último en la cuarta, se muestra que la Asamblea constituyente abre nuevas posibilidades para la acción política, en el entendido que se trata de un momento de la lucha de clases, en el que se ponen en juego diferentes proyectos político-económicos de sociedad, y que ella no representa, en sentido estricto, un mecanismo de cierre del conflicto social y armado, sino la continuación de la guerra a través de los medios que ofrece la política.


La cuestión de la refrendación de eventuales acuerdos
En la medida en que las partes han avanzado en acuerdos parciales sobre aspectos del primer punto de la Agenda concernientes al desarrollo rural y agrario integral, anunciado el
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Publicado en: Jairo Estrada (Coordinador), Solución política y proceso de paz en Colombia. A propósito de los diálogos entre el Gobierno y las FARC-EP, Editorial Ocean Sur, 2013.


inicio de diálogos sobre la participación política (segundo punto de la Agenda), y han explorado otros de manera informal según se ha conocido en diversas declaraciones tanto del gobierno como de la guerrilla de las FARC-EP, la cuestión de la refrendación de eventuales acuerdos basada en el principio de que “nada está acordado hasta que todo esté acordado”1, tiende a ocupar un lugar central en la discusión.

Y no puede ser de otra manera, pues se trata de un asunto cardinal de todo proceso de diálogos en el que -considerada su dinámica y la perspectiva real de un acercamiento entre las partes- se puede avanzar hacia la negociación de un acuerdo final. Tal acuerdo no puede ser considerado como una mera formalidad jurídico-política. Tampoco su refrendación. Se está en presencia de un hecho histórico de posibilidad de cierre del alzamiento armado contra el Estado y de tránsito hacia el pleno ejercicio de la política por parte de las fuerzas insurgentes, en este caso, en cabeza de las FARC-EP. En ese sentido, la integralidad de la agenda pactada para iniciar los diálogos adquiere toda relevancia, pues no se trata solamente del logro de unos acuerdos para ponerle fin a la confrontación armada en lo concerniente a definiciones políticas sustantivas de los diferentes puntos de la agenda, sino ante todo de la refrendación e implementación de esos acuerdos. Los mecanismos de refrendación y de implementación de acuerdos hacen parte integral, desde esa perspectiva, del posible acuerdo final, en la medida en que no es suficiente la manifestación de voluntad por parte del Estado –representado en este caso por el gobierno de Santos- de dar cumplimiento a lo pactado. Desde luego que la naturaleza de una refrendación de acuerdos y los mecanismos para implementarlos depende de los contenidos mismos del eventual Acuerdo final.

Si se considera que el camino escogido hacia una solución política del conflicto social y armado descansa en la aceptación por las partes de que una prolongación de la confrontación armada no va a conducir a la victoria militar de alguna de ellas, se está en presencia del reconocimiento fáctico de una relación política y de poder que presume que ponerle fin al alzamiento armado implica redefinir las relaciones de poder justamente a través del diálogo y la negociación. Como el escenario no es el de una rendición de la guerrilla, los diálogos de La Habana son esencialmente unos diálogos acerca de las relaciones de poder existentes, que son las que han producido precisamente el alzamiento armado contra el Estado. Un eventual acuerdo final es, por tanto, un acuerdo de redefinición de esas relaciones de poder. Cómo se redefinen esas relaciones escapa a los propósitos de este trabajo. Lo que se pacte será un indicador específico de la correlación de fuerzas y de los poderes representados en la Mesa de diálogos.

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1 Ver Gobierno de la República de Colombia – Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia – Ejército del Pueblo (FARC-EP): “Acuerdo general para la terminación del conflicto y construcción de una paz estable y duradera”, 2012.


Con fundamento en una equivocada prefiguración del enemigo insurgente al que se le consideraba derrotado y sujeto de una paz exprés, la refrendación acuerdos ha sido concebida por parte del gobierno y de su bancada en el Congreso de la República, a través del trámite legislativo de algunas reformas. Se estimó incluso que las principales cuotas de un proceso de paz ya se habían pagado con la aprobación de la Ley de víctimas y de restitución de tierras (Ley 1448 de 2011) y el Marco jurídico para la paz (Acto legislativo 01 de 2012), basado en la llamada justicia transicional2, que está a la espera de su desarrollo a través de una ley estatutaria. Asimismo, se había avanzado en la preparación de un proyecto de ley general agraria y de desarrollo rural, que no ha podido ser presentada al Congreso por los impedimentos generados por la regulación del mecanismo de la consulta previa. De esa forma quedarían resueltos los puntos nodales del Acuerdo: la cuestión agraria y la participación política de la insurgencia desmovilizada. Lo demás sería cuestión de carpintería.


El curso de los diálogos de La Habana, no obstante, ha mostrado de manera temprana los límites de esa pretensión. Por una parte, se ha puesto en evidencia que no es posible atar un proceso de diálogos con la guerrilla a los tiempos de la agenda legislativa del Congreso. Por la otra, la aproximación juiciosa al contenido de la agenda pactada ha demostrado que ésta posee un alto nivel de complejidad, que le ha impuesto a las partes tratamientos intensos –en tiempo y contenidos- para acercarse a los principios de acuerdo preliminares y parciales anunciados a la opinión pública a través de los voceros del gobierno y de la guerrilla.


El proceso ha demostrado que posee un nivel de autonomía tal que no es posible someterlo a la validación por el Congreso; menos en el contexto del inicio de un proceso electoral en el que eventuales acuerdos podrían convertirse en objeto preciado para la obtención de dividendos electorales. Por otra parte, dado que la agenda de diálogos contempla el abordaje de la participación política, debe esperarse un cuestionamiento a fondo del régimen político, del sistema político y de partidos y de mecanismos de representación, de la inexistencia de garantías a la oposición política, a juzgar por documentos y declaraciones de la guerrilla. Más allá de ello, es indiscutible que en Colombia impera una régimen de


2Con este acto legislativo se incluyó en la Constitución un nuevo artículo transitorio que dice: “Artículo Transitorio 66. Los instrumentos de justicia transicional serán excepcionales y tendrán como finalidad prevalente facilitar la terminación del conflicto armado interno y el logro de la paz estable y duradera, con garantías de no repetición y de seguridad para todos los colombianos; y garantizarán en el mayor nivel posible, los derechos de las víctimas a la verdad, la justicia y la reparación. Una ley estatutaria podrá autorizar que, en el marco de un acuerdo de paz, se dé un tratamiento diferenciado para los distintos grupos armados al margen de la ley que hayan sido parte en el conflicto armado interno y también para los agentes del Estado, en relación con su participación en el mismo”.


Democracia gobernable, fundamentado en el fraude estructural y en el que en el que el clientelismo, la corrupción, el ejercicio estructural de la violencia y la movilización de recursos por los grandes poderes económicos continúan siendo baluartes principales. En suma, de una institución como el Congreso cuya legitimidad es cuestionada a la luz de un entendimiento profundo de la democracia no podría esperarse la refrendación de eventuales acuerdos. Para que ello fuere posible, se requeriría previamente una reforma política de alcances estructurales.


Aún situándose en el escenario de una refrendación legal de acuerdos por parte del Congreso, quedaría aún pendiente el control de constitucionalidad que ejerce la Corte Constitucional. Sin desconocer la importancia de ese procedimiento, se agregaría un factor no controlable, de relativa incertidumbre, que podría dar al traste con eventuales acuerdos refrendados por vía legal, presentándose la paradoja de que mecanismos constitucionales concebidos para dotar con seguridad jurídica al ordenamiento generarían márgenes de inseguridad jurídica para la refrendación de acuerdos.


A estos argumentos se le adicionan otros políticos y jurídicos al mismo tiempo. Si el acuerdo es con el gobierno actual no existe garantía para que lo pactado y refrendado legalmente persista en el tiempo. Dado que el proceso de diálogos y los eventuales acuerdos no responden en sentido estricto a una política de Estado, un cambio de gobierno puede traer consigo un cambio de políticas. Leyes que hayan tenido como propósito la refrendación de acuerdos pueden ser objeto de derogación o de reforma. El debate político colombiano reciente así lo demuestra y no descartaría esa posibilidad. Hay fuerzas políticas y económicas poderosas, militaristas y de ultraderecha, que se oponen a la posibilidad de una solución política al conflicto social y armado; que han intentado bloquear sistemáticamente cualquier intento en esa dirección; que consideran que los diálogos iniciados en La Habana representarían una claudicación del Estado frente al terrorismo; que sólo cabría la rendición y la desmovilización sin concesión alguna. Más allá de las opciones reales de estas fuerzas en el momento actual, es un dato que no puede menospreciarse. De hecho, tales fuerzas vienen organizando su participación en la contienda electoral que se avecina apelando al mismo discurso y a la misma retórica de la seguridad que condujo a su triunfo electoral en 2002.


