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[Colombia] La sangre derramada que no debe olvidarse en las presidenciales

Written By Allende La Paz - Revista Cambio Total on jueves, enero 18, 2018 | jueves, enero 18, 2018

por  | 2018/01/17 

Con la llegada de Uribe a la Casa de Nariño, recordaba Cecilia Orozco Tascón en su última columna de 'El Espectador', empezó el soborno a periodistas de medios importantes para que hicieran el trabajo sucio: crear noticias falsas.
Más allá de los criterios “reciente” y “novedoso”, estimados por los medios de comunicación al publicar un hecho, están otros valores noticiosos que John Fiske subraya en su libro Introducción al estudio de la comunicación (1984). Uno de estos tiene que ver con lo sorprendente del acontecimiento, otro enfatiza sobre su impacto negativo en la sociedad y, por último, su afectación a una personalidad de la elite. Fiske resalta otro criterio que nos indica que la balanza noticiosa nunca es equilibrada: los valores culturales que inserta el mito. Y aunque los modelos con los que ilustra su estudio fueron tomados de la prensa inglesa de finales de los sesenta, 50 años después no han perdido la validez académica que catapultó a Fiske al parnaso de los grandes teóricos de la comunicación del siglo XX.
Los mitos son, pues, esos elementos culturales dominantes con los que un grupo social intenta explicar unos acontecimientos de la vida, dándole así un estatus de “lo real” que le permite, a su vez, justificar unos hechos. Estos mitos nos dicen que la Policía, por ejemplo, es una institución que tiene como objetivos mantener el orden y velar por el cumplimiento de las leyes. Nos dicen así mismo que los sindicatos son gremios dirigidos por revoltosos de izquierda que tarde o temprano terminarán acabando con las empresas y nada tienen que ver con esas organizaciones que buscan el cumplimiento de los derechos laborales de los trabajadores. Que las guerrillas son solo grupúsculos de bandidos que recorren el país tomándose los pueblos, secuestrando campesinos, reclutando niños y asaltando sexualmente a las niñas, sin dar explicación válida, en ningún momento, de sus orígenes.  
En una guerra, nos recordaba hace un par de años el periodista español Mikel Lejarza Ortiz, lo primero que muere es la verdad, y la mentira se convierte en un arma poderosísima. Ya olvidamos que, en 2001, en la recta final de la campaña por la Casa de Nariño, una serie de atentados terroristas sacudió a las principales ciudades del país. En Barranquilla y su área metropolitana hizo explosión un carrobomba y una carga de pentolita con varios kilos que tenía como objetivo acabar con la vida del entonces candidato Álvaro Uribe Vélez fue desactivada. En Bogotá, varios carros atiborrados de explosivos dejaron una larga estela de sangre; otros fueron desactivados por el grupo de antiexplosivos de la Policía. Lo mismo ocurrió en Medellín, Cali y Neiva, donde la vida del mayor opcionado para llegar a la Presidencia estuvo pendiendo de un hilo.
Todos los vectores apuntaban a la guerrilla de las Farc. Las pesquisas, según la voz oficial, señalaban a los comandos urbanos de las entonces poderosas Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia y al sanguinario Mono Jojoy. Luego el país se enteró de que en aquellos “actos terroristas” nada tuvo que ver la guerrilla, sino que fue la puesta en escena de unos hechos orquestados desde el corazón mismo de la Policía y el Ejército Nacional. Por supuesto, los medios de comunicación no dudaron en replicar lo que a los ojos de “los colombianos de bien” se constituyó en acontecimientos repudiables desde cualquier ángulo que se le mirase.
Las Farc eran, sin duda, el chivo expiatorio, el caballito de guerra para convertir al país en un campo de batalla donde todas las posibles atrocidades pudieran justificarse en beneficio del bien mayor. El plan era hacer ver a la guerrilla como los malvados del paseo, una horda de bandidos sin corazón, capaces de borrar a Colombia del mapa con el fin de conseguir su anhelada meta: tomarse el poder por la vía armada.
