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Argentina, Sabella, y la vieja escuela de Estudiantes

Written By Allende La Paz - Revista Cambio Total on viernes, julio 11, 2014 | viernes, julio 11, 2014

Fernando Araujo Velez, El Magazin.
La historia comenzó en los lejanos años 60, cuando un viejo lobo del fútbol llamado Oswaldo Juan Zubeldía, decidió congregar a un grupo de futbolistas que iba de vuelta en la vida. Les dijo que con trabajo y con orden, con aplicación y táctica y mucho esfuerzo, ellos podrían ser los mejores del mundo. Aquellos tipos, Carlos Bilardo, Oscar Malbernat, Carlos Pachamé, Raúl Madero, y algunos más, le creyeron, y como viejos pistoleros al borde del retiro en un western, se convencieron del cuento.
Zubeldía les habló de entrenar a doble turno, mañana y tarde, y lo hicieron. Zubeldía los convenció de ensayar jugadas sin balón, y lo hicieron. Zubeldía los invitó a que por unos años dejaran a sus novias y esposas y amantes y se dedicaran tiempo completo al fútbol, y lo hicieron, “hasta el punto de que varios tuvimos que pedirle permiso para casarnos, y lo hicimos en una fecha determinada, al tiempo, para que nuestra luna de miel no interfiriera con el fútbol. Cundo yo le propuse matrimonio a mi esposa, ella creyó que estaba perdidamente enamorado de ella”, recordaría algunos años más tarde Bilardo.
Estudiantes de la Plata obtuvo todos los títulos del mundo en los 60. Zubeldía fue el gran estratega, y Bilardo, su lugarteniente en la cancha. La leyenda diría que ganaba de una u otra forma, pero que ganaba, y si era medio a cero, mejor. En la final de la copa intercontinental de clubes venció al Manchester United en Old Trafford. Con los años, les colgaron el apelativo de ‘animals’ porque disputaban cada pelota como si fuera la última de sus vidas, y porque sacaban provecho de situaciones límite, en tiempos en los que el fútbol era libertad, balón y goles. Estudiantes ganaba porque Zubeldía y Bilardo estaban encima de todos los detalles, desde el mínimo hasta el máximo.
Luego de los triunfos, Zubeldía se marchó. Bilardo agarró el equipo y promocionó a un grupo de jóvenes, entre los que estaba un tal Alejandro Sabella. Zurdo, ingenioso, inteligente, era el ‘10’ del equipo. Había llegado de River Plate, pues allí no tenía espacio porque en su lugar jugaba Norberto Alonso, uno de los ídolos inmortales del equipo de la banda roja. Fue el patrón del medio campo de Estudiantes en el aspecto ofensivo. Él manejaba los ritmos, imponía sus condiciones, decidía cuándo acelerar y cuándo no, metía infinidad de pases de gol por partido, y los convertía. A su lado jugaban Marcelo Trobianni, Miguel Ángel Russo, Julián Camino, José Daniel Ponce y Hugo Gottardi.
Sabella aprendió de Bilardo, y Bilardo confió en él. En 1982, cuando lo nombraron técnico de Argentina, lo llevó a la selección. Con Bilardo, Sabella entendió que el fútbol era mucho más que manejar un balón a la perfección. Que se requerían orden, don de mando, estructura, relaciones, motivación, estudio y trabajo. Potenciar las fortalezas y atacar las deficiencias. A comienzos del 86, Bilardo lo dejó por fuera de la lista definitiva que iría al Mundial de México. Tenía demasiados volantes ofensivos, le dijo, y era cierto. Argentina gravitaba alrededor de un tal Diego Maradona, y sus suplentes eran Ricardo Bochini y Claudio Borghi. Alejandro Sabella se tragó el dolor, y se fue a jugar al fútbol inglés.
Cuando retornó, en los 90, se convirtió en el asesor de Daniel Pasarella, y se sentó junto a él en el banquillo de Argentina durante el Mundial de Francia 1998. Doce años atrás, BIlardo había sacado campeón del mundo al conjunto argentino, con las viejas enseñanzas de Zubeldía, y su propio aprendizaje. Le ganó la final a Alemania, con Franz Beckembauer como D.T. Sin embargo, no celebró la victoria. Por dos días, se encerró en su habitación a maldecir porque sus jugadores le habían permitido dos goles de tiro de esquina a los alemanes. “Pero somos campeones del mundo”, le gritaban. Y él, obsesivo, sólo respondía “no puede ser, no puede ser que nos hagan dos goles de tiro de esquina”.
En marzo del 2009, Sabella tomó por vez primera un equipo profesional: Estudiantes de la Plata. Jugó la copa Libertadores, y la obtuvo, con Juan Sebastián Verón como su principal referente, tanto en el juego como en la estrategia. Luego ganó un título argentino. Serio, táctico, convencido de sus ideas y sus principios, promovió a varios futbolistas desde las divisiones inferiores. Verón era su estandarte en la cancha y fuera de ella, pero los jóvenes fueron la dinámica que necesitaba el grupo. Y así surgieron Marcos Rojo, Federico Fernández, Enzo Pérez, José Sosa, José María Basanta.
Alejandro Sabella creyó en ellos y los moldeó a su imagen y semejanza, que era la imagen y semejanza del viejo Estudiantes de Oswaldo Zubeldía. Dos años atrás, cuando lo nombraron técnico de la Selección por pedido de Bilardo, Manager de selecciones de la Asociación del Fútbol Argentino, Afa, Sabella recordó a sus antiguos pupilos y los convocó. Con ellos, más las figuras que brillaban en España, Inglaterra, e Italia, Messi, Agüero, Higuaín y etcétera, construyó su equipo. Las premisas eran las mismas que él había aprendido con Bilardo: orden, trabajo, disciplina, honestidad, orgullo, solidaridad.
En la copa de Brasil, Sabella ha tenido que cambiar de nómina en todos los partidos. Y cambió muy a pesar de las críticas, convencido de sus convicciones. Cambió, incluso, después de una victoria, echando por tierra aquel adagio de “equipo que gana no se toca”.  Siempre estuvo seguro de que el fútbol es un deporte en el que cada individualidad cumple una función en provecho del equipo, y de que como en la vida la gente tiene buenos y malos momentos, los jugadores tienen altas y bajas, lo cual no significa que sean buenos o malos. Cambió cuando creyó que tenía que cambiar, sin privilegios.
Muy a pesar de ello, su equipo no ha brillado, como tampoco brilló el Estudiantes que dirigió hace cinco años. Ha jugado cada partido con un sistema diferente, y ha ganado medio a cero todos los partidos. Así era el Estudiantes de Zubeldía, y así fue un poco el de Bilardo. Medio a cero les bastaba, y medio a cero les sigue siendo suficiente. Por eso, tal vez por eso, jugará la final del Mundial, con las viejas armas de Zubeldía.


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