Descartada la vía del Congreso por las razones anotadas, quedan las opciones brindadas por los llamados mecanismos de participación popular, tal y como está establecido en el actual ordenamiento en el artículo 103 de la Constitución: la consulta popular, el referendo y el plebiscito. El propio presidente Santos señaló que se acudiría a esas figuras “simplemente si se necesitan”, porque ya se habrían establecido mecanismos como los desarrollos legales que tendrá el marco jurídico para la paz3. Según lo hasta aquí señalado, se requerirá de la participación popular para cualquier refrendación.

La Ley 134 de 1994 reglamentó los mecanismos de participación popular. Sin entrar en un análisis del carácter restrictivo de tal reglamentación, los mecanismos previstos se caracterizan en sus aspectos básicos de la siguiente forma:

Consulta popular: “(…) es la institución mediante la cual, una pregunta de carácter general sobre un asunto de trascendencia nacional, departamental, municipal, distrital o local, es sometido por el Presidente de la República, el gobernador o el alcalde, según el caso, a consideración del pueblo para que éste se pronuncie formalmente al respecto” (Art. 8º.). Su resultado es obligatorio; para su aprobación se requiere la participación de la tercera parte del censo electoral, es decir, cerca de 10 millones de votos.

Referendo: “Es la convocatoria que se hace al pueblo para que apruebe o rechace un proyecto de norma jurídica o derogue o no una norma ya vigente” (Art. 3º.). Este mecanismo exige una participación equivalente en votos de la cuarta parte del censo electoral, es decir, un poco más de 7.5 millones

Plebiscito: “(…) es el pronunciamiento del pueblo convocado por el Presidente de la República, mediante el cual apoya o rechaza una determinada decisión del Ejecutivo” (Art. 7º.). Este mecanismo demanda la participación de la mitad del censo electoral, es decir, más de 15 millones de votos.


Sin considerar las particularidades y los alcances diferenciados que tiene cada uno de los mecanismos aquí expuestos de manera sucinta, en todos ellos se estaría en presencia de escenarios de aprobación o no aprobación de los eventuales acuerdos logrados en la Mesa de diálogos por la vía del voto popular. La refrendación popular representaría, desde el punto de vista del discurso democrático, un indiscutible avance respecto de la refrendación a través del Congreso.


No obstante, a mi juicio, esta vía posee varios inconvenientes: Primero, por el procedimiento pactado para adelantar los diálogos, basado entre otros en el secreto y la confidencialidad, la sociedad en su conjunto ha estado excluida –al menos formalmente- de la construcción del eventual acuerdo. Ello significaría que la refrendación popular se constituiría en la práctica en un escenario para reabrir la discusión de lo acordado, dado que ésta se convierte de facto en el escenario propicio para suplir la participación exigua durante el proceso de diálogos que condujo al acuerdo. Segundo, si se consideran los (probables) rasgos del texto de un eventual acuerdo final (diferentes materias, alto nivel de

3 Diario El Tiempo, Bogotá, 18 de enero de 2013, p. 4.

especialización, extensión, etc.), la pedagogía para hacerlo comprensible a fin de someterlo a una refrendación suficientemente informada se tornaría de altísima complejidad. La producción manipulada de opinión podría convertirse en factor determinante de los resultados. Tercero, el proceso de refrendación podría estar viciado por los elementos que caracterizan estructuralmente la votación. Ella implicaría la activación de los mecanismos propios de democracia gobernable. De manera especial, deberían esperarse fuertes intentos de incidencia en los resultados de poderes políticos y económicos afectados por los eventuales acuerdos. Cuarto, todo lo anterior podría conllevar a no alcanzar los mínimos de votación requeridos o incluso la no aprobación de lo acordado. Quinto, la aprobación incluso de un eventual acuerdo por la vía de la refrendación no conlleva necesariamente la definición de mecanismos seguros para su implementación.


En resumen, la refrendación popular no solo se fundamenta en la lógica del poder constituido, que la ha regulado de manera restrictiva, sino que tiende además a reproducirla. Para quienes se encuentran frente a la decisión de desistir del alzamiento armado contra el Estado, sobre el supuesto de la imposibilidad de la derrota militar, genera incertidumbre, representa una relación de asimetría y, en la práctica, otra forma de sometimiento al poder constituido.


En consideración a lo anterior, con miras a avanzar hacia la superación de la guerra y al ejercicio pleno de la política debe contemplarse recorrer el camino de una Asamblea nacional constituyente como mecanismo de refrendación de un eventual acuerdo final.

Pertinencia y posibilidades de una Asamblea nacional constituyente


Existen suficientes razones filosóficas, históricas, jurídicas y políticas para argumentar a favor de una Asamblea nacional constituyente y demostrar su pertinencia. Este escrito apenas explora de manera preliminar algunas de ellas, atendiendo la especificidad reciente del proceso político colombiano y la necesidad de una solución política al conflicto social y armado; considerando, además, las posibilidades que brinda el ordenamiento jurídico vigente.


La definición de una agenda de diálogos implicó justamente establecer los puntos mínimos que pueden hacer viable el tránsito hacia un escenario de negociación que culmine en la formulación de un acuerdo, que debe ser refrendado e implementado. En presencia del reconocimiento de fáctico del carácter político del alzamiento armado y de la no solución del conflicto por vías militares, diálogos que conducen a la negociación y el acuerdo, si bien no representan una “revolución por decreto” si expresan la voluntad de las partes de construir una salida que -situada en un campo de transacción- implica una redefinición de las relaciones políticas y de poder existentes. De parte del Estado se trata de conceder para crear las condiciones para el desistimiento del alzamiento armado. De parte de la guerrilla, de considerar tal desistimiento a cambio de la aceptación de determinadas exigencias. ¿Qué tanto poder se cede? y ¿qué tanto poder se toma?, eso es justamente el resultado del diálogo que puede conducir a una negociación y a la formulación de un acuerdo final. Tal acuerdo es esencialmente un acuerdo para la redefinición de las relaciones de poder; representa en sentido estricto el diseño de un nuevo contrato social. Ello sólo es posible por la vía de la constituyente.


Desde esa perspectiva, se está frente un agotamiento de facto de la Constitución de 1991. Ella resulta útil para desatar un proceso constituyente, atendiendo las posibilidades que brinda como marco normativo; no así, para refrendar un acuerdo final entre el gobierno y la guerrilla de las FARC-EP. El acuerdo demanda la negación cualitativamente positiva del ordenamiento vigente para llevarlo a un nuevo nivel de democratización de la sociedad.


Al desatar la lógica constituyente, el acuerdo, que ha sido el resultado de diálogos directos y secretos entre parte comprometidas directamente en la contienda militar, se diluye en la lógica de la asamblea democrática, a la que se incorpora la sociedad en su conjunto para deliberar soberanamente no sólo sobre lo pactado, sino incluso con la posibilidad de incorporar nuevos temas o asuntos no abordados en la Mesa de diálogos, que pueden ser de su interés. Los alcances de la Asamblea constituyente dependen, por una parte, de lo pactado entre las partes que suscriben el acuerdo; por la otra, de la misma correlación social de fuerzas, representada en la Asamblea. El escenario de la transacción se traslada ahora a la Asamblea constituyente en la que se ponen en juego diversos y plurales proyectos político-económicos. En ese aspecto, la conformación de la Asamblea y la representación de las fuerzas sociales y políticas ocupan un lugar central. Lo que saldría de ella es un nuevo contrato social, un nuevo poder constituido, contentivo del nuevo marco normativo para la implementación de los acuerdos y el pleno ejercicio de la política.


En la Colombia actual la pertinencia de la opción constituyente como mecanismo de refrendación de un eventual acuerdo final aún no ha sido discutida. El presidente Santos descartó de entrada esa posibilidad; la guerrilla de las FARC-EP ha señalado que esa es la única vía posible. Se han conocido igualmente múltiples manifestaciones de opinión, unas a favor, otras en contra, sin que el tema haya sido objeto de un análisis de fondo. Bien podría afirmarse que la discusión apenas comienza y que ganará importancia en la medida en que avancen los diálogos y sobre todo se conozcan progresos en la construcción de un eventual acuerdo.