Lo que vino después, cuando Uribe llegó a la Casa de Nariño, nos lo recordaba en su última columna de El Espectador (09/01/2018) Cecilia Orozco Tascón, fue la compra de periodistas de prestigiosos medios para que hicieran el trabajo sucio: crear noticias falsas que le permitieran al Gobierno mostrarse ante los colombianos como una administración que no solo combatía a los desadaptados con mano dura, sino que también estaba guiando al país al desarrollo del siglo XXI. Ese desarrollo incluyó –se ha olvidado-- la entrega de más de 30 empresas nacionales a grupos económicos extranjeros, la “donación” de cientos de millones de dólares a un “grupo de campesinos” a través del programa gubernamental Agro Ingreso Seguro, AIS, y una extensa lista de jóvenes asesinados que luego eran disfrazados y presentados ante los medios como guerrilleros dados de baja en combate.
Desde entonces, nos decía la columnista, el método empleado por el uribismo ha evolucionado de aquellos terroríficos montajes de guerra a la compra de periodistas, pasando por la elaboración de noticias espurias hasta llegar a lo que Orozco ha denominado “fabricación de periodistas” como Gustavo Rugeles, puesto al servicio de personajes como Abelardo de la Espriella, quien, al parecer, lo salvó de ir a la cárcel por destrozarle el rostro a golpes a una antigua compañera sentimental.
Pero más allá de este tejemaneje oscuro, lo que se ha puesto en marcha hoy es la proliferación de páginas webs y portales como El Expediente, dirigido por Rugeles; Los Irreverentes, un dudoso sitio digital comandado desde Miami por otro personaje sumamente polémico y declarado uribista como es Ernesto Yamhure, quien desapareció del panorama social nacional cuando el periódico Un Pasquíndeveló su estrecha relación con el célebre paramilitar Carlos Castaño, un extraño pero eficiente corrector de estilo que, además, le decía qué temas podía abordar en su columna de El Espectador y cómo podía abogar de manera subrepticia por las AUC.
En este mismo listado de portales digitales afines al creador del Centro Democrático se destacan El Nodo, administrado por Mario Alexander Penagos; Oiga Noticias, del cual se desconoce sus patrocinadores pero que ha creado toda una escuela que ataca sin misericordia y de forma rastrera a todo aquel que exprese una opinión negativa contra el expresidente y senador Uribe. Uno de sus favoritos, a quien, incluso, han tildado de narcotraficante, es a Daniel Coronell, el mejor columnista, de lejos, que tiene Colombia, amenazado innumerables veces de muerte por su posición crítica ante las políticas de la extrema derecha. En la misma línea se destacan Costa Noticias, un portal que, según Lasillavacía, tiene su sede en Valledupar, Debate, dirigido por el consigliere antioqueño y actual senador José Obdulio Gaviria, y una emisora cordobesa llamada 38 grados Montería Radio, muy cercana al destituido senador Bernardo ‘Ñoño‘ Elías y al exgobernador de Córdoba Alejandro José Lyons Muskus, investigado por la justicia por la apropiación de más de 100.000 millones de pesos.
Tampoco debería extrañar que El Telégrafo, un periódico digital creado en la capital cordobesa, y afín a las políticas de Uribe Vélez, tenga como columnista a una “luminaria del derecho” colombiano como Abelardo de la Espriella y a un excandidato presidencial de la talla de Rafael Nieto, quien ratificó en una entrevista las amenazas proferidas, meses atrás, por el exministro Fernando Londoño en una convención del Centro Democrático de “hacer añicos ese papel mal llamado acuerdos de paz” si algunos de los afines a esa colectividad llegaba  a la Casa de Nariño. Gustavo Rugeles, el golpeador de mujeres, hace parte, curiosamente, de ese abanico de opinantes del “destacado” portal monteriano.
Twitter: @joaquinroblesza
*Magíster en comunicación
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