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Written By Allende La Paz - Revista Cambio Total on lunes, septiembre 19, 2016 | lunes, septiembre 19, 2016

No me parece alentador que para el Sí en el plebiscito haya apenas una favorabilidad del 70 %. Un 30 % de tendencia al No es muy alto. Es la tercera parte del país.
Por: Lisandro Duque Naranjo - El Espectador.

Y no está integrada necesariamente por quienes tienen un trauma provocado por una pérdida enorme, pues, paradójicamente, las víctimas han sido generosas con el acuerdo de paz, sino por aquellos citadinos que tienen una noción abstracta de la guerra y no la logran percibir en sus dimensiones más primarias, las que agreden los sentidos. Les resbalan, por ejemplo, las hileras de bolsas negras con cuerpos humanos, sobre las que revolotean nubes de moscas. ¿Será que esas escenas, al transmitirse por la televisión, le llegan al espectador como empacadas al vacío, desodorizadas, sin poder de conmoverlo?
Durante muchos años, los medios ideologizaron la muerte, haciéndola explícita sólo con los insurgentes. Los cuerpos hinchados y destrozados que encabezaban los titulares de prensa y televisión eran los de los guerrilleros, o los de los campesinos que se atravesaban en la refriega, nunca los de los soldados u oficiales que portaban las armas institucionales. Esa instrucción viene de arriba: nadie vio el cadáver de ninguna víctima de las Torres Gemelas, ni el de un uniformado americano de los que invadieron a Irak. Sólo sus féretros, las banderas, las flores y el cortejo pulcro y solemne bajo las brillantes espadas desenvainadas. Apenas a los “héroes” se los representa visualmente con pudor. En cambio, a los cuerpos de quienes quieren ser mostrados como los villanos se les destina la sevicia de la imagen: Iván Ríos, matado a quemarropa con un disparo en la frente y exhibida como un trofeo su mano cercenada; Raúl Reyes y el Mono Jojoy, despedazados por las bombas; Alfonso Cano, tumbado en el suelo, acribillado a tiros y con sus gafas rotas; Camilo, con sus ojos resecos y el orificio de la bala en su cara; el Che, con su barba enrastrojada.
Esa iconografía terminal, trágica y vencida de quienes se alzaron contra el establecimiento, pretende aleccionar. Y se ofrece como el símbolo de la derrota a los exitosos, a los frívolos. Ese imaginario de selva peligrosa asusta a muchas capas urbanas, a “las gentes de bien”, a los “play”, a los acicalados que se subyugan detrás de un guía que encarna la colombianidad más ligera de moral, más codiciosa y grosera. A la gente “normal”. También puede ser que le parezca que esas imágenes no forman parte de su cotidiana existencia, pues no recuerda el espectáculo de un cadáver reventado en pedazos frente a su conjunto. Que no le preocupe una guerra extranjera no habla muy bien de él, porque supuestamente ningún dolor debería ser ajeno. Pero que le resbale una guerra en su propio país, sólo porque no alcanza a escuchar las detonaciones, pues ocurren muy a trasmano, por allá lejos, ni siquiera sabe dónde, porque este país es muy ignorante en geografía, hombre, eso da qué pensar. “¿Mapiripán? ¿Eso qué es?”. “¿Doncello? No me suena”.
Y, por supuesto, debería sentir vergüenza de pretenderse decisorio sobre la suerte de lugares que ni le van ni le vienen. Eso creía, pero ese país ya se le vino acá, despojado de armas, y a través de hombres y mujeres que resultaron no ser los patanes que imaginaba. El 70 % del país lo acoge. No es tanto, pero el plebiscito ya se quedó así. Y van a tener derecho a votar en él indolentes que, deseando mantener las cosas como siempre, van a decidir por quienes viven en peligro.
La barbarie urbana contra la civilización agraria.
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