Frente a la posibilidad de la constituyente, algunas posiciones se encuentran predeterminadas ideológicamente. En los sectores más extremistas de derecha, el tema ni siquiera se considera. Si los diálogos representan una claudicación frente al terrorismo, un escenario asambleario sería totalmente descartable, a no ser que por conveniencia política se estimase que algunos temas de su interés podrían incorporarse en la agenda



constituyente4. En el campo de la derecha, en general, se desestima por lo pronto la opción constituyente. Ésta se considera una concesión innecesaria. Del análisis que se realiza del balance político-militar actual de la guerra, se infiere que la refrendación debería ser a través de desarrollos legales, y podría sellarse a través de la participación popular. Una postura de este tipo, se observa en sectores mayoritarios del partido de la U y en sectores de los partidos que conforman la coalición de gobierno.


En general, los partidos del establecimiento, representativos de los intereses de las clases dominantes, incluyendo las posiciones más liberales o incluso liberal-sociales, no contemplan por lo pronto la opción de la asamblea constituyente. Además de la postura ideológica y política que le sirve de sustento a sus tesis, la cercanía de las elecciones parlamentarias y presidenciales en 2014 no sólo traslada el orden de prioridades, sino que la perspectiva constituyente se aprecia como una interferencia a la refrendación del régimen político y del sistema político por la vía electoral.

En algunos sectores democráticos y progresistas, la idea constituyente no ha sido abordada; o si se ha hecho es para descartarla. Quienes la consideran inconveniente se aferran a la tesis de los peligros que podría encarnar una iniciativa de esas características para el mantenimiento de las “conquistas democráticas” de la Constitución de 19915. Su análisis parte de la premisa de que una constituyente favorecería a los sectores más retrógrados de la sociedad y podría conducir a un reposicionamiento del proyecto político de la ultraderecha y el militarismo.


Sin duda, una posición conservadora que resulta, en primer lugar, de una sobrevaloración del ordenamiento constitucional vigente. La Constitución de 1991 ha cumplido un papel histórico importante: Permitió sellar los acuerdos de paz con los grupos guerrilleros minoritarios, contribuyó a superar los diseños jurídico-formales del régimen de democracia restringida impuesto por el Frente Nacional, incorporó al ordenamiento un muy importante catálogo de derechos ciudadanos. Al mismo tiempo, no obstante, posibilitó la estabilización del régimen de dominación de clase e incluyó aspectos centrales del modelo económico neoliberal. Bajo su amparo, desde luego sin proponérselo, se llevó a cabo la consolidación de la estrategia violenta de acumulación de capital, se profundizó la desigualdad social, se implementó a profundidad el proyecto paramilitar, y se prolongó el conflicto social y armado hasta la actualidad. Además de representar un acuerdo de paz inconcluso, por excluir a las principales organizaciones guerrilleras de nuestra historia, las FARC-EP y el ELN, sus desarrollos legales, así como las recurrentes reformas constitucionales, han hecho


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4 Sectores del uribismo quisieron promover en 2012 una Constituyente para sacar adelante una reforma a las justicia; se afirmó que en realidad pretendían generan condiciones para una reelección presidencial indefinida del expresidente Álvaro Uribe Vélez.

5 La tesis ha sido formulada por Antonio Navarro Wolff en diferentes foros y eventos.


de la Carta un texto que no solo dista de los diseños de 1991, sino que está llamado a ser superado por la historia.


Tal posición, conlleva implícitamente, en segundo lugar, una subvaloración aparente del lugar histórico y de las posibilidades de los diálogos de La Habana, así como del estado actual de la lucha de clases y de las capacidades del movimiento social y popular, pues esa lectura del momento político conduce a privilegiar el escenario del ya mencionado proceso electoral. En ese sentido, la atención se centra más bien en la consideración de que las posibilidades del cambio político se encuentran en una amplia alianza electoral que pueda presentar un candidato presidencial propio. La opción constituyente se podría considerar como una interferencia frente a ese propósito, que generaría además una redefinición del espacio político actual y un reacomodo de los proyectos político-económicos. En tal reacomodo, las opciones centradas en la perspectiva electoral de 2014 se verían desfavorecidas.


Junto con estas posturas que, más allá de sus diferencias ideológicas, se mueven en el marco de entendimientos muy institucionales de la política, en los que la acción política privilegia las contiendas electorales y la movilización de opinión, se encuentra una variedad de posiciones provenientes tanto de sectores académicos e intelectuales, de algunos productores de opinión, de integrantes de diferentes partidos y organizaciones políticas, y sobre todo de lo que se podría denominar el movimiento real6. Más allá de los matices de estas posiciones, a ellas las caracteriza en lo esencial su acuerdo con la pertinencia y la conveniencia de la Asamblea constituyente. Tal postura resulta de varias consideraciones:


Primero, sin quedar atrapados por una ilusión constitucional, la dinámica del movimiento social y popular, exhibida particularmente durante el último quinquenio, hace pensar que se encuentra en curso un cambio en la correlación de fuerzas que puede conducir a la redefinición del pacto de organización del poder de 1991 a través del mecanismo asambleario. Uno de los rasgos principales asumidos por el movimiento se encuentra en un marcado carácter constituyente, lo cual resulta de un nivel de politización que lo sitúa más allá de la mera contestación o reivindicación. Desde luego que aún es necesario canalizar la dispersión y avanzar en procesos de unidad, para poder desatar con fuerza la potencia constituyente. Las luchas por la tierra y el territorio de comunidades campesinas, indígenas y afrodescendientes, las luchas estudiantiles por la educación, las luchas de la nueva generación de clase obrera precarizada ligadas a la acumulación minero-energética y agroindustrial, entre otras, son a la vez luchas íntimamente ligadas con la solución política del conflicto social y armado. En los casos de mayor politización se han evidenciado como

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6 Ver, Jairo Estrada Álvarez: “¿Paz express o Asamblea Constituyente?”, Revista Izquierda, no. 27, Bogotá, 2012, pp. 4-9 y “Diálogos de La Habana: ¿Hacia una Asamblea nacional constituyente?”, Revista Izquierda, Bogotá, 2013, pp. 4-9.



luchas por la paz con justicia social, como lo demuestra el accionar de la Marcha Patriótica, del Congreso de los Pueblos, de la Minga social e indígena y de múltiples procesos regionales y locales. Segundo, los diálogos de La Habana representan la apertura de un nuevo espacio político, que no puede ser reducido a la posibilidad de la negociación y el acuerdo entre las partes comprometidas directamente en la contienda militar. Tal espacio debe ser apropiado socialmente si pretende proyectar y adquirir nuevas dimensiones, incluida la posibilidad de una perspectiva asamblearia constituyente. Tal perspectiva tiene que ser producida socialmente; no puede ser simplemente el resultado del acuerdo. Lo que la haría posible es que la opción constituyente devenga en movimiento. Tercero, en consideración a lo anterior, la opción constituyente representa el escenario posible de confluencia de trayectorias históricas distintas de la lucha social y popular, incluyendo las fuerzas insurgentes todavía no vinculadas a un proceso de diálogo como es el caso del ELN principalmente, pero también de reductos locales del EPL. Cuarto, con la opción constituyente pueden confluir otros sectores económicos, políticos y sociales, interesados en el abordaje de asuntos y temáticas no resueltas por el ordenamiento vigente, concernientes a la organización institucional y la estructura del Estado, a la administración de justicia, el ordenamiento territorial, entre otros7.


De lo hasta aquí planteado, se puede afirmar que la opción de una Asamblea nacional constituyente como mecanismo de refrendación de un acuerdo entre la guerrilla de las FARC-EP y el gobierno de Santos, tiene que sortear varios escollos. No sólo se trata de aquellos referidos a un eventual acuerdo en la Mesa de diálogos. En lo esencial, se trata de superar las resistencias existentes en diversos sectores de la sociedad o incluso la oposición manifiesta. Como ocurre en el conjunto de la sociedad, también ente caso se está en un campo de fuerzas y de luchas, en el que el vector predominante debe encauzarse hacia la producción de la posibilidad de la Asamblea. Así como la idea de la solución política, la perspectiva del diálogo y de la negociación lograron abrirse paso en medio de condiciones adversas, y continúan adelante pese al continuo asedio que pretenden imponerle sectores militaristas y de ultraderecha, asimismo debe esperarse que la idea constituyente pueda consolidarse y desarrollarse.


A mi juicio, para que ello sea posible se requieren al menos tres condiciones interrelacionadas: Primera: La opción de la solución política debe consolidarse como la opción predominante, no sólo en la Mesa de diálogos, sino en el conjunto de la sociedad8. Segunda: Es necesario que el gobierno de Santos y la guerrilla de las FARC-EP consideren y construyan un acuerdo político para la convocatoria y realización de una Asamblea


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7 Ver, Alvaro Leyva Durán: “La paz es con la historia”, diario El Tiempo, Bogotá, 02.02.2013.
8 En contra de ello actúa el concepto gubernamental de diálogos en medio de la confrontación militar, desatendiendo el clamor social y propuestas de las propia insurgencia a favor de una tregua bilateral. También, las acciones de los sectores militaristas y de ultraderecha que presionan por una solución militar, así como las recurrentes campañas mediáticas de desprestigio del proceso.



constituyente como mecanismo de refrendación de un acuerdo general. Asimismo, que tal acuerdo cuente con el respaldo del Congreso, pues es a éste a quien le corresponde, en consonancia con el ordenamiento constitucional vigente, desatar el proceso formalmente9. Tercera, las demandas sociales y populares por la solución política y la paz con justicia social deben asumir los rasgos de un amplio movimiento político y social poderoso, cuya perspectiva sea justamente el de una Asamblea constituyente. Estas condiciones sintetizan el sentido y el contenido de la batalla política actual en Colombia: lograr un balance político mayoritario y estable a favor de los diálogos y la opción constituyente.


Tal propósito cuenta con un contexto internacional favorable. A pesar del persistente intervencionismo militar y del despliegue de recursos –políticos, ideológicos, económicos y tecnológicos- del imperialismo, que pretende reforzar la posibilidad de una salida militar, la correlación regional de fuerzas en Nuestra América representa un factor que incide a favor de la solución política. La cuestión de la paz en Colombia ha trascendido el ámbito nacional, adquiriendo los rasgos de una aspiración regional.

Marco normativo de una Asamblea nacional constituyente


El marco normativo para un gran acuerdo político nacional a favor de la paz, así como de convocatoria de una Asamblea nacional constituyente está definido por la propia Constitución de 1991. El artículo 22 de la Carta política señala que “la paz es un derecho y un deber de obligatorio cumplimiento”. Por otra parte, el artículo 376 establece:

Mediante ley aprobada por la mayoría de los miembros de una y otra Cámara, el Congreso podrá disponer que el pueblo en votación popular decida si convoca a una Asamblea Constituyente con la competencia, el período y la composición que la misma ley determine.

Se entenderá que el pueblo convoca la Asamblea, si así lo aprueba, cuando menos, una tercera parte de los integrantes del censo electoral.

El Asamblea deberá ser elegida por el voto directo de los ciudadanos, en acto electoral que no podrá coincidir con otro. A partir de la elección quedará en suspenso la facultad ordinaria del Congreso para reformar la Constitución durante el término señalado para que la Asamblea cumpla con sus funciones. La Asamblea adoptará su propio reglamento”.


En consonancia con los artículos señalados, se requeriría de parte del Gobierno y del poder legislativo la voluntad política para avanzar en la concreción del marco jurídico de refrendación de un Acuerdo final por la vía constituyente. Desde luego que no es un asunto de fácil trámite, más aún cuando se impuso socialmente la idea de la posibilidad de una derrota militar de la guerrilla que nunca llegó. Y cuando tal acuerdo implica que el

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9 En este caso, el gobierno tendría que hacer valer sus mayorías en el Congreso como expresión de su voluntad política a favor del acuerdo.



Congreso se niegue asimismo. En general, que el poder constituido tenga la disposición de ceder su poder al poder constituyente, así sea de manera transitoria.


En aras de un bien jurídico (político, social y cultural) supremo como es la paz, que de alcanzarse generaría nuevas condiciones para el trámite de los conflictos sociales y de clase, es que se justifica ética- y políticamente todo esfuerzo por darle una salida constitucional a la guerra en Colombia. Se trataría al mismo tiempo de un acto de reconocimiento y generosidad mutuos. Y desde el punto de vista de la insurgencia guerrillera, de un mecanismo que dotaría al proceso con un relativo nivel de seguridad jurídica, al menos en el sentido formal. No es novedoso afirmar que la existencia de instancias de administración de justicia a nivel internacional, cuyos propósitos y contenidos escapan al objeto de este texto, se ha convertido en la práctica en instrumento de negociación por parte del Estado para alegar condiciones determinadas de sometimiento de la insurgencia guerrillera. Por otra parte, la experiencia colombiana es ilustrativa (y dolorosa) en cuanto a incumplimientos de acuerdos de paz.


El acuerdo político entre el gobierno y la guerrilla para la convocatoria de una Asamblea constituyente debe concretarse en un proyecto de ley a ser tramitado en el Congreso, con el respaldo político de las fuerzas que conforman la coalición de gobierno. Se esperaría igualmente el acompañamiento de sectores democráticos hoy minoritarios. Según lo establece la Constitución, el acuerdo materializado en proyecto de ley, deberá ser contentivo de la competencia, el período y la composición de la Asamblea constituyente. Debe suponerse que la competencia de la Asamblea estaría definida por el contenido del eventual acuerdo final para la terminación del conflicto y que su composición incluiría la participación de constituyentes de la organización guerrillera. A ello habría que adicionarle probablemente asuntos que resulten del interés tanto de las fuerzas políticas que acompañan la convocatoria de la Asamblea, como del movimiento social y popular. También, aquellos provenientes de las fuerzas guerrilleras que no están en proceso de diálogos. La opción constituyente no está pensada de manera exclusiva para dar refrendar un eventual acuerdo final; ella debe concretar aspiraciones de la sociedad colombiana en general y, en especial, de los sectores sociales y populares.


Lo que le seguiría a la aprobación de la ley son tres verdaderas batallas políticas. La primera, para garantizar que en consulta popular se refrende la convocatoria a la Asamblea. La segunda, referida a la elección de los constituyentes. Y la tercera, concerniente a las deliberaciones que habrán de conducir a la formalización de un nuevo contrato social en la forma de un nuevo texto constitucional. En todos los casos, se trata de poner a prueba la capacidad del movimiento social y popular para producir un cambio en el balance político y de poder, teniendo en cuenta sus trayectorias y reportorios históricos de lucha, así como su nivel de organicidad y politización actual.



De un eventual escenario constituyente debe esperarse un nuevo marco jurídico-político institucional que genere condiciones para avanzar en la democratización de la economía y la sociedad y continuar con un proceso de acumulación de fuerzas tendiente a producir cambios políticos profundos y estructurales. El Asamblea constituyente no es el punto de llegada de una revolución triunfante. No es más que un alto en la contienda para refrendar avances, reacomodar las fuerzas y darle continuidad a las luchas. Ella no puede derivar en la ilusión del derecho.


Asamblea nacional constituyente, lucha de clases y nuevas posibilidades de la acción política


La experiencia reciente en Nuestra América muestra la importancia de procesos constituyentes para consolidar proyectos políticos. Asimismo enseña que tales procesos en sí mismos no producen los cambios estructurales requeridos en la sociedad. También que los marcos constitucionales no necesariamente conllevan a desarrollos legales acorde con el sentido que les ha dado el constituyente primario, sino que éstos están sujetos a una reafirmación continua de la correlación de fuerzas. En las experiencias de Venezuela, Bolivia y Ecuador, los procesos constituyentes estuvieron precedidos de cambios políticos basados en la acumulación de fuerzas, la movilización y la lucha popular contra el neoliberalismo, así como en el despliegue de la potencia constituyente, que tendrían como punto de llegada triunfos electorales, a partir de los cuales se impulsaría la trasformación constitucional y la formalización jurídico-política del nuevo balance político y de poder.

En el caso colombiano, de prosperar la perspectiva constituyente para refrendar un eventual acuerdo de paz, la situación es significativamente distinta. El pulso de fuerzas que ha conducido al diálogo y que ha abierto la posibilidad de la negociación y el acuerdo final se encuentra en pleno desarrollo. La dinámica social y popular, las luchas de resistencia y la potencia constituyente están aún dispersas y no han alcanzado los niveles de cohesión requeridos para producir un cambio político de alcances estructurales, pero son evidentes los mayores niveles de organización y de politización.


La perspectiva de una Asamblea nacional constituyente podría convertirse precisamente en un factor de cohesión y encuentro, tanto en lo relacionado con el proceso que pueda conducir a ella, como en la definición de temas y asuntos que serían de su objeto. Desde ese punto de vista, la opción constituyente es una expresión del estado de la lucha de clases, pues con referencia a ella se juegan proyectos político-económicos de sociedad. Y desata al mismo tiempo, posibilidades indiscutibles para la acción política y la lucha popular.

La opción constituyente puede convertirse en el punto de llegada (y de partida a la vez) de trayectorias movimiento; de ese movimiento que se ha venido acumulando y desplegando a lo largo de la última década y entretanto posee rasgos propios de la lógica constituyente.


Tal movimiento ha vivido el tránsito de movimiento destituyente a movimiento constituyente. De movimiento primordialmente de protesta, movilización y resistencia a movimiento que se autocomprende como opción de poder, aún desigual y diferenciado en tiempos, ritmos, intensidad y repertorios10. De manera específica me refiero a la Marcha Patriótica, al Congreso de los Pueblos, a la Coalición de movimientos y organizaciones sociales de Colombia, Comosoc, así como a múltiples procesos organizativos regionales y locales. Además de su renovada concepción de la política, que trasciende enfoques institucionales y que amplía el espectro de la acción más allá del sistema político y electoral, a estos movimientos los caracteriza un entendimiento múltiple y diverso del sujeto político, concebido siempre desde la perspectiva de las clases subalternas, así como su condición de movimiento de movimientos. Las luchas de estos movimientos son luchas contra los contenidos esenciales de la actual fase de acumulación capitalista en el país: financiarización, explotación transnacional minero-energética, agrocombustibles, depredación sociambiental, precarización del trabajo, marcantilización de la vida y de los derechos, violencia estatal y paramilitar, despojo y desplazamiento forzado. Al mismo tiempo, luchas reafirmativas de la soberanía, la autonomía de las comunidades, de la tierra y el territorio, de los derechos y del buen vivir de la población. Como se aprecia, movimiento y luchas que agregarían valor de manera significativa a un proceso de constituyente.


Estos movimientos han sido en la mayoría de los casos también movimientos por la solución política y la paz con justicia social. En el caso de los movimientos que hoy conforman la Marcha Patriótica buena parte de su repertorio de movilización ha estado referido a la solución política. Así lo demuestra el “Encuentro nacional e internacional por el acuerdo humanitario y la paz celebrado” en Cali del 13 al 5 de noviembre de 2009, o la “Marcha Patriótica y el Cabildo Abierto por la Independencia” realizado en Bogotá del 19 al 2 de julio de 2010, o el “Encuentro de comunidades campesinas, indígenas y afrodescendientes por la tierra y la paz de Colombia”, llevado a cabo en Barrancabermeja del 12 al 15 de agosto, o la movilización del 23 de abril de 2012, que selló formalmente la constitución de Marcha Patriótica como movimiento político y social. El inicio de los diálogos de La Habana no se circunscribe, en ese sentido al acuerdo directo, entre el gobierno de Santos y las FARC-EP. Es también el resultado de la movilización social y popular.


Por otra parte, el desarrollo de los diálogos se ha acompañado de esfuerzos por avanzar en la construcción de movimiento que no sólo se apropie socialmente de ellos, sino que los dote con los contenidos de las clases subalternas organizadas y de las gentes del común, en

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10 Maristella Svampa: Cambio de época. Movimientos sociales y poder político. Siglo XXI editores, CLACSO, Buenos Aires, 2008, 238 p.



general. Muestra de ello es el proceso político-cultural y pedagógico de las “Constituyentes regionales y sectoriales por la paz con justicia social” que aspira a realizar cerca de 300 constituyentes, preparatorias de una “Asamblea Nacional de Constituyentes regionales y sectoriales”, de la que saldrá el mandato constituyente de las gentes del común. Una magnífica expresión de los avances de esta iniciativa fue la magnífica “Movilización por la paz, la democracia y la defensa de lo público” del 9 de abril de 2013, que –junto con otros sectores sociales y políticos y recogiendo el legado histórico de Gaitán- dotó con nuevos contenidos las aspiraciones sociales y populares por superar el ciclo de violencia y construir la paz con justicia social que demanda el país. En la misma dirección, deben interpretarse el “Congreso de paz” promovido por el Congreso de los pueblos y las iniciativas promovidas por la Ruta social común por la paz.


Todos estos procesos son expresivos de acumulados que pueden confluir en la batalla política por producir un balance a favor de la Asamblea nacional constituyente. Representan al mismo tiempo la posibilidad de fortalecer un eventual acuerdo entre el gobierno de Santos y la guerrilla de las FARC-EP, con las demandas sociales y populares. La agenda de diálogos de La Habana es contentiva de aspectos nodales para avanzar hacia una democratización de la política y del poder. Me refiero de manera particular a la cuestión de la tierra y el territorio, la participación política y las víctimas del conflicto. Dialogar sobre ello, entrar en el ámbito de la negociación y el acuerdo representa indiscutiblemente un avance de la lucha política general; ha posibilitado direccionar y condensar su sentido y las posibilidades de la transformación estructural. Desde luego que no la agota. No solo porque ese no el propósito, sino porque ello implica más bien la intención de canalizar y juntar las rebeldías para darles una mayor proyección y contenido. El lugar de encuentro puede ser justamente la Asamblea constituyente.


La perspectiva de la Asamblea nacional constituyente debe comprenderse como un momento de la lucha de clases, incluso de su intensificación. Ella no representa en momento alguno el cierre de las aspiraciones históricas del movimiento insurgente, tampoco de las luchas sociales y populares, mucho menos la renuncia del bloque de poder a su proyecto de dominación de clase. En la mirada de éste último, si se allanara a ella, es la pretensión y posibilidad de darle continuidad a la imperante estrategia de acumulación neoliberal, que se ha acentuado y profundizado incluso en medio de los diálogos de La Habana, con un verdadero paquete de reformas neoliberales de segunda y tercera genera generación. La conquista y colonización de nuevos territorios para someterlos a la explotación transnacional, la mercantilización extrema de los variados ámbitos de la vida social, así el proceso de creciente financiarización han continuado su curso. La pretensión de organizar el ejercicio del poder a través de nuevos mecanismos de validación del régimen político, que parecieran marcar distancia –al menos en la retórica- frente al recurso del ejercicio abierto de la violencia estatal y paramilitar, está al orden del día. El “expediente democrático” se convierte en fundamento de legitimación del poder de clase.


La cuestión de fondo, no resuelta, consiste en definir qué medida los diálogos de La Habana, la negociación y un eventual Acuerdo final entre el gobierno de Santos y las guerrilla de las FARC-EP contribuyen a un quiebre de la correlación de fuerzas para avanzar en la democratización de la sociedad y la redefinición del modelo económico. No se trata del fin del conflicto, sino de la continuidad de la guerra a través de los medios que ofrece la política. La Asamblea nacional constituyente podría representar un paso adelante.

Escuela de Cuadros de Catia.tv

Última actualización : 21 de julio de 2012.

Artículos de esta sección

Tras las huellas del misterioso "asesor de la muerte"

 Jueves, 21 de marzo de 2013

James Steele llegó a Irak en 2003
La huella que James Steele dejó en El Salvador es leve, casi invisible. Quizás apropiada para un experto en lucha de contraguerrilla.
Pero no debería ser así. Según un documental realizado por el diario británico The Guardian y la BBC, esa impronta podrá no ser visible, pero es profunda y sangrienta.
En el documental -titulado "James Steele, el hombre misterioso de Estados Unidos en Irak"- se consigna que entre 1984 y 1986 Steele asesoró en El Salvador el entrenamiento de militares, algunos de los cuales conformarían luego los brutales escuadrones de la muerte que sembraron el terror en el país centroamericano.
Fue precisamente esa experiencia la que hizo que 18 años después, bajo lo auspicios de Donald Rumsfeld -entonces secretario de Defensa de Estados Unidos- y del general David Petraeus, Steele fuera llevado a Irak a cumplir la misma labor.
Al menos 75.000 civiles murieron durante la guerra civil salvadoreña. En los diez años exactos que han transcurrido desde la invasión a Irak han perecido unas 120 mil personas, contando a 4.400 militares estadounidenses.

El paso por El Salvador

Aunque la guerra civil en El Salvador terminó gracias a un acuerdo de paz entre el gobierno y la guerrilla del Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional (FMLN), los militares estadounidenses consideraron su intervención como un éxito. Y a la estrategia de contrainsurgencia de Steele se le empezó a conocer internamente como The Salvador Option (la opción salvadoreña).
Pese a esto, muy pocos en El Salvador parecen conocer del paso de Steele por su nación.

Las condecoraciones de Steele

Según la biografía de James Steele en el sitio Premiere Speakers Bureau, mientras fue militar recibió las siguientes condecoraciones en Centroamérica:
  • Medalla de Oro de El Salvador por Servicios Extraordinarios
  • La Orden de Vasco Núñez de Balboa en Panamá
  • Medalla de los paracaidistas Salvadoreños.
El periodista Carlos Dada, director de el sitio de internet El Faro y quien ha investigado los años de la guerra civil en su país, supo por primera vez de James Steele en un reportaje publicado por The New York Times en 2005, donde se asegura que el modelo que el Pentágono quería implantar en Irak no era Vietnam, sino El Salvador. La opción salvadoreña.
Esto fue refrendado en 2008 por una filtración de WikiLeaks: el Manual de Contrainsurgencia de las Fuerzas Especiales de Estados Unidos, basado en buena parte en las experiencias de los asesores en el país centroamericano.
Sin embargo, en esos documentos sólo se menciona a Steele de pasada.

Su rastro en los libros

Donde sí se le menciona con detenimiento es en el libro "El Salvador at War: An Oral History of Conflict from the 1979 Insurrection to the Present", publicado en 1989 por el experto en estrategia militar Max G. Manwaring.
En el capítulo 15, titulado "Reconociendo la guerra sicológica", el coronel James J. Steele, comandante del Grupo Militar de EE.UU. en El Salvador, toma la primera persona para decir:
"Dentro de las Fuerzas Armadas salvadoreñas hay un interés en operaciones sicológicas y acciones civiles que es mucho mayor que todo lo que vimos en Vietnam. Es una parte integral de lo que estamos haciendo. La idea de conseguir que la gente deserte (de la guerrilla) es ahora central para cada brigada".
Allí también se menciona su participación en al menos una reunión con el entonces presidente salvadoreño José Napoleón Duarte (1984-89) y todo su comando mayor de las Fuerzas Armadas.
Sin embargo, ningún mando militar salvadoreño de la época (conocidos como de la "tandona", porque en un año se graduaron dos generaciones o "tandas") habla sobre ese tema -o sobre cualquier otro de la guerra civil- desde que en España se abrió un proceso judicial por la matanza de seis sacerdotes jesuitas -más una mujer y una niña- en noviembre de 1989.
Otro libro en el que se nombra a Steele es "Washington's War on Nicaragua", de Holly Sklar.
En la página 343 se dice que James Steele conocía las actividades de Félix Rodríguez y Oliver North, dos figuras claves dentro del escandalo Irán-Contras, cuando el gobierno de estadounidense vendió armas a Irán -país con el que no tenía relaciones desde la revolución islámica- para financiar a los Contras que trataban de derribar al gobierno sandinista.

"Nadie hablaba de eso"

James Steele, imagen tomada del documental James Steele, el hombre misterioso de Estados Unidos en Irak
Steele estuvo en Irak al menos hasta el 2005
No se conoce con exactitud cuántos asesores estadounidenses hubo en El Salvador en esos años aciagos. El gobierno de EE.UU. ha dicho que 55. Integrantes del FMLN aseguran que eran al menos 300, ocho por cada guarnición.
Lo que sí tenían claro los reporteros nativos en esa época es que era un tema vedado.
"Nadie hablaba de eso" dice a BBC Mundo Iván Montecinos, reportero gráfico que trabajó con UPI y AFP y autor del libro No Hay guerra que dure cien años, con fotos de ese período.
"Era informaciones bien confidenciales. Quienes tenían más acceso a los asesores norteamericanos eran los periodistas norteamericanos. Conocían más y eran allegados a la embajada".
"Cuando estuve en UPI tuve acceso como en dos oportunidades. Una fue en una graduación de soldados salvadoreños en la base aérea de Ilopango, y homenajearon a los profesores. Y una vez, como mero de escondidas, yo hice una foto en el cuartel de San Vicente y aparecen varios asesores norteamericanos al final".
Sin embargo, el nombre de James Steele no le dice nada.

"Yanqui hijueputa"

Quién sí vio a los asesores bien de cerca fue María Marta Valladares, conocida en esa época como la comandante Nidia Díaz, una de las fundadoras del FMLN.
Imagen tomada del documental James Steele, el hombre misterioso de Estados Unidos en Irak
Memo sobre James Steele enviado durante la década de los 80.
El 18 de abril de 1985 fue herida y capturada en combate por tropas salvadoreñas con el apoyo de un asesor de la CIA: el cubano-estadounidense Félix Rodríguez.
Mientras le revisaban el uniforme y el armamento "se me acercó el gringo, barbado, me dijo 'hello'. Yo le dije 'yanqui hijueputa' y lo escupí en la cara".
Seis meses estuvo en prisión. "Interrogadores americanos no tuve, sino que eran venezolanos o salvadoreños", asegura a BBC Mundo.
Era tanto el valor de Nidia Díaz para el FMLN, que un comando guerrillero secuestró a una hija del presidente Duarte y la canjeó por ella y otros prisioneros, negociación en la que aparentemente participó James Steele.
Pero ese nombre tampoco le suena a la antigua comandante guerrillera.

El cubano-americano

Félix Rodríguez sí es un nombre que todos reconocen en El Salvador. Este cubano nacionalizado estadounidense es indispensable para entender la historia de la contrainsurgencia en América Latina y el papel jugado en ella por Estados Unidos.
Veterano de Vietnam, participó en la invasión de Bahía Cochinos en Cuba, en la captura y muerte del Che Guevara en Bolivia y en las guerras civiles de Centroamérica. Fue allí que conoció a James Steele.
"Yo llegué en febrero del 85 (a El Salvador) y ya él estaba allá. Era el jefe del grupo militar. Todas las embajadas de Estados Unidos tienen un grupo militar y otro de defensa asignado al país. Y él era el jefe del grupo militar", le dice a BBC Mundo.
¿Y qué labores cumplía? "Bueno, él tenía diferentes asesores bajo su mando, de las distintas ramas de las Fuerzas Armadas. Ellos apoyaban en la ayuda militar a El Salvador, a conseguirles el armamento que les hacía falta, munición, piezas de repuesto".
James Steele, imagen tomada del documental James Steele, el hombre misterioso de Estados Unidos en Irak
James Steele (primero la derecha) en la base militar de Ilopango, en El Salvador. El último a la izquierda es Félix Rodríguez.
"Él no entrenaba a nadie. Supervisaba a los diferentes grupos militares. Nunca tuvo ninguna misión de entrenamiento y lo digo porque yo estuve allá desde el año 85 hasta al 89 casi".
Rodríguez recuerda a Steele como "una persona extremadamente profesional, muy dedicado a ayudar. Un gran anticomunista".
Ya retirado, Félix Rodríguez vive en Miami con sus recuerdos. Pero de alguna manera sigue en la trinchera.
"Desgraciadamente a Steele lo ligaron mucho a lo de Irán-Contras sin tener realmente esa gran responsabilidad -donde yo sí estuve metido-. Tres veces le dieron el ascenso a general y desgraciamente el senador Harkin (Tom Harkin, demócrata), de extrema izquierda, se opuso. Y no pudo llegar a general por eso".
Sobre las acusaciones de que Steele entrenó escuadrones de la muerte en El Salvador, Félix Rodríguez dice que es "totalmente ridículo".
"Al contrario, la mayor parte de la misión de esta gente era parar ese tipo de cosas y si tenían conocimiento, notificarlo a la embajada. Bueno, la extrema izquierda sabe cómo se pronuncia siempre para jorobar al que ha estado en una posición militar conservadora", expresa rotundo.
Eso no es lo que le dijo a The Guardian y la BBC Celerino Castillo, exagente de la oficina antinarcóticos de EE.UU., DEA, en El Salvador, entre 1984 y 1991: "Cuando supe que James Steele iría a Irak pensé que implementarían allí lo que se conoce como la 'opción salvadoreña' y eso es exactamente lo que sucedió. Me quedé desolado, porque sabía que ocurrirían en Irak las atrocidades que ocurrieron en El Salvador".

Lo que vino después

La aventura salvadoreña no sería la última que James Steele tuvo en Centroamérica.
James Steele hoy
Ahora James Steele da conferencias sobre políticas de seguridad y contraterrorismo.
El sitio Premier Speakers Bureau (compañía que ofrece servicios de conferencistas y en la que participa Steele dando charlas sobre políticas de seguridad y contraterrorismo, por las que aparentemente cobra hasta US$15.000), asegura que el entonces coronel también participó en la invasión de Panamá en diciembre de 1989, que culminó con el derrocamiento y arresto del general Manuel Noriega.
Según ese sitio, Steele fue el punto de contacto entre los militares y el gobierno civil que reemplazó Noriega. Además estuvo a cargo de establecer la nueva fuerza policial.
Y se agrega: "Durante un intento de golpe en 1990, rebeldes que contaban entre sus integrantes a antiguos miembros del ejército de Noriega trataron de secuestrarlo a él y a un pequeño grupo de asesores. Después de una confrontación que duró toda la noche, Jim Steele lideró la fuerza que frustró el golpe de estado y capturó a los rebeldes".
El astillado espejo de la presencia de James Steele en Centroamérica aún no se recompone del todo. Pero su huella es menos tenue de lo que parece.
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Con la colaboración de Eric Lemus en El Salvador.
Siga al corresponsal de BBC Mundo en México y Centroamérica a través de Twitter en clic @JCPerezSalazar

Descampesinización y uniformización alimenticia, vías para la cooptación de la cadena alimenticia global.

Maya Rivera Mazorco y Sergio Arispe Barrientos

La historia de la alimentación contemporánea está sujeta a una gran contradicción: el modelo agroindustrial de producción a gran escala que ha surgido desde la Revolución Industrial, el cual se autocalifica como el único viable para resolver el tema alimenticio en el mundo y que, además, ha aportado con una masiva producción de alimentos, se enfrenta a cada vez más profundas y constantes crisis de alimentos caracterizadas por cada vez más personas hambrientas en el mundo. De las 7 mil millones de personas que habitan el mundo, 1 mil millones se consideran crónicamente hambrientas en la actualidad. Esto nos obliga a preguntarnos y, de hecho, muchísimos lo hacen, si este modelo, que clama ser el único viable para responder al hambre mundial, es realmente factible.

La descampesinización del mundo 

Realizando una rápida genealogía de la producción alimenticia, es crucial tomar en cuenta las hambrunas europeas de Inglaterra e Italia del Norte del siglo XVII, la crisis finlandesa en el invierno de 1868 y la más devastadora: la hambruna irlandesa entre 1845-1848 (Vanhaute, 2007). Todas sirvieron para detonar en Europa una política agresiva de producción agrícola en sus colonias, lo que incrementó masivamente la disponibilidad de alimentos al continente europeo, posibilitando mayor seguridad alimentaria, decrecientes precios de alimentos y un decrecimiento de la población agrícola. Dicho proceso sólo se pudo sostener en un mundo rápidamente cambiante y cada vez más desigual.

A su vez, las necesidades de consumo del mercado europeo, atadas al crecimiento demográfico exponencial del último siglo, impulsaron una nueva ola de exportación de millones de trabajadores excedentes a las colonias europeas (Argentina, Australia, Uruguay, etc.,), con lo que se fue consolidando la producción barata en áreas templadas (lácteos, granos y carne). Mientras tanto, la producción de productos tropicales ya estaba consolidada en las colonias tropicales mediante la provisión de esclavos, en su mayoría de origen africano y en menor parte indígenas que trabajaron en condiciones deplorables en un régimen semi-feudal. De este modo, si bien las hambrunas en tiempos de paz se erradicaron de Europa occidental, incrementaron de manera desmedida a través de todas las colonias (Davis, 2001). Aquí tenemos otra contradicción que, de hecho, cimienta la primera mencionada al inicio de este artículo. Vale la pena recalcar en este momento que esta contradicción subsiste en la actualidad. La mayoría de los países industrializados han logrado un menor número de crónicamente hambrientos; sus principales problemas en la actualidad son, por el contrario, la obesidad debida a la sobrealimentación de mala calidad y los problemas de salud pública que devienen de la mala alimentación. Por su lado, son los países latinoamericanos, africanos y asiáticos los que sufren hambre y desnutrición por causa de ella.
De este fenómeno colonial de explotación e imposición, que ha estado acompañado de la apropiación ilegal de territorios, nace la teoría del progreso agrícola. Al ubicarse Europa en la cima jerárquica del poder global, pudo descampesinizarse y utilizar la excedente mano de obra aglutinada con anterioridad en sus tierras agrícolas, para su incipiente revolución industrial pudiendo importar materias primas y alimentos baratos. Todo esto a costa de: 1) la inserción de pequeños productores a la producción de commodities, 2) la incorporación de millones de productores en las regiones tropicales y templadas al mercado global, 3) el debilitamiento o destrucción de sistemas locales de alimentación; todo en detrimento de la seguridad alimentaria local. En consecuencia, a principios del siglo XX, Inglaterra, por mencionar un ejemplo, importaba 70% de los granos, harina y productos lácteos y 40% de su consumo cárnico.
Todos estos logros, fuertemente apoyados por la propaganda, sistemas educativos y la homogenización de las dietas, legitimaron un fuerte y llamativo mensaje de modernización, descampesinización, industrialización e integración económica. El discurso apeló fuertemente a la erradicación del retraso, personificando al campesino como reliquia del pasado.
Así, surgió inicialmente el proceso de descampesinización cómo fenómeno social y económico, lo que aseguró la total dependencia de la población humana actual y futura en términos de producción de alimentos (de unas cuantas empresas agropecuarias multinacionales que controlan la cadena de producción alimenticia), y una total pérdida de la riqueza milenaria agrobiológica. John Steinbeck en su obra magistral “Uvas de la Ira”, describe el proceso por el cual los pequeños productores agrícolas de EE.UU. son expulsados de sus tierras. En este país, la concentración de tierra motivada por el surgimiento del mercado financiero y la apertura de mercados de granos significó la disminución de granjas, de 7 millones en 1935 a 1.9 millones en 1997. Para 1999, granjas con superficies mayores a 500 hectáreas controlaban el 79% de la tierra productiva americana (Holt Gimenez y Shattuck, 2011).
Según estadísticas de la FAO, en 1950, el 65% de la población global estaba involucrada en la agricultura. Para el 2000 sólo el 42%. (FAO Statistics). Hoy, la población global se estima en 7.000 millones de personas; sin embargo, la población productora no supera las 1.500 millones (Oxfam, 2011).
La crisis actual: el hambre en el mundo
La crisis del siglo XXI es el producto del resquebrajamiento del sistema económico y social; su origen es político y casi siempre prevenible (Vanhaute, 2011). Las hambrunas actuales son típicamente vistas cómo crisis humanitarias que se pueden prevenir, pero, simplemente no se lo hace, por esto otros las ven como crímenes contra la humanidad (Edkins, 2007; de Waal, 1997). No está de más, entonces, mencionar que el 2008 se tuvieron volúmenes record en cosechas (2287 millones de toneladas métricas), más que suficientes alimentos para alimentar a todo el mundo (FAO, 2009), pero, a pesar de ello, existen 1.000 millones de crónicamente hambrientos, y resulta que 500 millones de ellos son productores (Shiva, 2011).
La articulación del sistema alimenticio corporativo
Y la solución a la crisis alimenticia está cada vez más lejos de resolverse pues el interés en el tema apunta a hacer negocios. No es por nada que el sistema alimenticio está cada vez más articulado a lo corporativo. Post II guerra mundial, en los 60 y 70, y en el actual siglo XXI, la respuesta usual es la de impulsar nuevas revoluciones verdes; todo endorsado por el agro negocio. Los shocks económicos de los 70 y 80 anunciaron la etapa de expansión económica neo-liberal. Dicho contexto junto al llamado seductivo del libre mercado de los 80 y la especialización productiva como motores de desarrollo, hizo que la liberización de mercados agrícolas y prácticas de dumping masivo de excedentes alimenticios, incrementaran dramáticamente la dependencia alimenticia del sud (McMichael, 2009).
Durante los 80, los programas de ajustes estructurales (SAPS, en inglés) rompieron las medidas arancelarias nacionales, desmantelando los mercados locales y destruyendo los sistemas de investigación local. Dichas políticas estaban plasmadas en los tratados comerciales bilaterales y tratados de libre comercio (FTAs, en inglés). Estos mecanismos constituyeron restricciones a los derechos soberanos de los estados a regular el alimento y la agricultura. En el sud, la llamada revolución verde promovió la agricultura intensiva –plan Bojan, Bolivia– de un número reducido de productos: trigo, maiz, arroz, y soya, usualmente llamados los cultivos de los pobres y el alimento de animales de granja.
De este modo, el control de la justicia alimenticia en el mundo recae cada vez en menos manos y se reduce a una gama de productos ofertados únicamente por el agronegocio. A continuación explicaremos las consecuencia de esta uniformización alimenticia, que tiende a elitizar las posibilidades de alimentarse o no y de alimentarse bien o no en este mundo.
Las consecuencias de la uniformización alimentaria
En primer lugar, tenemos una clara transición de dietas diversificadas a dietas reducidas caracterizadas por mayor consumo cárnico, de grasas y aceites, azúcar y carbohidratos procesados. Se trata de un fenómeno global que no se puede negar y que, además, no escapa a la clase social. La alimentación no es un tema de derecho humano, por lo menos no lo es para las grandes empresas que están acaparando, a paso seguro, toda la cadena de producción alimenticia. Las dietas buenas están en manos de poblaciones económicamente posibilitadas y las más pobres se encuentran encapsuladas en dietas altamente procesadas, con contenido calórico alto y sufriendo de subnutrición asociada a la obesidad (McMichael, 2009); es decir, sólo los ricos podrán alimentarse con alimentos sanos. Así, la reorganización de la cadena de comercialización ha subdividido a las dietas por clases económicas; no es por nada que el sector privado ha diferenciado a consumidores que se sirven commodities comestibles estándar (WalMart), de aquellos que comen productos de cadenas alimentarias cuidadosamente auditadas para su calidad (Whole Foods).
En este sentido, la respuesta al hambre en el mundo, lo decimos una vez más, es solamente un negocio y son las grandes empresas agropecuarias multinacionales las que interpretan el papel estelar. Los alimentos son productos del mercado y en el mismo existen consumidores con distinta capacidad de gasto. Este hecho, además, va de la mano del negocio farmaceútico que hace de la mala nutrición una mina de oro. No es un descubrimiento que el sistema alimenticio artificial y sin diversificación que no respeta los procesos de complementación entre la tierra, los ecosistemas, el clima y el ser humano, al momento de producir alimentos, genera problemas de salud, entre otros. Olivier De Schutter (2011) lo confirma con el siguiente ejemplo: “el cambio de sistemas de cultivos diversificados a sistemas simplificados centrados en los cereales ha contribuido a la malnutrición por falta de micronutrientes”, siendo este un enunciado de muchas investigaciones que hacen un llamado ante este problema.
De este modo, el hambre en el mundo no se reduce solamente al tema de comer o no comer, sino que se concentra también en ofertar alimentos que imponen costumbres alimenticias aptas para el agronegocio y el negocio de las farmacéuticas: la enfermedad.
En este momento de la exposición, es crucial recalcar un punto neurálgico que explica aún más y le da sentido a la contradicción del sistema de producción de alimentos actual que no tiene como objetivo “alimentar” para calmar el hambre o para nutrir, sino “des-alimentar” de la manera más eficiente para producir seres humanos mal nutridos, sin posibilidades de acceder a una alimentación óptima, y sin posibilidades de producir sus propios alimentos. El fin va más allá del hambre y recae en adaptar al ser humano al sistema de producción de alimentos agroindustrial, el que, en realidad, “alimenta, engorda y nutre” los bolsillos de las grandes empresas agropecuarias que acaparan distintos procesos de producción a lo largo del mundo y rompen las posibilidades de autodeterminación de las poblaciones locales y, por ende, el derecho a una óptima alimentación para todas y todos. Para comprender mejor este enunciado, es importante ahondar en la dimensión ambiental de la producción de alimentos.
La dimensión ambiental dentro del análisis del régimen corporativo
La agricultura global es responsable de un cuarto a un tercio de las emisiones de GEI totales (McMichael, 2009). GRAIN, sitúa los aportes de GEI entre 47 y 54%. Esto es causa de varios elementos, pero en este ensayo nos interesa resaltar uno de ellos: la producción agrícola subordinada a relaciones netamente capitalistas de producción significa la progresiva implementación de inputs (recursos orgánicos a commodities), que reducen el reciclaje de nutrientes dentro del suelo y agua, provocando la implementación de métodos agronómicos dependientes de químicos y semillas OGM producidas bajo estándares industriales (McMichael, 2009). De este modo, la producción de alimentos, ligada a la descampesinización del mundo, va de la mano de una lógica de producción cada vez más artificial y dicotómica con el medio ambiente; asimismo, proviene de una historia de colonización que ha destruido la producción local, sus propios conocimientos y culturas asociadas a la producción de alimentos. Finalmente, pero no menos importante, ha generado un proceso de erosión de la agrobiodiversidad asociada a la homogeneización de consumo de alimentos que caracteriza nuestra alimentación en la actualidad. Todos estos temas están conectados y más aún, pues se contienen mutuamente y no se los puede separar.
En cuanto a la pérdida de agrobiodiversidad, tenemos que a lo largo de miles de años de actividad agrícola se han manejado alrededor de 7 mil especies agrícolas y varios miles de tipos animales. Sin embargo, según datos del Convenio de Diversidad Biológica, sólo quince variedades de cultivos y ocho de animales representan el 90% de nuestra alimentación actual (GRAIN, 2011).
Este hecho está unido, también, a la pérdida de cultura y conocimientos ecológicos de cómo vivir y trabajar con los ciclos naturales mediante la disolución de la agricultura diversificada, prácticas ambientalmente adecuadas y con mejores rendimientos que la producción especializada industrial (Weis, 2007; Altieri, 2008; IAASTD, 2008). Como ya mencionamos en otro ensayo, la pérdida de agrobiodiversidad no puede separarse de la erosión cultural. La homogeneización de la alimentación es un proceso ligado a la homogeneización cultural. Pero esto es más complejo de lo que parece pues esta homogeneización cala al interior de cada ser humano, en sus características biológicas y genéticas. Nos explicamos: en tiempos de diversidad agrícola y de alimentos, los campesinos desenvolvían su identidad de acuerdo al medio en el que vivían, el cual les proporcionada la opción de producir variedad de alimentos propios del ecosistema específico que les cobijaba. Este proceso de adaptación y complementación entre las poblaciones humanas, los alimentos y el medio ambiente, que se han erigido a lo largo de generaciones, ha tenido como producto una evolución biológica que ha permitido el nacimiento de los grupos sanguíneos por ejemplo. Así, tenemos que el grupo sanguíneo “O”, que es el más antiguo, procede de las poblaciones de cazadores-recolectores. Posteriormente, en este proceso de adaptación, las poblaciones comenzaron a sedentarizarse y a cultivar y domesticar animales, cambiando su alimentación y por ende, se dio lugar a los grupos “A” y “B”.
Estos procesos de adaptación son muy importantes y se han ido edificando y solidificando en largos y representativos periodos de tiempo, junto a las prácticas propias de cada población y ecosistema, construyendo las estructuras sanguíneas y biológicas de las poblaciones, en base a la variedad de agrobiodiversidad. Mencionamos este suceso pues es determinante en tanto la introducción abrupta y violenta de la lógica de mono-producción capitalista-agroindustrial, está derrumbando y rompiendo con la identidad y estructura biológica de los seres humanos constituida por generaciones, para dejarle una sola opción: la de homogeneizarse de acuerdo a la producción masiva de unos cuantos alimentos, contados con los dedos de la mano y desatando un problema mayor de salud pública basado en el surgimiento de distintas enfermedades asociadas a este paradigma de alimentación.
Si bien la agroindustria puede alimentar a la totalidad de la población y no lo hace, tal como mencionamos al inicio de este artículo, la contradicción no se reduce a ello: al hambre, sino que descansa, también, en la erosión de la salud del ser humano y sus estructuras biológicas, de acuerdo a intereses netamente corporativos de cooptación de la cadena alimenticia global. Estamos ante un proceso de colonización que va más allá del ámbito ideológico y descansa en el control del ser humano a través del estómago. La homogeneización de la oferta alimenticia recae en la propia homogeneización biológica y de identidad del ser humano.
Referencias:
Altieri, M. 2008. Small farms as a planetary ecological asset: five key reasons why we should support the revitalisation of small farms in the Global South. Food First. Available from: http://www.foodfirst.org/en/node/2115
Davis, M. 2001. Late Victorian holocausts. El Niño famines and the making of the Third World.London: Verso.
Friedmann, H. and A. McNair. 2008. Whose rules rule? Contested projects to certify ‘local production for distant consumers’. Journal of Agrarian Change, 8(2–3), 408–34.
GRAIN, Food and Climate Change: the forgotten link. http://www.grain.org/article/entries/4357-food-and-climate-change-the-forgotten-link
Madeley, J. 2000. Hungry for trade.
McMichael, P. (2009): A food regime genealogy , The Journal of Peasant Studies, 36:1, 139-169
Walker, R. 2004. The conquest of bread. A hundred and fifty years of agribusiness in California. New York, NY: New Press.
Weiss, T. 2007. The global food economy. The battle for the future of farming. London: Zed Books.
Buscanos en thunhupha.blogspot.com
 

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